viernes 06.12.2019

Alicante: AVE que vuela a la cazuela

Desde el principio de los tiempos, el nacimiento del ferrocarril en España estuvo ligado a intereses bastardos propios de un país que ha siglos vive apartado...

Desde el principio de los tiempos, el nacimiento del ferrocarril en España estuvo ligado a intereses bastardos propios de un país que ha siglos vive apartado –con pequeños periodos excepcionales- de lo racional y justo. La construcción del ferrocarril en España se hizo con capital francés y sirvió para potenciar la industrialización de dos áreas del país, Euskadi y Cataluña, cuyas burguesías estarían siempre al servicio de la monarquía borbónica como signo de inquebrantable agradecimiento. Poco importaba que las líneas estuviesen bien o mal diseñadas, que fuesen eficaces, que sirviesen para vertebrar al país, para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, interesaba el negocio, primero el de los inversores franceses y sus delegados de aquí, luego el de los arrimados a los partidos del turno pacífico en el poder. Cuando el ferrocarril, por su pésimo diseño, comenzó a ser deficitario –al poco de construirse las primeras líneas de largo recorrido- los inversores extranjeros y patrios llamaron a los gobiernos de la Restauración, haciéndose cargo el Estado de las trampas y del servicio, proceso que culminaría con la fundación de RENFE el 21 de enero de 1941. Es verdad que ni la orografía española ni la capacidad financiera del Erario daban facilidades, pero ya en 1850 se sabía que las redes ferroviarias tenían que ser, a la vez, radiales y concéntricas, siguiendo el modelo que se estaba construyendo al otro lado de los Pirineos. Imperaron las prisas porque mandó el negocio, y sin prisas los negocios son menos, de modo que la mitad sur del país y el Este y el Oeste quedaron casi incomunicados. Hoy sigue siendo una aventura viajar en tren desde Alicante, por ejemplo, a Cáceres, o desde Murcia a Granada.

Dicho esto, he de afirmar que soy un ferviente partidario del ferrocarril, que para mí el tren es el medio más racional de comunicación de cuantos el hombre ha creado, que si se hubiesen seguido construyendo líneas ferroviarias hasta nuestros días, el automóvil habría quedado relegado al papel que de verdad le corresponde, las pequeñas distancias, que los daños causados, de ese modo, al medio ambiente habrían sido infinitamente menores. También, pese a las muchas críticas en contra, defiendo la Alta Velocidad Española (AVE), primero porque es una apuesta de futuro que si se hace sin prisas y con el debido talento facilitará la movilidad de personas y mercancías por todo el Estado y por Europa, segundo porque es la mayor inversión que este país ha realizado hasta la fecha en I+D+i, y sólo faltaba ahora que también la tirásemos a la basura, como tantas veces hemos hecho. Dicho lo cual, cabe preguntarse si no habría sido mucho más lógico optimizar las vías ya existentes implantando dos carriles y el ancho europeo, y dejando la nueva construcción sólo para aquellos puntos negros insalvables en su antiguo trazado y para la ampliación de la red.

Como hemos dicho, las prisas sólo son buenas para quienes quieren negocio rápido y rentas políticas espurias, cosas que normalmente concurren en un limitado y conocido grupo de personas muy ligadas al poder. Lo primero, como en todo, habría sido elaborar una planificación general que respondiese a las necesidades del país, pero aquí la palabra planificación huele a roja, y se prefiere otra mucho más del terreno, más castiza, la improvisación, porque da mucho juego y más rentas a corto plazo. Sirva como ejemplo lo sucedido en el AVE Barcelona-Madrid y su parada fantasma en Yebes, territorio de la Condesa consorte de Murillo, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, que me perdone Don Jaime y que el maestro Gil de Biedma perdone a Dios por tan inmerecido castigo… Sin embargo, el colmo de los colmos está sucediendo ahora mismo en Alicante, ciudad destrozada durante el franquismo, que se repuso parcialmente durante los primeros años de democracia y que de nuevo sufre los rigores destructivos de los gobiernos municipales, autonómicos y estatales.

El ferrocarril llegó a Alicante en 1858 para regocijo de los habitantes de una ciudad que comenzaba a vivir un periodo esplendoroso al calor de las exportaciones de vino a Europa. La ciudad creció y creció de forma anárquica a ambos lados de la vía, especialmente a partir de 1965, quedando la mayor parte de ella dividida en dos por esa barrera amurallada e infranqueable. Cuando se aprobó la llegada del AVE a la ciudad, partidos y asociaciones ciudadanas pidieron que se aprovechase la inversión para acabar con esa fractura construyendo un gran parque central –del que carece todavía la ciudad- en los terrenos que se liberasen. Habría bastado para ello que retranqueasen la estación mil metros y se habría dado el mayor avance urbanístico de Alicante desde que el arquitecto Guardiola Picó planeó su ensanche a finales del siglo XIX con una inversión mucho menor que la actual. No ha sido así sino todo lo contrario. Los poderes han decidido construir una estación de hojalata, la más fea y cutre de Europa sin ningún género de dudas, en el lugar que deberían ocupar los árboles, prometiendo que en un futuro indefinido se soterrarán las vías. El coste de la construcción de esa bochornosa estación y su posterior soterramiento, en tiempos en los que no hay para lo más esencial, es disparatado y no sólo no contribuye a solucionar los problemas urbanísticos gravísimos que padece esa parte de la ciudad, sino que los agrava, probablemente, ad eternum. En cuanto a la alta velocidad, dado que nuestros amos y señores tienen muchas ganas de inaugurar algo, lo que sea y como sea, no llegará hasta 2014 aunque tanto la estación como las nuevas vías se inaugurarán por el Partido Popular a finales de junio de este año. Entre tanto, los trenes seguirán circulando a una velocidad un poco mayor que los actuales, reduciendo la duración del viaje a Madrid en solo media hora, el tren Alicante-Murcia continuará tardando una hora y veinte minutos para cubrir 80 kilómetros y el dinero que no tenemos se habrá tirado al cubo de la basura y a los bolsillos de quienes todos sabemos y conocemos. ¿Parques? Ni el de bomberos, aquí lo que hace falta es hormigón, chapa y pintura. ¿Vergüenza? Era verde y se la comió un burro.

La falta de ética que caracteriza a la mayoría de nuestros gobernantes es similar a su gusto ramplón, a una concepción estética de la vida similar a la que tenía Millán Astray, de tal manera que sería preferible que no hiciesen absolutamente nada a  perpetrar disparates como este atentado a la razón, al buen gusto y al interés general.

Alicante: AVE que vuela a la cazuela