sábado 21.09.2019

El camino hacia un nuevo contrato social

Hoy el populismo es sobre todo un mecanismo útil a las derechas

«Estas clases medias empobrecidas y airadas están buscando representación política para salir de su ostracismo». Lo dice Antón Costas en lavanguardia, y añade: «Si los partidos tradicionales de centroizquierda y centroderecha no saben dar respuesta a sus demandas, buscarán la representación política en los partidos populistas.»

Es más o menos la regla de tres que guió a Podemos en su nacimiento: propiciar una fuerte movida de “los de abajo” contra “los de arriba”. Utilizar la ventaja numérica abrumadora del 99% frente al 1%.

Estamos viendo que las cosas no son tan sencillas y que el “empoderamiento” transversal de la ciudadanía contra la “casta” es un término vacío, sin efectos perceptibles. La demagogia aneja a esa partición de la sociedad en dos bandos enfrentados tiende a refugiarse más bien en las nostalgias turbias del pasado, en la adhesión pasional a meros símbolos de pertenencia (banderas, relatos, tipismo) que ocultan la cruda desposesión de bienes materiales efectivos.

Es así como el futuro se ha ido convirtiendo para todos en un país extraño (lo dijo Josep Fontana). Hoy el populismo es sobre todo un mecanismo útil a las derechas.

Y es a las derechas sobre todo a quienes se dirige el artículo de Costas, que propone un “populismo económico” como el preconizado por Dani Rodrik. El razonamiento que esgrime es el siguiente: «Las democracias de las economías desarrolladas no podrán sostenerse con niveles de desigualdad y pobreza como los actuales. No pueden ser gobernadas solo en beneficio del 1% más rico… Por eso necesitamos un nuevo contrato social del estilo del logrado tras la Gran Depresión de los años treinta y la Segunda Guerra mundial, mediante el cual aquellos a los que les iba bien se comprometieron a no dejar atrás a nadie.»

Las alertas urgentes están ahí. La última en Estrasburgo, con un delincuente multirreincidente y radicalizado disparando sobre todo lo que se movía en una feria de belenes, mientras gritaba “Allahu Aqbar”. Disparaba contra los transeúntes apuntando por elevación a dos grandes símbolos, la arquitectura europea y el orden religioso oficialmente establecidos.

Las alertas están ahí, en efecto. Pero si vamos a marchar todos hacia una renovación del gran contrato social de la posguerra, tan necesaria va a ser la segunda parte contratante como la primera. No se trata de que quienes “les va bien” se comprometan a “no dejar atrás a nadie”. Habrá que encontrar en el vasto pluriverso de las puteadas clases asalariadas de los distintos países las conexiones, las complicidades, los elementos de síntesis, los programas y las líneas rojas de defensa, para formar alianzas estables y acudir con planteamientos propios muy claros a esa llamada a una nueva concertación en profundidad, que habrá de dotarse de una perspectiva de simetría variable con la que negociar escalonadamente en todos los niveles, desde el ámbito local hasta la dimensión global.

De lo que se trata, en la nueva encrucijada en la que nos encontramos después de la galopada frenética y devastadora de las elites financieras, es de recuperar para el conjunto de los trabajadores el papel que corresponde a una clase dirigente.

Es decir, una clase capaz de negociar no solo para sí, sino para toda la sociedad, y de encontrar soluciones viables para los problemas de todas las partes implicadas. Una clase capaz de diseñar un futuro convertido por fin en un país propio, cercano y amistoso.

El populismo es otra cosa, de la que muy bien podemos prescindir.

El camino hacia un nuevo contrato social