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miércoles. 10.08.2022

Ave Cameron

Conviene prestar atención a las conclusiones que la vicepresidenta del Gobierno ha sacado de las elecciones británicas,

Conviene prestar atención a las conclusiones que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ha sacado de las elecciones británicas. Podría tener razón, y esa es una mala noticia. Podría tener razón, preciso, no por los argumentos que utiliza, sino por los que omite.

La tesis de Santamaría es que el electorado se comporta de una manera en el momento de declarar su intención de voto, y de otra manera diferente en el momento de ejercerlo. En el primer caso predomina, según ella, el deseo de meter presión al gobierno con amenazas de deserción y de cambio; en el acto íntimo del sufragio, por el contrario, lo que importa sobre todo es el anhelo de «estabilidad» y de continuidad en la línea «del crecimiento económico, la recuperación y el empleo.»

Olvidemos sin más tardar esa línea de interpretación. Únicamente en el argumentario del PP, ni siquiera en la cabeza de la vicepresidenta, cabe la idea de que los cuatro ítems de la estabilidad, el crecimiento, la recuperación y el empleo, presenten saldos favorables en el balance de la legislatura en trance de concluir. No existe sobre la cuestión la más mínima evidencia científica ni estadística, al contrario; el único signo de algo semejante es el repetido trompeteo con que anuncia el gabinete cada nuevo increíble éxito de su política económica: «¡Se pierde menos empleo que el año pasado! ¡Las menores caídas en la cobertura del paro en los últimos ocho años! ¡Con Zapatero estábamos peor!»

Supuesto que exista en el electorado español un reflejo conservador oculto, no es probable que encuentre en esos cuatro grandes temas nada que valga la pena conservar.

Y, dicho sea de pasada, generalizar del modo como lo hecho Santamaría sobre la variación muy pronunciada entre los vaticinios de las encuestas de opinión y el voto real en las elecciones británicas, no parece serio. Un decalaje tan grande no ha aparecido en sondeos anteriores del CIS, y no es probable que tampoco en este caso haya ningún conejo escondido en la chistera del mago.

Pero es cierto que la opinión pública está indecisa, en un momento de alta volatilidad, por lo que no es prudente tomar los sondeos de opinión por tablas de la ley. Un porcentaje alto de encuestados del CIS declaraba no tener decidido aún su voto para el 24 de mayo. Y las malas señales para las izquierdas van desgranándose poco a poco en los últimos días.

Andalucía es un borrón. Susana Díaz quiso adelantar los comicios autonómicos para que fueran un espejo del cambio que había de venir luego en otras latitudes. Pero el reflejo que se transmite ahora a la ciudadanía es el de la ingobernabilidad. «Usted se lo ha buscado», le dice Soraya, lo cual no es de recibo. Pero los tacticismos no se pueden prolongar por más tiempo. Susana debe hacerse a la idea de que no podrá gobernar a su aire, picoteando sus socios de aventura ahora aquí, ahora allá. Será necesario un compromiso programático, señaladamente con Podemos ya que Izquierda Unida, el anterior socio de coalición, no está en condiciones de aportar una mayoría suficiente. La opción de un pacto de gobierno con Ciudadanos es, desde luego, harina de otro costal. Si Susana desea intentarlo le deseo el mejor de los éxitos, pero me reservo mi opinión sobre el resultado previsible.

Hay otros borrones en la plana, menores, previos al desencuentro andaluz. La bronca interna de Izquierda Unida en Madrid es quizá (subrayo el “quizá”) una de las causas plurales por las que la “lady” lideresa de la ultraliberalidad aparece en los pronósticos como clara favorita. La “espantá” de Monedero ha causado, lo reconozca o no Iglesias, una pérdida de imagen del grupo dirigente de Podemos (contrasta el vociferamiento que ha acompañado el descuelgue de Money con la labor callada de Pablo Echenique en Aragón, que lo sitúa con perspectivas excelentes de auparse a algo importante). Ha fracasado la concreción de candidaturas municipales plurales de progreso en algunas plazas fuertes, señaladamente en Sevilla.

La amenaza que deriva de esa serie de contratiempos es que no aparezca con la claridad necesaria una voluntad plural de cambio, de acercamiento a los problemas reales y de rectificación de la política maleada que se ha llevado a cabo en las últimas legislaturas. Si es así, si la campaña en curso no ayuda a despejar algunas incógnitas inquietantes, es posible que los resultados acaben por dar vía libre a nuestro pequeño Cameron gallego para un segundo mandato. Ustedes dirán, ahora que aún estamos a tiempo, si les apetece el menú.

Ave Cameron