miércoles 17.07.2019

Mi padre cuidaba a Franco en el Pazo de Meirás

 “Veña, Ramonciño, vamos a ver ao teu pai, que está coidando de Franco, no Pazo de Meirás

Dicho y hecho, así era mi madre, siempre caminaba por delante de aquello que programaba. Al estar pasando unos días en Arteixo, en Figueiroa, en casa de mi aboa María y mis tíos Antonia y Antonio, con ellos quedaron mis hermanas Purita y Lila. Marina todavía no era ni proyecto y José Luís ya sólo era un triste recuerdo anclado en la pared del salón de nuestra casa en Ponteceso, lugar donde vivíamos.

Salimos de Figueiroa muy temprano y a paso ligero, el habitual de mami, llegamos pronto al cruce de Arteixo, a poco más de 1 km, allí aguardamos al trolebús que vendría de Carballo y que nos llevó hasta Coruña, cerca de la calle Juan Flores. Desde allí continuamos la marcha, sin abandonar las bolsas que llevaba, pipiretes para papi, el bolso de presumir y su hijo, un servidor, que ya comenzaba a estar fatigado y acalorado -la fatiga con forma de asma me acompañó durante mis primeros siete años de no vida, como si de las 7 plagas se tratase-.

Continuemos con el relato, o la Señora Marina, mami, nos deja atrás…

Desde la Estación de trolebuses fuimos caminando hasta el puerto, al lado del Club Náutico…, a poco más de un Kilómetro y ya iban dos, toda una maratón para este pequeño asmático. Llegamos a tiempo de aguardar por la lancha de pasajeros que hacía el trayecto, desde el puerto de Coruña, al embarcadero de Santa Cruz de Mera. Tiempo de espera ocupado entre recuperar el resuello, secarme el sudoroso pelo, estaba empapado, y peinarme con los dedos la perrera que lucía en la frente, estilo años cincuenta.

No tardó en llegar la lancha que nos llevaría a destino. Era poco más que una chalupa, al instante, abarrotada de veraneantes en destino a playas de arena fina, situadas enfrente a esta Coruña. Esto iba de mal en peor, no sólo tenía calor, estaba sudando, con respiración agitada, si no que, para completar el cuadro, entré en pánico, ante la certeza de que esa cáscara de nuez, con forma de lancha, con seguridad, se iría a pique…, con decirles que nos salpicaba a todos, la espuma que se formaba ante el avance de la proa, partiendo en dos la superficie marina. Debo reconocer que siempre he sido de tierra firme, pero con vistas al mar…

El trayecto duró poco más de treinta minutos, me parecieron eternos. Saltamos al embarcadero, es un decir…, y al estar en tierra firme sentí el mareo típico de quien pasa del equilibrio en forma de balanceo a situación estática -aunque eso lo supe años más tarde-.

Vamos Ramonciño, que ainda queda moito camino por andar

Chchchch…me negué en rotundo, acompañado de sollozos, que siempre ayudan a ser más convincente. No estaba dispuesto a dar ni un paso más. Estaba al borde del colapso. O papi se acercaba al muelle, o ya lo vería otro día.

Veña, Ramonciño, que papi non pode vir aquí, está coidando de Franco” 

Entre ese “tío” y yo comenzaba a haber algo personal. No solamente vivía en un Pazo, en el quinto pino, sino que mi padre tenía que cuidarlo, ni que fuese un crío de 6 años el dichoso Paquito…

La solución, como no, vino por parte de mami…

Veña, vamos, que eres un jalupín…”

Sin más, por menos, me puso sobre sus hombros, a caballito. Jejeje, esto ya era otra cosa. En grada elevada y con vistas al horizonte….

Mami comenzó la caminata, con sus brazos colmatados de bolsas y bolsos, por lo que no podía cuidar del equilibrio del hijo que llevaba encima, sobre sus hombros.

