viernes 10.07.2020

No estábamos preparados para esto

No estábamos preparados para  esto. No estaba escrito en ningún guión. Hace poco más de un mes éramos libres y no los sabíamos valorar. Había científicos intentando frenar el  acortamiento de los telómeros para prolongar la vida humana cada vez más. Todo parecía posible, incluso conseguir la inmortalidad. De repente, un virus, el Covid19, un elemento minúsculo, un trozo de  ARN envuelto por una cápsula (que para vivir y reproducirse necesita  parasitar células animales o humanas), se extiende por todo el planeta provocando una pandemia que puede causar millones de infectados y miles de muertes. De repente nos damos cuenta de nuestra fragilidad, de la posibilidad de volver a tiempos remotos, cuando la humanidad era atacada periódicamente por infecciones masivas que provocaban más mortandad que las guerras.

Hubo alertas sanitarias en los últimos años (la gripe aviar, la gripe A, el  SARS, el  MERS) que provocaron un impacto localizado, con gran número de infectados y muchos fallecimientos, pero que, por diversas razones, no llegaron a provocar esta afectación global, que tiene a todo el planeta dominado por el pánico y a gran parte de la población recluida en sus domicilios para frenar una diseminación que podría producir una  mortalidad masiva, semejante a la que provocó la gripe a comienzos del siglo XX. En este caso se dieron todas las condiciones (un virus altamente contagioso, un período de incubación corto, una elevada movilidad de la población por todo el planeta que favorece los  contagios, la ausencia de inmunidad personal y comunitaria, etc.) para producir un impacto global tan intenso como inesperado.

El Sistema Nacional de Salud (SNS), a raíz de la crisis económica de 2008, fue atacado por los recortes: en toda España rebajaron de manera alarmante la dotación presupuestaria, el personal sanitario y el número de camas hospitalarias. Además, en las últimas décadas, hubo una orientación de la sanidad hacia las dolencias crónicas y los problemas derivados del envejecimiento y el aumento de la dependencia. No hubo actuaciones orientadas a la aparición y abordaje de nuevas dolencias infecto-contagiosas y no había un plan de actuación ante la aparición de una pandemia como la presente. De  ahí que la respuesta a esta situación explosiva fuera tardía, improvisada y  descoordinada. No había una estrategia diseñada ni medios para actuar. El SNS hace lo que puede, con los medios que tiene (mientras los hospitales privados permanecen infrautilizados), y los profesionales (expuestos y contagiados en muchos casos) están haciendo un enorme esfuerzo para frenar los  contagios y tratar a los enfermos.

Esta crisis sanitaria está provocando efectos notables en la vida y en la salud de las personas. La orientación del sistema para atender a los afectados hace que otras dolencias (que siguen ahí) reciban menor atención y con mayor demora. El  confinamiento prolongado está provocando problemas físicos en las personas con procesos crónicos o movilidad limitada, y afectación psicológica, mayor o menor, en todos los que padecemos el encierro. Cuando todo esto llegue a su fin habrá que pagar las deudas, que van a ser muy elevadas (y esperemos que no nos toque pagar a los mismos de siempre) y después habrá que sacar conclusiones para el futuro. Cuando el pico de la pandemia comience a descender se irán eliminando las medidas de  confinamente domiciliario. Volveremos, poco a poco, a recuperar espacios de libertad. Pero ya nada volverá a ser como antes. Esta crisis va a afectar a nuestras relaciones como seres humanos, a nuestra forma de vivir, y también provocará cambios en los sistemas sanitarios que tendrán que adoptar medidas para que en el futuro una situación semejante pueda ser atajada con mayor celeridad y acierto.

No estábamos preparados para esto