sábado 07.12.2019

No somos Greta Thunberg

Mientras se celebra el COP25 en Madrid y Greta Thunberg concluye su travesía del Atlántico en catamarán para viajar del modo menos contaminante para el planeta, las emisiones de CO2 en el mundo aumentarán este año en un 0,6, y el aumento global de temperatura no remitirá, lo que hará más difícil el cumplimiento de los Acuerdos de París sobre cambio climático.

Nosotros no somos ni Greta Thunberg ni Teresa Ribera, la inteligente y apasionada ministra en funciones para la Transición Ecológica. Las dos son admirables, y hay muchas más personas admirables alrededor de ellas; pero ellas no son nosotros.

Greta Thunberg corre el riesgo de pasar, de ser el símbolo de una lucha compartida, a una coartada desde la cual justificar una revolución pasiva en la que todo será cambiado para que todo siga igual en el fondo

Me refiero a que se está alentando un desplazamiento de las responsabilidades asumidas, una lucha anticontaminante por procuración. Tenemos todos un problema, pero adjudicamos su solución a unas heroínas muy concretas, como si se tratara de Daeneris en una serie televisiva en prime time (me excuso si la comparación con Daeneris no es adecuada; jamás he visto un episodio de “Juego de tronos”).

La asunción de responsabilidades en la Green Revolution, es decir en la lucha por un planeta libre de emisiones, más limpio y sostenible, ha de producirse en todos los niveles políticos y sociales. Cambiar los hábitos de consumo es bueno, pero claramente insuficiente. La revolución debe implicar un gran cambio presidido por la innovación tecnológica: producción de energías no contaminantes, edificación de viviendas inteligentes, urbanización inteligente de ciudades a las que se asignan nuevos cometidos, revolución en los transportes así urbanos como a media y larga distancia, nuevos materiales para la construcción y la comunicación ahorradores de energía. Y más en general y por encima de todo lo anterior, una inteligencia colectiva renovada dirigida a nuevas formas sostenibles de vivir y de estar en el mundo.

La revolución verde, empero, puede llevarse a cabo de varias maneras. Es aplicable a ella lo mismo que se decía de las castañuelas en el famoso tratado sobre cómo tocarlas: es preferible hacerlo bien, que mal.

Por ejemplo, una transición “justa” puede serlo de un modo que fomente la creación de nuevos empleos dignamente remunerados para compensar la inevitable destrucción de empleo en sectores obsolescentes o muy contaminantes. O bien, “justa” con el accionariado de las poderosas multinacionales que extraen y comercializan los combustibles fósiles y exigen dividendos altos para su inversión. Los dos objetivos no son plenamente compatibles entre sí, como se sugiere de forma subliminal: va a ser necesario priorizar uno por encima del otro. Es lícita la sospecha de que esa priorización ya se ha elegido.

Por ejemplo, resulta incoherente que desde las altas jerarquías de la Unión Europea se alienten de un lado los esfuerzos por cumplir los Acuerdos de París, o bien el programa, cualquiera que sea, que salga del actual COP25, y al mismo tiempo se mantengan intocados el sacro horror al déficit público y la regla áurea del austericidio. Y eso es, perdonen mi forma poco educada de señalar con el dedo, exactamente lo que se está haciendo.

Se diría que el tema del control de las emisiones contaminantes a la atmósfera se remite desde los poderes públicos, que ejercen en el tema el papel de controladores últimos pero no de sujetos activos del cambio, a la ciudadanía. Y que, dentro de la ciudadanía, se atiende antes a la necesidad de que las grandes empresas sigan obteniendo beneficios que ofrecer en bandeja a sus shareholders, que a un planteamiento que represente un salto adelante en la democracia industrial, en la participación del factor trabajo en los objetivos generales de la economía, y en un crecimiento del empleo y de la igualdad social.

En estas circunstancias, Greta Thunberg corre el riesgo de pasar, de ser el símbolo de una lucha compartida, a una coartada desde la cual justificar una revolución pasiva en la que todo será cambiado para que todo siga igual en el fondo.

No somos Greta Thunberg