miércoles 01.04.2020

Pedir perdón

La destrucción de las civilizaciones precolombinas, el genocidio de la población autóctona, la esclavización de la fuerza de trabajo en las minas y en las encomiendas, y la conversión forzosa a una religión extraña, son episodios constatados de la historia de la humanidad

¿Y por qué no habíamos de pedir perdón por la Conquista? Aquello fue una barbaridad, dicho en plata; en plata americana, por más señas.

Sí, pasó hace 500 años y quién se acuerda ya. Sí, otros hicieron barrabasadas peores. Pero también es cierto que suelen ser más discretos, y no hacen como Pablo Casado que anda diciendo en público que aquel fue el momento más brillante de la historia de la humanidad.

(Deberíamos pedir perdón al mundo por Pablo Casado, por cierto, que no se me olvide. Ese hombre es de vergüenza ajena.)

Solemos poner al padre Las Casas como coartada. Cuando conviene se saca del cajón y se exhibe a la concurrencia. Qué finura de conciencia, qué valiente defensa del alma de los indios. Preferimos soslayar el hecho de que en la España imperial del Siglo de Oro el hombre fue considerado casi unánimemente como un jodío aguafiestas. Sin contar con su posición acerca de los negros africanos, los cuales por desgracia no llegaron a entrar nunca en su riguroso concepto de humanidad provista de alma.

Pelillos a la mar. Pidamos perdón también por Fray Bartolomé y su género humano escindido. Todo el problema puede quedar englobado -y perdonado- en el mismo paquete.

El cristianismo, el judaísmo y el islam, los tres a una, deberían pedir perdón al mundo, incluido el presidente López Obrador, por el diluvio universal; y muy en especial al colectivo LGTBI, por el fuego del cielo que arrasó Sodoma, Gomorra y las restantes ciudades de la llanura, menos publicitadas pero igualmente desaparecidas.

Tendría que ser una práctica habitual para todos, creyentes o no, pedir repetidamente perdón por tantas deudas históricas no pagadas. Pedir perdón no ya siete veces al día sino setenta veces siete.

En Love Story, una novela olvidable que dio lugar a una película también olvidable que estuvo de moda hace ya muchos años, uno de los personajes decía una de esas frases definitivas que luego en la red suelen ser atribuidas a Paulo Coelho: «Amar es no tener que decir nunca “lo siento”.»

Más justo, quizás, sería sostener que amar es decir “lo siento” en tantas ocasiones como uno sienta que de verdad lo siente.

La destrucción de las civilizaciones precolombinas, el genocidio de la población autóctona, la esclavización de la fuerza de trabajo en las minas y en las encomiendas, y la conversión forzosa a una religión extraña, son episodios constatados de la historia de la humanidad. ¿Tanto nos cuesta decir que sentimos aquella siniestra epopeya protagonizada por nuestros antepasados directos? ¿Sin entrar en comparaciones, en disquisiciones ociosas y en la práctica consuetudinaria el “y tú más”?

Pedir perdón