jueves 09.04.2020

Ojo con Ferlosio

El hecho de que se haya muerto un día cualquiera, sin avisar, sin partes médicos emitidos de hora en hora, en silencio, casi de puntillas, es seguramente una declaración de principios, o un movimiento táctico de repliegue

Rafael Sánchez Ferlosio escritor, es un esfuerzo continuo y deliberado por objetivar y clarificar, desprendiéndose en el proceso de la pesada carga del Ferlosio persona o personaje. Dejando aparte sus arremetidas saludables a toda una serie de naderías, sinsustancias y lugares comunes que pueblan la literatura, la historia y otras realidades evanescentes, se diría que el sentimiento profundo que Ferlosio toma como base de su obra, no muy extensa pero cualitativamente excelsa, es una profunda tirria a sí mismo. «Ojo conmigo», avisa al lector en uno de sus libros de ensayos en píldoras. Quizás no es al lector desprevenido a quien se dirige el aviso; quizás es, en primer lugar y sobre todo, al propio Ferlosio. Se observa, se analiza, se espía a hurtadillas, y finalmente concluye que no es de fiar.

Ferlosio se ha ocupado con un exceso de modestia, pero también de sinceridad, en desacreditar buena parte de las cosas que ha escrito. Salva el Alfanhuí, un pecadillo inocente de juventud; pero condena sin remisión El Jarama. Puede que tenga sus razones para hacerlo, pero en su día nos enredó como pardillos a muchos, que celebramos en ese libro el renacimiento de la gran tradición de la novela en la mísera realidad literaria de nuestros años cincuenta. Aunque yo lo leí ya en los sesenta, por imperativos generacionales fácilmente explicables.

Hoy no refrendaría aquel primer deslumbramiento. De hecho, intenté releerlo hará un par de años, y lo dejé a un lado pasadas pocas páginas. La veta hiperrealista de narradores como Laforet, Aldecoa, Martín Gaite, López Salinas y otros aún, quedó en la literatura del (anti)franquismo como un mero rito de paso de la ficción hacia otros territorios. Carmen Martín Gaite, que aparece en la fotografía de arriba junto a Rafael, se reinventó a sí misma en una escala literaria más amplia a partir de El cuarto de atrás. Sus mejores títulos son los posteriores a ese hito. También los Goytisolo, Juan y Luis, evolucionaron hacia estructuras más complejas y ambiciosas. O García Hortelano. A Cela y a Umbral, la verdad, no les aprecié nunca.

Ferlosio fue seguramente el primero de todos ellos en considerar agotada la veta de la que fluyó El Jarama; pero él tomó una dirección diferente a la de los demás. No volvió nunca a la ficción, si excluimos El testimonio de Yarfoz, un pedazo de prosa sin principio ni final que nos vendió como fragmento de una novela o novelón histórico (que nunca escribió) sobre algo que llamó las “guerras barcialeas”.

Encontró mayor gusto e interés en el estudio de la lengua y de diversas disciplinas antiacadémicas, y en el ensayo erudito, unas veces extenso y otras concentrado en “pecios”, no del todo aforismos sino más bien iluminaciones.

El hecho de que se haya muerto un día cualquiera, sin avisar, sin partes médicos emitidos de hora en hora, en silencio, casi de puntillas, es seguramente una declaración de principios, o un movimiento táctico de repliegue.

Ojo con Ferlosio.

Ojo con Ferlosio