jueves 09.04.2020

El amigable componedor

Íñigo Errejón se dispone a desembarcar en la política nacional al frente de una plataforma llamada Más País.

Va a hacerlo no por propio impulso sino atendiendo a una decisión votada por las bases, y la idea de fondo que persigue es la de ponerse “al servicio de un gobierno progresista”. Amplío la cita; esto es, literalmente, lo que ha dicho Íñigo: "Nos presentamos en un ejercicio de responsabilidad después del fracaso de los líderes que no han sabido pactar, y pondremos nuestros escaños al servicio de un gobierno progresista".

Parece una buena noticia, a primera vista. Errejón y los suyos empiezan su combativa andadura metiendo el dedo en el ojo a esos políticos de izquierda irresponsables y fracasados que han sido incapaces de pactar entre ellos, y llamándoles a capítulo.

Alguien pensará que es justamente lo que nos estaba haciendo falta. Ahí está, sin ir más lejos, la petición de Podemos Aragón a Pablo Iglesias de que aparte de una vez a Pablo Echenique para poder negociar con la Chunta. (Al parecer, con Echenique por medio no hay manera).

En ausencia de propuestas concretas de progreso, el calificativo de “progresista” dado a un gobierno cualquiera se queda en un mero adorno retórico

Estando las cosas como están, sin embargo, dudo que la movida de Errejón apunte a soluciones eficaces para los males que nos aquejan. Hay la cuestión de fondo, y también la de las formas. En relación con las segundas, el publicitado experimento de composición amistosa empieza con el pie cambiado, es decir, poniendo a los protagonistas del anterior desencuentro a caer de un burro.

“Inútiles, irresponsables, fracasados, venid acá que os voy a meter en vereda.” No suena muy bien, la verdad, como cimiento de un gran consenso.

Desde su perspectiva, Errejón trata legítimamente de canalizar y recoger los votos de muchos/as indignados/as, que irían derechamente a la abstención; y es muy posible que bajo esa bandera la nueva plataforma coseche una representación modestamente positiva.

Pero la idea no es compatible con la de construir un gran acuerdo de las distintas izquierdas. Íñigo Errejón no es un pegamento universal garantizado, y su colocación en el Congreso va a ser ancilar, de apoyo al mando, de plus. “Consensuad de una vez un gobierno, coño, y aquí nos tendréis a vuestro servicio.”

Y ahí entramos en la cuestión de fondo, en lo que un par de días atrás y de la mano del llorado Riccardo Terzi, describía yo como el “qué hacer”, pregunta muy diferente de la de “quién lo hace”. La propuesta de Errejón responde, bien que mal, al segundo problema, pero omite por completo el primero.

Sabemos que su grupo parlamentario aún potencial va a ponerse al servicio de cualquier gobierno progresista que se constituya; pero no sabemos para qué. Intuimos que el objetivo es cerrar el paso a las derechas, y eso está bien. Pero ¿con qué política, que es en último término lo que define a un gobierno como progresista?

En ausencia de propuestas concretas de progreso, y con los líderes siempre colocados junto a la línea de candilejas y por delante del meollo, el calificativo de “progresista” dado a un gobierno cualquiera se queda en un mero adorno retórico. Un adorno de una ambigüedad que puede llegar a ser peligrosa.

El amigable componedor