martes. 16.04.2024

Sobre la anticorrupción sostenible

Leo en los periódicos que el Premio Ig Nobel de Economía, galardón “gamberro” según el articulista que se celebra Harvard, ha recaído este año en la Policía Metropolitana de Bangkok.

Leo en los periódicos que el Premio Ig Nobel (Innoble) de Economía, galardón “gamberro” según el articulista que se concede y se celebra en la Universidad de Harvard, ha recaído este año en la Policía Metropolitana de Bangkok, por el hecho de conceder sobresueldos a los agentes que se niegan a aceptar sobornos.

El impulsor de los Ig Nobel, Marc Abrahams, los define como distinciones que primero hacen reír y luego pensar. Vamos a practicar un poco ese método.

El sistema establecido por la Policía de Bangkok tiene un punto débil, pero en el cual se encuentra, como suele suceder, la posibilidad misma de remedio. Se trata de lo siguiente.

Por un lado, un intento de soborno no es algo que tenga lugar en pleno día y ante testigos, o como suele decirse, “con luz y taquígrafos”. El sobornador pretende por lo general y salvo rarísimas excepciones permanecer en el anonimato. Es entonces el agente tentado el que denuncia el hecho ante sus superiores. Pero el deseo de ganarse un sobresueldo apetitoso puede inducirle a no ser escrupulosamente veraz: «Uf, ayer intentaron sobornarme nada menos que cuatro tipos de los bajos fondos. Molly, mira a ver si me arreglas los papeles para que pueda recibir la pasta a tiempo para pagar el plazo de la hipoteca del coche.» Por ejemplo.

La denuncia debe ser comprobada de forma fehaciente, y esa cuestión implica dificultades innegables. Por otro lado, un repunte excesivo en la estadística de sobornadores desaprensivos puede poner en situación de grave riesgo los presupuestos ordinarios de la Policía Metropolitana. En el caso de que se supere la cobertura prevista para eventuales sobresueldos, no habrá más remedio que hacer la vista gorda ante nuevos intentos de soborno, o bien buscar fuentes de financiación alternativas para premiar como está reglamentado a los agentes incorruptibles.

Se trata de una doble dificultad peliaguda, pero que por fortuna, como se ha avanzado más arriba, encuentra su solución en ella misma. Veámoslo en la siguiente secuencia hipotética: 1) El agente denuncia el intento de soborno; 2) la autoridad policial comprueba su veracidad a través de la propia fuente; 3) se evalúan las posibilidades de negocio, y desde la oficina superior se llega a un trato justo con el sobornador presunto, ahora llamado “el demandante”; 4) el agente denunciante recibe el sobre extra que ha merecido según las estipulaciones reglamentadas; 5) la oficina superior recibe también la parte correspondiente de premio por las diligencias efectuadas, imprescindibles para llevar a buen puerto la operación concebida en su conjunto; y 6) si después de las gratificaciones anteriores queda aún algún remanente, este se adscribe a un fondo de resistencia dirigido a estimular futuras denuncias.

Es lo que en términos económicos podríamos llamar una política de anticorrupción sostenible.

A estas alturas de la explicación ustedes se habrán dado cuenta ya de la injusticia patente del premio concedido en Harvard. A la Policía Metropolitana de Bangkok se le había adelantado en varios años el sistema implantado por Luis de Bárcenas en relación con los altos cargos institucionales del Partido Popular de España.

Sobre la anticorrupción sostenible