viernes 13.12.2019

Pasó el otoño

Este otoño nos dejó días espléndidos de sol, con una temperatura impropia para esas alturas del año.

Este otoño nos dejó días espléndidos de sol, con una temperatura impropia para esas alturas del año. El verano de San Martiño, en este caso, fue una realidad. Los días que vamos a la aldea, para acompañar a nuestros mayores en esta última etapa de la vida, siempre aprovecho para caminar por la orilla del río. En mi pueblo hay, al lado del río Alvariño, un hermoso paseo que, cuando abre el día, permite disfrutar en soledad del ruido de las aguas en su descenso lento hacia el mar, del canto de los pájaros que celebran el nuevo día, de las pinturas impresionistas que forman los árboles con sus múltiples tonalidades de esa estación decadente.

El río que menciono tiene dos tramos. En su parte más alta, en su paso por Nantón hasta llegar a Cobas (ayuntamiento de A Baña, PP) el río está abandonado. Las fincas cubiertas de maleza y los montes sin cuidar que crecieron hacia el río, cegaron toda posibilidades de acceder a su orilla. La balsa del río, donde nos bañábamos de niños e intentábamos aprender a nadar, es ahora totalmente inaccesible. La parte más baja del río Alvariño, -cuando amansa sus aguas y se junta con el río de Barcala para buscar su fin en el Tambre- (ayuntamiento de Negreira, PSG) tiene su entorno cuidado y limpio, y el paseo fluvial ofrece la posibilidad de una hermosa imagescaminata en contacto directo con la naturaleza.

Una mañana de sábado, con la primera luz del día, fuí a pasear por la orilla del rio. Era un día hermoso de otoño, seco y ventoso. De vez en cuando un golpe de viento hacía caer, de repente, miles de hojas de los árboles, como gotas de agua en una cascada. El río bajaba majestuoso, con mucha agua. En un rincón de este camino alguien plantó un souto de castaños nuevos, todos ellos perfectamente alineados. En el suelo había muchos ourizos, algunos abiertos, otros con la castaña todavía dentro.

Me detuve para hacer una fotografía. El intento inútil de detener el tiempo, de guardar el instante y hacerlo eterno en una imagen. En esas estaba cuando vi acercarse un hombre mayor, con la cabeza completamente blanca. Pasó al lado, con paso ágil, y saludó con cortesía: “Buenos días”. Hubo en su mirada una luz de reconocimiento, pero continuó su camino. Yo también quedé pensando, y me giré para ver cómo se perdía en la lejanía, en un recodo del camino. De pronto supe quién era: Pepe do Francés, un amigo de la infancia, compañero en la escuela y en los juegos infantiles, cuando intentábamos aprender a jugar al fútbol haciendo regates alrededor de los robles del campo de la feria. Puede que hayan pasado unos cincuenta años desde que no nos vemos. La vida nos llevó por caminos diferentes. Pero reconocí sus gestos, la expresión de la cara, la forma de andar. Aquí estaba, el mismo niño, tantos años después.

Quedé con pena por no saludarlo. Estoy seguro que él también me reconoció. Pero continuó el camino sin parar, como el río que baja, lento y dócil, en busca de su final; como nuestras propias vidas, que también viajan, sin detenerse, hacia el destino inexorable.

Pasó el otoño