lunes 13.07.2020

El viejo y la montaña

Hace poco vi un reportaje de Marcel Remy que a los 96 años sigue escalando en rocódromo. A los 94 hizo la vía Miroir L’Argentin (una pared de450 metros, 12 largos de Vº en los Alpes)

Justamente fue durante los días en que la pandemia estaba arrasando con un par de generaciones: la de Remy y parte de la siguiente; y pensaba que tenían ante sí una pendiente más peligrosa que la de L´Argentine. El riesgo de contagio, la escalada y la desescalada  que tenían que recorrer sin la equipación imprescindible para acometerlas. No voy a insistir en que es en las bajadas cuando se producen más accidentes, porque ya se ha dicho recientemente en este mismo medio por algún compañero.  

viejoMORIRÁN DE FORMA INDIGNA, es la frase que dirigió el Consejero de Asuntos Sociales de Madrid al de Sanidad ante la orden de no enviar al hospital a los mayores en residencias que estuvieran en las circunstancias más frágiles y que se hizo extensivo, en la práctica, para los que estaban en parecida situación en domicilios particulares.

El debate lo sitúan en la carencia de camas hospitalarias, consecuencia de la precariedad a la que han sometido al sistema sanitario y han aplicado lo de la canción que popularizó el Gran Combo: No hay camas pa tanta gente. ¡Abuela!: ¡a la calle! Pero el asunto es aun más grave porque,  en demasiados casos, tampoco se les atendió con cuidados paliativos in situ. Faltó atención para que al menos no hubiera sufrimiento. Y cuando la hubo fue gracias al sobreesfuerzo del compromiso personal de sanitarios y cuidadores –por cierto, mujeres en su mayoría por más que emplee el genérico−en medio del abandono por parte de la Administración. Muerte indigna para personas de una generación muy digna.

Cosa distinta es el debate de que los médicos estaban excluyendo de los ingresos a las UCIS a quienes tenían unas determinadas condiciones −que fueron fluctuantes en función de la disponibilidad de respiradores y unidades−. Numerosos tertulianos y politólogos ponen el grito en el cielo. Quedé pensando en el cinismo que tenemos en esta sociedad. Nos rasgamos las vestiduras porque los médicos tengan que priorizar a unos sobre otros en razón de sus expectativas de recuperación y esperanza de vida y valorar la complicada clasificación y equilibrio entre utilitarismo e igualitarismo de la llamada triada –Vaya palabreja y sobre todo ¡menudo concepto! No quisiera estar en sus pellejos, bastante tienen con llevar ese peso  incrementado con la amenaza añadida de demandas judiciales –que ya han empezado a caer y en las que más de un juez pueda encontrar causa provisto del soporte del informe pericial convenientemente aliñado−. Farisea indignación mientras que  durante años se desmontaba una parte del sistema sanitario público con el silencio de los corderos como fondo. Y no se ha hecho pasando desapercibido, las mareas lo denunciaron hasta la saciedad y diversas organizaciones sanitarias lo siguen haciendo a fecha de hoy con movilizaciones cada vez más amplias.    

Esa misma sociedad  ofendida es la misma que acepta el aparcamiento de los ancianos olvidándose de la calidad de su atención. Mucho aparente enojo porque no prioricen para enchufarles los tubos, pero nada para que, antes de llegar a eso, durante los años en que las personas mayores puedan disfrutar de calidad de vida se dote de medios. La situación de las Residencias es sistémica y estructural, la pandemia ha sido la eclosión de un volcán siempre a punto de estallar. Resulta ineludible el salto cualitativo que tienen que dar estos centros para que las personas gocen de dignidad y decoro.    

