miércoles 2/12/20

Yihadismo: verdadero o falso

Un musulmán acaba de matar a tres jóvenes americanos de una misma familia en Carolina del Norte.  ¿A que no lo habéis creído?...


Todo lo relacionado con los musulmanes y el Islam informativamente hablando es de “barra libre”, todo está permitido ante un culto, una confesión y sobre todo una cultura que la profesan millones y millones de hombres y mujeres en los cinco continentes

Un musulmán acaba de matar a tres jóvenes americanos de una misma familia en Carolina del Norte.  ¿A que no lo habéis creído? Y no lo habéis creído porque si fuera verdad os habrías enterado inmediatamente por el revuelo mediático que hubiera generado una acción de esa naturaleza, cometida por musulmanes o por personas ligadas al islam.  Así de sencillo.

Sin embargo la noticia que quiero comentar, la auténtica noticia a la que aludo y sobre la que quiero llamar la atención, es el verdadero asesinato de tres jóvenes de una misma familia musulmana el pasado martes 10 de febrero en el Estado mencionado precedentemente. Algunos, muy pocos, sabrán de este abominable crimen, la cobertura dada por los medios de comunicación de masas difiere muchísimo de la que se suele aplicar a cualquier crimen o fechoría cometidos o presuntamente cometidos por musulmanes. Difiere en cantidad y en calidad. Difiere  en la densidad del seguimiento  y en  la infatigable insistencia, bombardeo mediático en muchos casos, a menudo falto de objetividad y lleno de imprecisiones, con escaso o nulo esfuerzo por contrastar las informaciones y las fuentes.

Todo lo relacionado con los musulmanes y el Islam informativamente hablando es de “barra libre”, todo está permitido ante un culto, una confesión y sobre todo una cultura que la profesan millones y millones de hombres y mujeres en los cinco continentes. El islam es ciertamente una religión pero no es homogénea, no es monolítica, ni es  un credo uniforme que se rige y se practica de igual manera en todos los lugares. Es obvia la diferencia entre el islam de Irán y de los países  asiáticos como Malasia o Indonesia, o más aún entre el Islam en los países del Golfo  y el de Senegal por ejemplo. De la misma manera que existe un islam progresista, aperturista y reformista existe, en contrapartida, un islam retrógrado, reaccionario y totalitario como, por ejemplo, el practicado en Arabia Saudí, la eterna amiga y protegida de Occidente.     

Esta constatación viene de lejos, de muy lejos, muchísimo antes de los atentados terroristas contra Charlie Hebdo y el supermercado judío, y hasta antes inclusive de los atentados del 11-S. El tratamiento mediático dado a estos terribles sucesos pone definitivamente de manifiesto una diferencia abismal entre la cobertura consagrada a conductas delictivas o criminales  antisemitas  y la que se ofrece a los crímenes contra seguidores del islam por muy graves que estos sean. Ni el Diccionario de la lengua de la Real Academia, ni el corrector ortográfico de google contemplan el término “islamofobia”. Es una palabra maldita para algunas culturas que obran como si la fobia contra el islam no formase parte de las lacras que asolan occidente y particularmente a Europa. 

Es de nuevo una prueba que viene a confirmar la existencia de dos varas de medir, corroborando el origen de las desgracias que se abaten contra todo lo relacionado con el Islam y lo musulmán, intentando reducirlos a un dogma asesino e incompatible con los valores humanos y de civilización, olvidando premeditadamente que la civilización musulmana fue durante siglos transmisora de valores y conocimientos, fue el faro que iluminó a la Europa de la postergación y la penumbra. Me estoy refiriendo al Ándalus. Los españoles saben mejor que nadie de lo que estoy hablando. Muchos años después de la “salida” de los musulmanes de la península siguen generando enormes dividendos con el legado que sobrevivió a la destrucción y al exterminio tras la expulsión. Ahí está la alhambra como uno de los monumentos más visitados del mundo, ahí está la mezquita de Córdoba que la iglesia tiene agarrada como se agarra un cabrito a la mama, ahí están los innumerables legados materiales y culturales que han conformado éste país.       

El flamante ministro del interior francés, de origen español para no alejarnos del guion,  tuvo que esperar hasta los atentados de Paris para reconocer y alertar sobre el “apartheid social, territorial y étnico” que padecen desde hace décadas los francés de “estirpe inferior” y llamó a “repensar  la ciudadanía”. A buenas horas.  Pero de los musulmanes,  del islam y de la galopante islamofobia ni una mención  a sabiendas de que la religión musulmana lleva instalada en Francia   desde el siglo octavo. A sabiendas de que existieron los años 20 y los años 30 y 40  hasta la primera gran diáspora a principios de los años 50 del siglo pasado desde los países de la metrópoli y ex colonias con Argelia, Marruecos y Túnez a la cabeza. He mencionado adrede las décadas de los años 20, 30, 40 y 50, donde miles  de soldados musulmanes de esas metrópolis participaron en las dos guerras mundiales y en la guerra de indochina y posteriormente en la reconstrucción de Europa. A esos musulmanes y a sus descendientes algo les debe Europa y mucho más  les debe Francia. Empezando por el reconocimiento agradecido a los que murieron luchando por Europa o contra los nazis.   

