lunes 01.06.2020

La aceleración del desaguisado

Los “buenos resultados” solo van referidos a la recogida de beneficios de las grandes empresas, no a ningún otro indicador, ni de producción, ni de empleo, ni de bienestar social

Los datos de empleo del pasado mes de agosto han sido peor que malos: indisimulables. Tomás Burgos, secretario de Estado de la Seguridad Social, ha tenido que recurrir al concepto de “estacionalidad” para explicarlos. Alega dicho alto funcionario que el final del verano cancela muchos empleos en los servicios relacionados con el turismo, mientras que «aún no se ha reanudado la actividad en sectores que tradicionalmente sufren un parón en verano (construcción, industria) y que se espera tengan un comportamiento muy positivo.»

La parrafada del señor Burgos merece por lo menos tres notas a pie de página: 1) Estacionalidad la ha existido siempre, pero esta ha sido la peor estacionalidad de toda la serie histórica desde el año de la crisis, 2008. 2) El “parón” de la construcción y la industria en los meses de verano era tradicionalmente un parón en el ritmo de la actividad productiva, no de descenso en los índices de empleo. Así sucedía antes, cuando el mercado de trabajo estaba sujeto a “rigideces” insoportables en la fijeza de las plantillas; ahora cualquier mínimo parón en la marcha de los negocios se resuelve con cartas de despido a mansalva. 3) La esperanza de que construcción e industria tengan “un comportamiento muy positivo” en breve plazo no es una previsión fundamentada, sino una jaculatoria, del estilo de “¡Ojalá que llueva café!” El gobierno abusa de este tipo de jaculatorias. Mientras los fondos previstos en los presupuestos generales para I + D quedan por lo general intocados (cuando menos para el destino que se les preveía), los pronósticos de los expertos en cuanto a la marcha de la economía mantienen siempre la misma nota optimista respecto del futuro, basada en exclusiva en el mantra de la sabia autorregulación de los mercados.

Si la economía política… (acoto: este enunciado era normal en mis tiempos de estudiante; hace mucho, sin embargo, que economía y política se han desenganchado. Recientemente Mariana Mazzucato, la persona más odiada en Silicon Valley, ha vuelto a reclamar en sus libros, artículos y conferencias, la necesidad urgente de un “Estado empresario” que promueva y financie el desarrollo de la economía en una dirección conveniente y sostenible.)

Si la economía política, repito, no se dirige desde las maquinarias estatales hacia ningún objetivo previamente fijado; si disminuye la inversión pública y no se incentivan ni la investigación, ni el desarrollo ni la innovación, resulta ocioso proclamar que “estamos en el buen camino”. El “buen camino” solo significa la deriva de los negocios a favor de la corriente. Los “buenos resultados” solo van referidos a la recogida de beneficios de las grandes empresas, no a ningún otro indicador, ni de producción, ni de empleo, ni de bienestar social.

Dicen los resultados del mes de agosto que el paro ha aumentado en 46.400 personas, y la cifra de afiliados a la Seguridad Social ha disminuido en 179.485 unidades. En lo que se refiere a nuevos contratos laborales, menos del 8% han tenido el carácter de fijos (115.382), por más de un 92% temporales (1.421.018). Pero ni siquiera todos los empleos fijos han sido enteramente fijos; de ellos, 34.567 lo han sido a tiempo parcial. Las mujeres, como es tradicional también, encabezan con diferencia las estadísticas del trabajo a tiempo parcial. No es un tipo de empleo deseado por ellas; es el único que se les ofrece, su única posibilidad de mantenerse en el mercado de trabajo.

A pesar de todo, la ministra Fátima Báñez ha declarado que el “nuevo” trabajo es de mayor calidad que el “viejo”. Solo cabe entender esta afirmación como una charada. La ministra está haciendo juegos de palabras. Juegos de salón, evidentemente, porque en la intemperie estas declaraciones suenan bastante peor que dichas al calor de un círculo empresarial.

Un artículo editorial en elpais de hoy titula «Desaceleración laboral». Es un ejemplo del lenguaje y los preconceptos utilizados por los economistas más o menos afectos a la corriente neoliberal. Hablar de desaceleración implica el presupuesto de que en algún momento se ha acelerado en el terreno del empleo. Donde sí se ha acelerado, y se ha seguido acelerando el pasado mes de agosto, ha sido en la precariedad. Este es el único hecho constatable. Hay más empresas que nunca, con menos trabajadores que nunca. Hay récords históricos en la recogida de beneficios de las empresas puntales del sistema. Siguen acentuándose las diversas dualizaciones del mercado de trabajo. No aparece ningún propósito de enmienda por parte del gobierno de la nación.

Seguimos, entonces, en la aceleración del desaguisado.

La aceleración del desaguisado