domingo 23.02.2020

Cosas que las mujeres no saben hacer

Retrato de Penélope Fitzgerald, nacida Knox, hacia la época en la que empezó a destacar como escritora
Retrato de Penélope Fitzgerald, nacida Knox, hacia la época en la que empezó a destacar como escritora

En “A la deriva” (Offshore, Impedimenta 2018, trad. de Mariano Peyrou), Nenna es una mujer canadiense que vive en una gabarra anclada en el Támesis, junto al puente de Battersea. El marido se ha ido de su lado, dejando en una penumbra más bien vaga cuándo volverá, ni siquiera si tiene intención de volver. Esa circunstancia no afecta demasiado a las dos hijas, Martha y Tilda, que no parecen tener problemas para adaptarse a una vida en el margen, no exactamente en tierra ni en el agua.

Nenna es una de las típicas heroínas de Penélope Fitzgerald (1916-2000). Es animosa, eficiente y está llena de buena voluntad, cuestiones todas ellas de las que el entorno en el que se mueve no parece darse cuenta. Ella se esfuerza, sin embargo, en alcanzar una modesta felicidad por el procedimiento de ser lo más parecida posible a ella misma, es decir, cultivando su originalidad y su autonomía; y de otro lado, tratando de ser útil a las personas con quienes interactúa, prestándoles de forma desinteresada cualquier servicio que se ofrezca y esté en su mano.

Ustedes han conocido a esa peculiar heroína moderna gracias a La librería, la novela en parte autobiográfica de Fitzgerald que Isabel Coixet llevó a la pantalla con una sensibilidad exquisita.

En “A la deriva”, como había empezado a contarles, Laura pregunta de sopetón a Nenna: «¿Qué tal es vivir sin tu marido?» Y añade, de forma bastante ominosa: «Supongo que las noches serán frías.»

Nenna le responde con un catálogo de las cosas que los hombres saben hacer, y ella no. Es un catálogo revelador. He aquí la cita completa (pág. 37):

«No puedo hacer las cosas que las mujeres no saben hacer -dijo-. No puedo pasar las páginas del Times sin que se me arruguen, no sé plegar un mapa como corresponde, no sé descorchar botellas, soy incapaz de clavar un clavo y que me quede recto, no puedo entrar en un bar y pedir una copa sin preguntarme qué pensará la gente y no puedo encender cerillas en dirección a mi cuerpo. Soy una persona culta y tengo dos hijas y me las apaño bastante bien, y hay un montón de cosas mucho más importantes que sí sé hacer, pero no sé hacer esas, y cada vez que tengo que hacer alguna de ellas, me dan ganas de echarme a llorar.»

Richard, el marido de Laura, acude de inmediato protectoramente al rescate:

- Estoy seguro de que podría enseñarte a plegar un mapa. No es tan difícil, cuando le coges el tranquillo.

Nenna habla con el corazón en la mano pero cabe sospechar que Penélope, la escritora, estaba tirando de ironía. Cosa que se confirma unas páginas más adelante, al explicar la actitud de otro personaje masculino: «Nenna podría haber añadido a su lista de cosas que los hombres hacen mejor que las mujeres la capacidad para no hacer nada en absoluto con total tranquilidad.» (pág. 56).

Quizás en tanto que hombre debería protestar por la injusticia que esa afirmación supone para nosotros genéricamente considerados. No lo hago, sin embargo, porque Carmen, que me conoce bastante bien, insiste en que Penélope Fitzgerald parecía estar pensando muy especial y particularmente en mí cuando escribió esa frase.

Me callo, entonces, y no hago nada en absoluto al respecto. Eso sí, con total tranquilidad, como corresponde a un hábito tan largamente practicado que se ha insertado de alguna forma en nuestro ADN.

Cosas que las mujeres no saben hacer