sábado 31/10/20

Keynes: la necesidad de su retorno

La crisis económica que atraviesa Europa y –aunque en menor medida- la economía mundial tiene dos padres: la especulación ligada al sector inmobiliaria y las alegrías e instrumentos financieros que se han dado en ambos lados del Atlántico, las famosas hipotecas subprime. Pero a esta crisis, con estas causas principales, se ha añadido las irresponsables actuaciones de gran parte de los gobiernos europeos –entre ellos el español– que han sangrado al enfermo con sus reducciones de los déficits a toda costa, sin que se haya explicado nunca mediante qué mecanismos puede llevar esta obsesión sobre el déficit a crear empleo. En todo caso la realidad es tozuda y cualquier posible ocurrencia que pudiera entenderse como explicativa ha sido enterrada por el aumento de millones de europeos que han caído en la desesperación del paro.

Los neoliberales de ahora –equivalente a los neoclásicos de los años 30 del siglo XX– trabajan con un catecismo de cuatro patas que suponen nos llevarán, según ellos, a la tierra prometida del pleno empleo: la flexibilidad de salarios, es decir, despido libre y gratis; la privatización de empresas públicas a toda costa, cuanto más mejor; la socialización de pérdidas, es decir, el pago con nuestros impuestos a las grandes las empresas –principalmente bancarias- que pudieran devenir supuestamente insolventes; la destrucción del Estado de Bienestar, intentando hacer inviables desde los boletines oficiales del Estado la Sanidad Pública, la Educación Pública, el pago del desempleo, las pensiones públicas, la financiación de la investigación pública, etc. Y como variable instrumental para conseguir el pleno empleo: la reducción del déficit. Nada más. No importa que la realidad vaya por otro lado porque los neoliberales intervencionistas de ahora tienen fe en que se conseguirá. Así lo dice su catecismo práctico, aunque su catecismo de cátedra sea anti-intervencionista.

Ante una situación similar a la actual en los años 30 del siglo pasado se alzó una corriente de opinión, un economista, especulador de Bolsa inglés y otras muchas cosas, que se llamaba John Maynard Keynes (1883-1946),  con unas propuestas de política económica que concretó en un libro publicado en 1936 llamado Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero. No es un libro fácil de entender. En realidad es un refrito de nuevas ideas con otras propias de la época, como su teoría del capital o de los salarios. El núcleo duro de libro era la idea de la demanda efectiva, que es punto donde iguala a la oferta agregada sea cual sea el nivel de paro. Frente al modelo imperante de entonces que era el de otro economista inglés –Alfred Marshall (1842-1924) expuesto en su obra Principios de Economía -, cuyo núcleo duro a su vez era el estudio de las empresas y los mercados basado en el equilibrio parcial, Keynes analizaba la economía de forma agregada, con conceptos como el consumo, la inversión, el gasto, las exportaciones, las importaciones, el ahorro, el empleo, la desocupación, la propensión a consumir, la oferta monetaria, la demanda de dinero, etc. Para los economistas de la época educados –los que lo fueron– en la economía del libro de Marshall, el paro era un imposible si los salarios bajaban lo suficiente como para igualar el salario con los supuestos valores de la productividad marginal de cada producto, en cada mercado, para cada empresa. La realidad es que en el lugar y el momento –en USA, años 30 del XX– donde más se acercaba la realidad al ideal neoclásico, la tasa de desempleo era de ¡la cuarta parte de la población activa! El presidente de entonces de USA, Franklin Delano Roosevelt, no hizo caso al final de sus consejeros económicos que le auguraban que haciendo el tancredo en política económica se llegaría a recuperar el empleo de los felices veinte, e implantó el plan Marhall, que era, en sus grandes términos, un plan de gasto público para USA y Europa. Tuvo éxito la cosa, eso sí, con una guerra mundial en el camino que dejó 50 millones de muertos, guerra cuya entera responsabilidad hay que adjudicarla a los nazis alemanes y a los ciudadanos alemanes que los votaron.

