domingo 05.04.2020

¡Es la iglesia, estúpido!

Hace ya unos lustros que Clinton (Bill) utilizó una expresión similar para identificar el centro de la preocupación de las posiciones progresistas en USA (¡Es la economía, estúpido!).

Hace ya unos lustros que Clinton (Bill) utilizó una expresión similar para identificar el centro de la preocupación de las posiciones progresistas en USA (¡Es la economía, estúpido!). Mientras los problemas en la política exterior y los derivados de la reordenación mundial en la etapa pos guerra fría habían dominado las agendas políticas y el corazón de los debates electorales hasta ese momento, Bill Clinton provoca un giro al tomar el timón de la política demócrata en EEUU.

Percibe que el fondo oculto de la lucha política determinante no se encuentra en los detalles sobre si debe o no intervenirse en Yugoslavia, influir en el desarrollo del nuevo estado Ruso o asumir la tutela de Africa. Sostiene que, aunque su país debe fijar posiciones en estas materias, algo que todo gobierno habrá de hacer por la condición de potencia hegemónica, considera que es en la esfera económica donde se encuentra el espacio de las diferencias entre republicanos y demócratas. Que es en la generación de políticas de crecimiento, el rediseño del sistema fiscal y en la generación de instituciones económicas sociales compensatorias a la inercia de los mercados donde van a fijarse las diferencias entre el progreso y la resistencia conservadora.

Pues bien, en España en la actualidad, nos encontramos en una tesitura similar. Es obvio que se mantiene el conflicto latente entre las fuerzas de progreso y las reaccionarias conservadoras, y es igualmente patente que, mientras la conducta conservadora ha cristalizado en torno a un proyecto político con gobierno incluido, las fuerzas del progreso aún no han encontrado el vehiculo de la expresión más acertada para focalizar la lucha entre las fuerzas antagónicas de trayectoria histórica.

¡Es la Iglesia, estúpido! No son los mercados, ni los arrebatos autoritarios lo que el progreso debe combatir. Ambos no son sino consecuencias resultantes y actitudes aplicadas por la estrategia eclesial en su indisimulado apetito por liderar la vida social. Y si, por razones de decoro no van a hacerlo desde el púlpito, sí lo están consiguiendo de manera diferida a través del movimiento político de la derecha más nostálgica de los tiempos del dictador. Pero es la Iglesia quien aporta todo el arsenal de combate ideológico y el proyecto a medio plazo que el partido popular es incapaz de escribir.

Tras el emborronamiento de las estructuras del estado, acusándolas de ineficientes, derrochadoras y suplantadoras de las sacrosantas libertades individuales, yo percibo la presencia de la iglesia y su fobia a admitir la existencia de cualquier otro cuerpo orgánico que no sea el mitrado.

Tras el vaciado regulatorio que de la normas de conducta en los mercado han extirpado los practicantes del neoliberalismo, yo intuyo la vocación de la Iglesia por lo inexistente como sustrato de lo mítico. Si el ser neoliberal consigue vaciar el entramado social que regula las relaciones comerciales y financieras entre personas en el ejercicio de la conducta económica, los designios inescrutables de la providencia, la liturgia de la piedad y la práctica de la caridad cristiana está pronta a cubrir ese agujero negro,

Tras el ataque a los derechos de las minorías étnicas, de género o sexuales, yo percibo el aroma homogeneizador del canon machista eclesial. Aunque hemos de ser justos, hablando en puridad en materia de derechos, la iglesia si admite una aceptación de lo excepcional: el derecho canónico, al margen del derecho civil y penal que ampara cuantas tropelías puedan cometerse bajo la pródiga mirada de prelados y monseñores.

Porque si es cierto que la iglesia mantiene intereses espurios en educación y en sanidad, (no te cuento en lo relacionado con el cuidado de mayores, lo que antes se conocía como cuarto bastión del estado del bienestar en forma de servicios relacionados con la asistencia a personas en situación de dependencia), la iglesia cambiaría (¿?) todo beneficio obtenido del mercadeo en educación, sanidad y mayores a condición de mantener y reservarse el privilegio de interpretar qué es la verdad y dónde se encuentra (educación), cómo y cuando hemos de enfrentarnos a nuestras deficiencias orgánicas (sanidad), y de qué forma hemos de abordar nuestros últimos días en este mundo (dependencia). Porque en todas estas cuestiones, cuando no interviene el estado, si dejan al ser humano desprotegido ante la mítica de la iglesia y su apelación a la resignación transitoria en favor del hecho consumado de que “nosotros” la iglesia tenemos la respuesta, y ya estábamos aquí hace dos mil años.

Lo digo desde la más profunda convicción, ¡es la iglesia, estúpido! Tan convencido que desde aquí clamo (y creo que en nombre de miles) que sólo otorgaré mi voto a la formación política que en su primer punto programático propugne la cancelación del concordato del estado español con la santa sede y se esfuerce por reintegrar al patrimonio nacional todo aquello que ha sido usurpado arteramente por un acuerdo vergonzoso para un estado formalmente laico.

¡Es la iglesia, estúpido!
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