25 de abril. Portugal… ¿Por qué te quiero tanto?

Los manifestantes comenzaron a zarandear mi coche,al comprobar que tenía matrícula de Madrid, al tiempo que coreaban: “ESPAÑA, DICTADURA…” -o algo similar-,  no estaba yo para coros, sólo puse cara de no haber roto nunca un plato, lo suficiente como para que comprobasen que yo no era un peligro para su Revolución. ¡Solo a mi se me pudo ocurrir atravesar la Avenida dos Aliados,la plaza más emblemática de Porto, conduciendo mi viejo Seat 1430, en medio de una manifestación de miles portuenses, que celebraban el primer aniversario de la Revolución de los Claveles, acaecida el 25 de Abril de 1974.              

 Efectivamente, había transcurrido un año del golpe militar a la Dictadura Salazarista, de más largo recorrido que, incluso, la franquista de los vecinos españoles. La Revolución tomó cuerpo a las 0.25 horas del 25 de Abril, al transmitir en Rádio Renascença, Grândola Vilamorena, canción revolucionaria, compuesta por José Afonso y prohibida por la dictadura. Aunque, en realidad, la asonada había comenzado a las 22.55 del día anterior, al emitirse “E depois do Adeus”.

Aparqué el coche en las cercanías da Praça  da Battalla, por encima de la Estación de Ferrocarriles, lejos del bullicio, no fuese que mi coche volviese a ser manteado…. Regresé a la Avenida dos Aliados, allí se encontraba la Pensao Paulista, donde me alojaría esa noche. Dejé las cosas en la pensión y regresé de inmediato a la manifestación que continuaba abarrotando la Avenida. Tenía una sana envídia por lo que allí estaba ocurriendo y me contagié del entusiasmo popular, coreando las consignas que se oían. Franco todavía no había atravesado la Milla Verde y la “piel de toro” marcaba el estertor de un Régimen en descomposición.

Aquellos días fueron inolvidables, surgieron amistades y Porto, Portugal quedó incrustado en mis venas para siempre.

25 abril portugal

-¿Voce tem um cigarro?

- Desculpe não tenho. Eu não fumo, nunca fumei.

Celeste Martins caminaba por Lisboa con un ramo de claveles bajo el brazo. No tenía tabaco que ofrecer al temeroso militar, a cambio, colocó un clavel rojo en el cañón del fusil que portaba el alzado.

Ese clavel y miles de ellos, enfundados en fusiles de libertad, dieron nombre a una Revolución y acabaron con una dictadura. La fortuna se alió con los portugueses y tan sólo murieron cuatro personas y unas decenas de heridos, a manos de la polícía política portuguesa, la PIDE, de cruel recuerdo entre los ciudadanos.

El entusiasmo se contagiaba, la algarabía del pueblo se había instalado en los labios. Se formaban corros improvisados charlando de tal o cual cosa. A pesar de todo, tras poco más de dos años, la realidad tiñó de gris el pais. La bancarrota se apoderó de una economía lastrada por unas colonias abandonadas a su suerte y más de medio millón de refugiados que retornaron a la metrópoli. La fuga de capitales tuvo efectos brutales sobre una población más empobrecida, si cabe. Recuerdo, amargamente, ser utilizado por una familia acomodada, padres de una amiga mía portuguesa, para evadir miles de escudos escondidos en mi coche. De retorno a Vigo, donde yo resídía, sin advertirmelo y con el riesgo que eso suponía al pasar la frontera portuguesa. Supuso el triste final de una amistad, con sabor a espuma de mar en a praia de Rodas..

Desde el aroma a historia de las piedras en la Fortaleza de Valença do Minho, al encanto del Café Imperial, de Porto, con gotas de cafeína saboreadas en vena.

Desde el ritmo pausado de los fados que sonorizaban la desembocadura del rio Douro, a los canales de Aveiro, con sus góndolas art decó y sus casetas de playa, estilo naif años 20.

Desde el encanto de la Librería Lello, cercana a la Torre dos Clérigos, en Porto -por cierto, varias escenas de Harry Potter se realizaron allí- una de las más bellas del mundo, al estremecimiento por entrar en la Biblioteca Joanina de la Universidad de Coímbra, una auténtica borrachera policromática del mejor estilo rococó; sin lugar a dudas, la mejor biblioteca barroca de Europa.

Desde las inmensas playas de Nazaré, con un recuerdo idílico de una Semana Santa conviviendo con una numerosa familia marinera, acompañando al padre de familia en la pesca nocturna diaria; un auténtico chute de relax, allá por los años 80...al bullicioso encanto de la La Praça do Comércio lisboeta, con el río Tejo a sus pies.

Desde o Ponte 25 de Abril, antes Salazar, a la Torre de Belém.

Desde las imágenes decadentes de un anacrónico Estoril, con recuerdos de exiliadas monarquías, al bello embrujo, entre gotas de niebla, de las gárgolas sobre los castillos de Sintra

Desde el inmenso placer de la gastronomía portuguesa, con el bacallau como referente mundial, a la estremecedora delicia de probar, a pares, las maravillosas tartaletas de crema, Pastéis de Belém, con los sentidos en huida libre al placer.

Aunque sin lugar a dudas, lo mejor de Portugal son sus gentes, de palabra firme y orgullosa de sus orígenes. Quizás la diferencia entre los vecinos ibéricos venga determinada entre una Revolución y una Falsa Transición. Los portugueses lo hicieron…

Muchos años han transcurrido desde aquel 25 de Abril del año 75. A lo largo de los años, una y cien veces me trasladé al país vecino, siendo uno más, mezclado entre sus paisajes.

La vida me ha llevado por rincónes lejanos, ahora resido muy al sur, al cobijo de un volcán en forma Roja, mi punto de partida, mi referente de llegada. Las visitas a Portugal se han espaciado en el tiempo, aunque nunca en el corazón. Volver a pisar tierras lusitanas es retornar en la memoria a tiempos presentes en el corazón, de recuerdos vividos, por muy lejanos que parezcan.

Al final de nuestros días, seremos recordados por quienes fuimos,  por donde nacimos, por donde nos hicimos y por donde quisimos. Ahora y siempre… Portugal ¿Por qué te quiero tánto? Instantes…