En 2005  en Francia, después de distintos episodios de violencia en los suburbios de grandes urbes, presidida por  actuaciones de la policía que solo entraba a esos barrios  para perseguir y  para reprimir, se encienden todas las alarmas. Posteriormente se confirman los peores temores y se ratifican por los estudios presentados por expertos.  Las autoridades estaban al tanto de la gravedad de la situación pero, como casi siempre, prefirieron mirar hacia otro lado. La clase política, todos dejaron de lado lo que consideraron un riesgo de pérdida de votos. Practicaron “la huida hacia adelante”,  buque insignia de sus estrategias políticas, porque lo que se pretendía y se pretende, es llegar o mantenerse  en el poder aunque sea a costa de la quiebra de los valores, de la convivencia y hasta de la viabilidad del propio sistema. Poco importa porque el fin es el que es y todo vale para conseguirlo o para conservarlo, y si se puede utilizar algún chivo expiatorio, mejor que mejor.  

La relegación, los guetos, el apartheid, la miseria social, las discriminaciones cotidianas, ser ostensiblemente ciudadanos de segunda, una tasa de pobreza tres veces más elevada que en el resto del territorio francés, una tasa de paro que duplica ampliamente la media, particularmente entre los jóvenes… Estas son algunas de  las conclusiones y de las descripciones que  llenaban  los cuatro rincones de los  informes y estudios presentados por todos los expertos y estudiosos de los brotes violentos  en los suburbios de las grandes urbes, llamando a los responsables que lo tomen en serio  y actúen de inmediato ante los derroteros por los que va deslizando la situación.

Sin embargo Sarkozy les llamó literalmente chusma y no les ha echado a pesar de sus más profundos  deseos porque son tan franceses como él. Pero entre todos, con actitudes similares, consiguieron que se sintiesen indeseables, los abocaron en algunos casos a la delincuencia y al crimen y ahora, algunos de ellos, se han transformado en terroristas despiadados.  

La dimensión del problema es grave, es enorme y  de difícil solución a corto y medio plazo, porque el  problema no es de “foráneos” o importado como decía el padre de la señora  Lepen del Frente Nacional o se sigue diciendo desde ciertos foros, el problema es interno y generado por las contradicciones propias de las sociedades europeas, la francesa en este caso. En ningún caso es un problema musulmán y de los musulmanes y de la falacia expandida sobre la incompatibilidad de la cultura musulmana con ciertos valores occidentales. Como si el nazismo y el fascismo no fueron un genuino producto occidental, o la inquisición no fuera un auténtico fruto del cristianismo.  

Hace pocas semanas me invitaron a participar en una mesa redonda que trataba sobre los nuevos movimientos políticos y sociales emergentes en España y su actitud ante la situación de la mujer, de los jóvenes y de la inmigración. Me tocó hablar de lo último. Mi constatación al respeto es de incredulidad porque el hecho migratorio igual que en otras formaciones políticas convencionales tanto de la derecha como de la izquierda sigue siendo ambigua, y en muchos casos esquiva que procura no abordar el asunto con la seriedad y el coraje político necesarios porque la presión electoral también hace mella y está dejando huella a la hora de abordar temas que se consideran factores de riesgo en cuanto a la hora de ir contando votos.

En la época de Aznar se cargaron las tintas contra los inmigrantes hasta convertirlos en el primer problema de los españoles en los índices de preocupación superando, nada menos que al terrorismo, cuando  aportaban de media al PIB y a la tasa de crecimiento más que los autóctonos. Sin embargo con la llegada de Zapatero y su política migratoria se invirtió la situación, con un proceso de regularización que benefició a más de 700 000 inmigrantes a pesar de los voceros de la caverna y los agüeros de mal fario que lo que buscaban era cargarle el muerto al otro y si es musulmán mejor que mejor. Digo esto último porque hasta en los índices de rechazo hay grados de discriminación, dentro de ese baremo estamos los latinoamericanos, los asiáticos, los africanos, los árabes y, cómo no, los morunos (marroquíes), por este orden. Pero nos queda una doble consolación, en ese baremo los gitanos ocupan el último lugar con la singularidad de que son españoles. A buen entendedor...

Yihadismo: verdadero o falso