Es obvio que llegada la edad del alpinista Remy lo infrecuente es su caso y lo habitual estar en situaciones de mayor o menor grado de dependencia. Pero hechos como el suyo −o, si queremos citar a un coterráneo, el de Carlos Soria que con 81 años lleva –de momento− 12 cimas de los catorce ocho miles y ¡atención!: conseguidas con más de sesenta años− nos aportan algo que va más allá de  la satisfacción personal para él y una expectativa esperanzadora para los demás que nos enseña que no hay límite para vivir nuestras ilusiones.

Desde luego son experiencias para investigar ya que pueden servir para conocer comportamientos e incluso aspectos físicos extrapolables no ya para vivir más sino para vivir mejor pero ¿qué más conclusiones? ¡Ah!, sí, ¡claro! Resulta que una sociedad con una esperanza de vida alta tiene que ver con la sostenibilidad de las pensiones. Sí, sí, también nos pueden explicar a partir de eso, como tantas veces hacen, que 2+2 suman 4. Como si la sostenibilidad de las pensiones fuera una cuenta estanca que nada tuviera que ver con la distribución de impuestos y con los vasos comunicantes del sistema presupuestario, ni con la fuga de capitales o la tributación de multinacionales que como Netflix, por poner un caso, haya pagado de impuestos en 2018, en España, 3.146 euros. Sí, no se me olvida ningún cero ¿Cuánto pagó usted sufrido lector? Ya sabemos que suman cuatro, que no nos lo repitan por favor.

Cuando se habla de los viejos −y permítanme que no me ande con eufemismos de “terceras” y “cuartas” edades  ya que, estando en una proba edad, puedo calificarme a mí mismo como me parezca−, nos explican, el Presidente del Banco de España, Felipe González, la patronal, las derechas  y otros que saben sumar, que no salen las cuentas y que antes se vivía menos. Presentan así a este sector como parásito social. Pocas veces se analiza qué se aporta a la sociedad. Nos olvidamos de que ese segmento de población retribuye a la sociedad de múltiples maneras. En esa franja de edad en la que el estado físico y anímico posibilita, además de subir montañas en algún caso, el voluntariado, creatividad, cultura y, sin género de dudas, algo sin lo cual no funcionaria el sistema tal como está configurado: el cuidado de los nietos y también el cuidado de los que nos preceden. Tengo un amigo que dice que somos una sociedad en la que los viejos tenemos que cuidar de los ancianos, lleva razón. ¿Qué pasaría sin esa atención a los ascendientes que con frecuencia recae en hijos jubilados pero que aún pueden con ello?

 Es una energía social, la de ese segmento que, encauzada, aportaría a la sociedad aún más. Ya sabemos que eso no lo cuentan, solo vale lo que da plusvalías. Lo demás tiene la consideración de inútil, pero sin ese brío hay réditos que no existirían. Se necesitan mecanismos organizados precisamente para encauzar ese potencial que posibilita la expectativa de vida más prolongada que a principios del siglo XX. Lo grave es que todo lo que se les ocurra sea disminuir los importe de las pensiones o alargar la edad de jubilación, ¡en un mercado en el que incluso los jóvenes no encuentran empleo!, en vez de contemplarlo como una fuerza que antes no existía y aprovecharlo como una oportunidad social porque la mujer y el hombre, incluso de viejos, somos seres sociales.

Ese es un reto, el otro, la gran tarea en lo inmediato, materializar en lo presupuestario la ley de la dependencia y una ley para una muerte digna que no puede ser aplazada por más tiempo, máxime tras este periodo en el que hemos visto que los mismos que se oponen a ella no tienen pudor para firmar órdenes e instrucciones denegando el auxilio en los momentos más críticos. Es una obligación para los poderes públicos que cuando ya nada se espera personalmente exaltante, que decía Celaya, cuando el deterioro sea importante, se pueda contar con atenciones, higiene y compañía. Finalmente, cuidados paliativos y, para quién así lo haya dispuesto, pueda morir dignamente acogido a la imprescindible  Ley de Eutanasia.

Pablo Fernández-Miranda.

El viejo y la montaña