sábado 30.05.2020

Chávez, ¿Por quién doblan las campanas?

No doblan, redoblan, repican, y no a muerto, de alborozo, en Wall Street, en la City, en los salones de las grandes corporaciones, en el Vaticano, en la vecina Colombia, portaviones del Pentágono, en el Budestag y el Bundesrag, en el Reichtag, en casa de Merkel, en casa de Aznar, del Borbón, por fin te has callado, qué ordinariez tu palabra, tu “demagogia”, tus cánticos, tus rezos, tu fe en el pueblo, en los más desfavorecidos, en América

No doblan, redoblan, repican, y no a muerto, de alborozo, en Wall Street, en la City, en los salones de las grandes corporaciones, en el Vaticano, en la vecina Colombia, portaviones del Pentágono, en el Budestag y el Bundesrag, en el Reichtag, en casa de Merkel, en casa de Aznar, del Borbón, por fin te has callado, qué ordinariez tu palabra, tu “demagogia”, tus cánticos, tus rezos, tu fe en el pueblo, en los más desfavorecidos, en América toda bajo el signo de Bolívar, Martí, Ernesto. Eras parte del eje del mal, sí una mosca cojonera en el patio trasero de los Estados Unidos del Norte, una mancha de aceite que se expandía por todo el continente con la velocidad de las grandes ideas liberadoras. No, no eras un ideólogo, ni un intelectual, un militar que se rebeló contra ese grandísimo demócrata que fue Carlos Andrés Pérez, el amigo de todos los enemigos de Venezuela, el amigo de su propia hacienda, el enemigo de la hacienda de los necesitados. Y dirán que sí, que fuiste un golpista, que tu momentáneo sustituto lloró como Arias Navarro al anunciar la muerte del genocida Franco, aunque tú no mataste en masa, aunque tú no fusilaste a los derrotados, aunque te sometieras a más consultas populares –repletas de observadores internacionales- que todos los presidentes del “Eje del bien”. Con su pan se lo coman, las mentiras atragantan, indigestan y terminan por reventar.

Al fin y al cabo, eras poca cosa. Presidente de un pequeño país de América del Sur, poco poblado, lleno de riquezas naturales, pero pequeño, diminuto, insignificante en la escena mundial. Sin embargo, hay que ver las ganas que te tenían, la de páginas que te dedicaron periódicos otrora progresistas como El País, Público, Le Monde, The Independent y tantísimos otros. Parecía que pesaras más que Merkel porque ni siquiera a ella le ofrecieron tantos artículos de fondo, tantas críticas, tantos pronósticos, tantas acusaciones falsas a sabiendas, tanta atención. No, no eras el emperador de la China, ese país que lo produce todo a cien y se está cargando los derechos sociales de todos los trabajadores del mundo gracias a la deslocalización industrial programada por Occidente con tal fin; ni el jefe de la Amazonía; ni siquiera el rey de España, ni tenías su abolengo, ni su pedigrí, ni su encantadora familia. Tampoco fuiste tú quien montó el campo de exterminio de Guantánamo, ni quien decretó el absurdo y disparatado bloqueo a Cuba, ni quien tiene a miles de personas en los corredores de la muerte, ni invadiste Irak causando cientos de miles de muertos por petróleo, ni azuzaste la primavera árabe que es el más gélido de los inviernos, ni eres íntimo del rey saudí que condena a la crucifixión a jóvenes que robaron cuanto todavía no lo eran. No, no fuiste ninguno de esos, eso no está en tu currículum, pero se empeñaron en subirte a los altares, y ojalá sigan por ese camino, lo conseguirán.

Te acusan de dejar un país dividido, cuando hace tan sólo unos meses, en unas elecciones celebradas bajo la atentísima mirada de la buena gente, sacaste el sesenta por ciento de los sufragios; de eliminar la prensa disidente –en España ha tiempo que no existe- cuando cualquiera puede mirar en la red lo que se publica en tu país contra tu gobierno; quienes están desmontando los contenidos esenciales de la democracia europea, dicen que no eres un demócrata porque cantabas, bailabas y hacías payasadas en la televisión mientras callan la enorme cantidad de escuelas construidas desde que llegaste al poder, mientras silencian la diminución de la pobreza extrema en tu país o la ayuda inmensa que prestaste a otros países necesitados como Bolivia, Ecuador, Argentina, Uruguay o Cuba, que garantizaste el suministro de petróleo a Nueva Orleans cuando el Katrina mientras la Administración Bush se hacía la manicura con las bayonetas de los fusiles que sembraban la muerte en el mundo.

Sí, en verdad eras el demonio, o algo peor que todavía no tiene nombre. Sería un magnífico trabajo encerrarse por unos días y recopilar todo lo que la prensa de las “grandes democracias” han dedicado a tu persona, tu gobierno y tu país desde hace diez años. Nunca Venezuela, ni América Latina, ocuparon tantas portadas ni gastaron tantos adjetivos despectivos. Sus razones tenían. No se puede mandar a paseo al Fondo Monetario Internacional, desobedecer sus órdenes de obligado cumplimiento, poner en duda la supremacía de la voluntad de los mercados y los mercaderes, e incitar a los países vecinos a que hagan lo mismo sin que te pasen factura. Sin embargo, fuiste el primero en hacerlo y sembraste la semilla que poco a poco ha ido creciendo en América, y hoy esa parte del continente es más libre, más independiente y menos pobre de lo que lo ha sido en su historia, mucho más que cuando los yanquis y los europeos eran dueños y señores, mucho más que cuando los parientes de Capriles y su Santa Compaña de hombrecillos vestidos de Armani tenían aquel inmenso trozo del planeta convertido en una colonia imperial dónde todas las perversiones y depravaciones tenían cabida. Entonces vosotros erais los “PIGS”.

Desde una Europa en plena decadencia por decisión de políticos de medio pelo cortoplacistas que descreen en los valores esenciales de la democracia; desde la España neofranquista e indolente, sometida como un pelele –como vosotros hace unos años- a la dictadura del FMI, Alemania y su BCE, desde este viejo y sufrido país que no es más viejo ni más sufrido que el tuyo, surge un grito que un día escribiera uno de nuestros más grandes poetas y que hoy te dedico: “Yunques sonad, enmudeced campanas”.


Chávez, ¿Por quién doblan las campanas?