El precepto contra el que se alzaba Keynes era doble: la ley de Say que dice que la oferta crea su propia demanda y el de que el ahorro crea la inversión, que era su consecuencia. El inglés se burló con toda la razón de la primera y subvirtió la segunda. Es decir, para Keynes el Ahorro dependía de la Inversión a través del Consumo, de su propensión y de la consecuencia de ambos: el multiplicador y que un epígono desarrollaría (Kahn). Venía a suponer que una unidad monetaria gastada, fuera de Consumo, Inversión o Gasto, generaba más de esa unidad en la producción, con sus efectos positivos sobre el empleo. En definitiva, que la variable estratégica que determinaba el nivel de empleo era la demanda agregada, es decir, la suma del Consumo, la Inversión, el Gasto Público y las Exportaciones menos las Importaciones. La variable instrumental sobre la que puede actuar los gobiernos era el Gasto Público, porque el resto era responsabilidad de los consumidores y/o de los empresarios. La otra pata del Estado sería los impuestos. De no intervenir el Estado mediante el gasto público podría darse una situación donde el conjunto de la demanda agregada igualara la oferta con una situación de paro indeseado, cosa imposible para los neoclásicos de la época –los equivalentes a los neoliberales de ahora–. Es decir, partiendo de una situación donde la capacidad de producción había caído dramáticamente en poco tiempo, existía un nivel de gasto público que permitiría recuperar el empleo perdido. Keynes lo expresa diciendo que “el consumo medido en unidades de salario (ligado) con el ingreso en términos (también) de unidades de salario, corresponde a un nivel de ocupación” (Teoría General…, pág. 87, edit. FCE, 1993). Esto nos da además un criterio de actuación para evitar la entrada en la contracción de la economía, incluso ya dentro de la crisis: que el  nivel de gasto público debe ser al menos tal que la demanda agregada de un año no sea inferior a la del año anterior. El límite por arriba del gasto sería la inflación, porque, según Keynes, “debemos considerar el efecto de los cambios en la cantidad de dinero sobre la magnitud de la demanda efectiva, y el aumento de ésta irá, en términos generales, a aumentar la cantidad de ocupación y a elevar el nivel de precios” (pág. 263 de la Teoría General… ”). No estaba, pues, exenta de peligros y límites la lucha contra el desempleo mediante el gasto público, pero era este el instrumento principal para salir de la crisis, o al menos para paliarla. Debía acompañarse también de una oferta de dinero adecuada, que diera lugar a unos tipos de interés también adecuados antes de caer en la trampa de la liquidez (cuando por mucho que aumente la oferta monetaria no van a caer más los tipos de interés), sorteando a su vez los peligros de la inflación según la cita de Keynes comentada.

Todas estas ideas han permanecido en la mayoría de las cátedras, puesto que no existe una Macroeconomía que no sea más o menos keynesiana, pero la práctica política ha ido por otros derroteros bajo una legión de supuestos economistas -que no son más que contables con título de economista- formados muchos de ellos en escuelas de negocios –la mayoría privadas– que desprecian a Keynes, el keynesianismo, el post-keynesianismo y a lo que ellos entienden –o sólo predican– como meras falacias. Y estos tipos se han encontrando mandando, con poder, en los gobiernos y sin saber qué hacer frente a la crisis, impotentes. Han hecho creer que la sola variable del déficit y su reducción a cero nos devolverá al país de las maravillas del… pleno empleo. Llevan al menos 5 años equivocándose, al igual que se equivocaban en los años 30 del siglo pasado, pero no cejan en el error por más que sus cornamentas se estrellen contra el duro muro de la realidad.

En el libro mencionado y en otros, Keynes se ocupa de temas monetarios, critica sin rechazarla la llamada teoría del capital neoclásico, trata de aspectos de política monetaria, de los tipos de interés y su relación con la cantidad de dinero, de los salarios, de la ocupación, del ciclo económico, etc., pero su obra se basa en el paradigma enunciado de la demanda efectiva. No es que fuera el primero en dar importancia al consumo para mantener los niveles de producción adecuados que afectaban al empleo. Los fisiócratas, Malthus, Sismondi, Rodbertus, Marx y otros ya lo habían hecho o atisbado al menos, pero Keynes lo concretó en un libro oportuno. Hay otro gran economista de la época que dijo cosas parecidas a Keynes y con mayor rigor y precisión, pero que no es de conocimiento general. Se llamaba Kalecki, pero aunque estuvo en el Cambrigde inglés de los años 30 al lado de Keynes, Kaldor, Robinson, Dobb, Sraffa, etc., era polaco y comunista, y esto le ha lastrado, claro. El desconocimiento de su obra es la segunda mayor injusticia intelectual de la economía: la primera –desde mi punto de vista– es la de Piero Sraffa, pero esta es otra historia.

Es imprescindible volver a Keynes, al keynesianismo, a un keynesianismo actualizado, adecuado a los problemas del mundo actual, pero no se puede obviar. Es como si en Física se renunciara por motivos ideológicos a la teoría de campo de Faraday, al concepto de la cuantificación de la energía, al principio de relatividad de Galileo o al de no simultaneidad de Einstein; o en Biología a Darwin y la idea de la evolución. Millones de europeos y de no europeos sufren la consecuencia por las molestias e irritaciones que causan a  los que se consideran privilegiados la idea de que con los impuestos de todos se pueda al menos paliar, el paro, la pobreza y hacer efectivo el derecho a una vivienda digna sin desahucios; a una sanidad y educación públicas. Hay que recuperar estas ideas que nacieron con y en tiempos de Keynes porque ya estamos cayendo en el abismo, aunque sólo un parte ya esté en la sima (los parados).

Con esta sección en Nueva Tribuna dedicada a Keynes y al keynesianismo queremos contribuir al conocimiento de esta imprescindible hoy corriente de pensamiento. Los especialistas en el tema están invitados a su participación desde la imprescindible, también, libertad de pensamiento.

Keynes: la necesidad de su retorno