No te preocupes, mami, me agarro a tus pelos, así no me caigo…”

No me negarán que yo colaboraba en la seguridad del pateo…

Más de una hora de caminata y no dábamos llegado. El calor apretaba y aquello comenzaba a no ser divertido…

Pude observar, extrañado, a lo largo de todo el trayecto, que había Guardias Civiles a ambos lados de la carretera, a cierta distancia el uno del siguiente, que miraban a no sé qué, o a no sé quién, pero de espaldas a la carretera. De pronto llegamos a un punto en el que una valla nos impedía el paso. La carretera continuaba, pero no para nosotros. Por cierto, allá a lo lejos, a mano izquierda, se veía un castillo de piedra…

Resultó ser que aquel castillo era el Pazo de Meirás, la residencia de verano del tal Franco, al que mi padre y miles de guardias civiles cuidaban con militar dedicación.

Pensé, para mí –ya saben, lo que se hace cuando se piensa en silencio-: “Algo malo habrá hecho este tío, cuando tiene que cuidarlo tanta gente”.

Mi madre, mami, preguntó por mi padre, papi… Uno de los señores que protegían la valla, nos dijo que lo avisarían. Que no nos moviésemos de allí…, vaya con la valla.

Poco tiempo mas tarde, allá a lo lejos vi venir a papi, también a paso ligero, pero lo suyo era por profesión. Ni siquiera me dejaron ir corriendo a su encuentro, típica escena padre-hijo, no podía sobrepasar la p valla…

Llegó a nuestro encuentro, su sonrisa se mezclaba con el sudor, socorrido por un pañuelo que solía acompañarle. Me abrazó, como se abraza a un hijo, me sonrió y me frotó el peluquín que llevaba por perrera.

¡Estate quieto papiii! ¡No me despeines la perrera….!

Saludó, cortésmente, a mami… ¡qué sosería! -por aquellos tiempos, la moral y las costumbres eran estrechas-  Intercambiaron sonrisas de complicidad, que yo no entendí. Nos apartamos a un lateral de la carretera, del lado exterior de la dichosa valla y tomamos asiento en un césped muy cuidado, que adornaba los laterales de las cunetas de aquella carretera con destino al Pazo de Meirás.

Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que no habrían transcurrido más de treinta minutos, cuando un Guardia Civil vino a avisar a mi padre. Le indicó que tenía que relevar a un compañero.

Colorín, colorado, la sentada se había terminado… ¡Tremenda expedición, para tan corta visita…!

El viaje de vuelta fue más pausado y triste, incluso creí adivinar alguna lágrima en el rostro de mami, aunque no lo puedo asegurar… Allá al anochecer, llegamos a Figueiroa, nos esperaban mis hermanas, mis tíos y primos, además de la aboa María.

Mami poco comentó a la familia sobre el viaje al Pazo de Meirás, su tristeza era evidente y mi cansancio, agotador…

Fueron pasando los años y, como cada verano, miles de Guardia Civiles se desplazaban a Galicia para custodiar al Caudillo. El club de Golf de la Zapateira se cerraba a cal y canto, para que Franco jugase con un palo, una pelota y un agujero. Las aguas costeras permanecían en estado de sitio, cuando ese Caudillo salía a bordo del Yate Azor, a la búsqueda de grandes peces, que se presentaban voluntarios para ser capturados por el Caudillo de España. Las truchas de los ríos gallegos se volvían gentiles, al percatarse de su presencia.

A finales de agosto, durante muchos agostos, terminaban las fiestas de A Coruña, en la Plaza de María Pita, con la presencia de Francisco Franco y Carmen Polo, alias Carmen Collares, saludando desde la terraza del Ayuntamiento, con la mano floja, al gentío que abarrotaba la Plaza, al grito unánime de Franco, Franco, Franco

Y digo yo ¿Si tanto le querían, porqué tantos lo protegían…?

¡Qué obscenidad!

Por supuesto, ya se habrán percatado que papi, mi padre, era Guardia Civil, a tiempo parcial; mi querido padre, a tiempo completo.

No tengo pensado ocupar ni seis líneas sobre el destino o la titularidad de aquel Pazo de Meirás. La Historia nos está juzgando, nos juzgará por las infamias cometidas. Por la cobardía mostrada. Somos indignos, por ser el único país de Europa que mantiene los gestos y los símbolos de una Dictadura.

Parecerse a lo que somos, a veces, es tan frustrante como ser aquello que parecemos.

Mi padre cuidaba a Franco en el Pazo de Meirás