lunes 13.07.2020

¡El silencio estremecedor!

Esta foto de un ventanal con rejas negras y con una cadena azul a ras de suelo está ubicada en el centro del centro de Madrid.

Esta foto de un ventanal con rejas negras y con una cadena azul a ras de suelo está ubicada en el centro del centro de Madrid. Exactamente en la calle Manuel de Fernández y González. Es más rejabien un pasaje que va desde la calle Príncipe hasta la calle Ventura Rodríguez, atravesando la calle Echegaray. Por arriba colinda con la Plaza de Santa Ana, con su teatro Español y su estatua de Federico García Lorca, y por abajo está cerca  del Ateneo de Madrid, del Congreso de los diputados, de la casa donde vivió Cervantes y de la iglesia donde  estaba hasta hace poco descansando en paz. También está cerca  de la  Real Academia de la Historia y, finalmente del despacho donde fueron asesinados los abogados laboralistas de Comisiones Obreras, los Abogados de Atocha.        

Hasta que el tiempo la resquebrajo, no hace mucho, enganchada a esa cadena azul había una mesa de playa. En ese callejón pasan a diario miles y miles de personas de todas las edades y de todos los colores. Entre los que pasan todos los días quizá alguno se haya dado cuenta del deterioro progresivo que padecía dicha mesa hasta que los barrenderos consiguieron librarla de la cadena para llevarla al vertedero. Y quizá de pronto hayan caído en la cuenta de que aquella mesa era de aquel menudito y desapercibido hombre que se ponía ahí todas las noches del año vendiendo tabaco, mecheros y papel de fumar. Siempre solo y siempre discreto, quizá porque sólo se ponía ahí de noche y quizá porque ese callejón suele ser muy  concurrido.

Llevo viviendo por esa zona desde hace veinte años, pero la frecuento desde hace treinta. La primera vez que estuve por ahí era en una concentración contra el brutal desmantelamiento del famoso mercado artesanal de la plaza de Santa Ana. Ahí estaba aquel marroquí vendiendo su tabaco no lejos de otro que vendía los pinchos morunos en la terraza del bar Viña P.

A raíz de ese desmantelamiento, el vendedor de pinchos desapareció del mapa y él se resguardó con su mesita de playa en el callejón hasta este verano. Se fue a pasar unos  días de descanso en su país con su gente pero ahí se quedó para siempre. ¡Que descanse en paz!

Murió en silencio con una vida ligada a un callejón, a una mesa y a una cadena, mientras el incesante reguero de inmigrantes y refugiados que huyen de la muerte y la desgracia continúa.  Y entretanto, la plegaria de Monseñor Cañizares que les pone otra vez en la diana. ¡Qué asco!

¡El silencio estremecedor!