Apuntes sobre Turquía, Portugal y Marruecos

Turquía es en la actualidad una potencia regional clave tanto para la Unión Europea como para el inestable Oriente Medio

El pasado 24 de junio Erdogan volvió a arrasar en las elecciones turcas, por lo cual los que le aborrecemos tendremos que aguantar sus trastadas, mientras los que le idolatran lo disfrutarán para mucho rato, si Dios o Allah no lo remedia. Parte de la culpa de ese éxito  la tienen los propios dirigentes europeos cuando negaron una y otra vez la entrada de Turquía en la Unión Europea, mientras se la ofrecían a países que no reunían todas las condiciones para serlo como es el caso de Polonia y Hungría. La tienen también y sobre todo  por concederle ingentes sumas de dinero para que les haga de gendarme fronterizo, y encima  imponiendo sus intolerables condiciones, lo que le convierte en un triunfador ante sus correligionarios  frente a los “prepotentes y enemigos occidentales”.  

Y para no ser sectario, Erdogan arrasó también por otros motivos, entre ellos la senda de desarrollo y crecimiento económico en la que ha instalado a su país desde que llegó al poder la primera vez, a pesar de las múltiples resistencias y pese a las coyunturas económicas adversas, todo ello en un contexto político regional muy complicado.

No cabe duda de que Turquía es en la actualidad una potencia regional clave tanto para la Unión Europea como para el inestable Oriente Medio. ¿Cuándo los dirigentes europeos dejarán de lado su egocentrismo, dejarán de mirase el ombligo y empezarán a tratar a sus vecinos tal como son y no como ellos quieren que sean?


Portugal

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Portugal sorteó la crisis económica aplicando lo contrario de lo predicado por la troika

La UE debe aprender de un país como Portugal que sorteó la crisis económica aplicando lo contrario de lo predicado por la troika, demostrando que la izquierda sosegada y pragmática posee alternativas y capacidad para conjugar gobernabilidad y rentabilidad económica con eficacia, justicia y solvencia. Pero las élites europeas siguen a lo suyo. Prefieren ofrecer rescates a gobiernos dóciles con las políticas de austeridad y recortes sociales, que reconocer la buena gestión de gobiernos progresistas y con programas económicos no obsesionados con la desregulación y el drástico recorte del gasto social.

Una capacidad de gestión que ha llevado al gobierno portugués a proyectar un innovador proceso de regularización de inmigrantes, de tal manera que quien demuestre arraigo laboral durante más de dos años puede acceder, incluso, a la nacionalidad portuguesa directamente, y no solo a una residencia temporal ligada a no sé cuantos requisitos y trámites burocráticos.    

Propuesta clarividente porque hace justicia con los inmigrantes como personas y como trabajadores, y al mismo tiempo corrige el grave déficit demográfico  que, por otro, lo padecen todos los países europeos, inclusive aquellos que se oponen a la llegada de personas inmigradas y/o refugiadas a sus orillas, como es el caso del racista y xenófobo Salvini.

Es clamoroso el apagón mediático con lo que Portugal está consiguiendo en coyuntura económica adversa, y particularmente cómo concibió la necesidad de abordar las migraciones desde un enfoque alternativo que aporta soluciones equilibradas, tanto para los inmigrantes cómo para el país de acogida, cuando otros gobiernos que presumen de democracia y dicen pertenecer al mundo civilizado levantan muros y concertinas.   


Marruecos

marruecos Europa

Marruecos posee todos los ingredientes para la cimentación de un futuro prometedor si conseguimos que el talento y la voluntad caminen juntos

Cambiando de tema, estos días he leído varios artículos sobre la situación política en Marruecos, en los que se habla de la vuelta a los años de plomo después de una dura sentencia contra activistas en el norte del país.

Estas sentencias, en mi opinión, son graves y nos sitúan en épocas que considerábamos finiquitadas, pero de ahí a considerarlas como una vuelta a “los negros años de plomo”, me parece exagerado. En Marruecos sigue habiendo injusticias, falta de democracia plena y de libertad de expresión. Sigue habiendo mucha corrupción y un enorme socavón de desigualdad que supone una bomba de relojería que amenaza la estabilidad del país si no se aborda a tiempo. Sin embargo, el Marruecos actual no es el de los años de plomo, y algunas conquistas hay que destacarlas porque son logros precisamente de los que lucharon y ya no están con nosotros, y de los que resistieron y siguen resistiendo para que los cambios se consoliden y se convierten en realidad.  

Otra cosa son las regresiones y las erosiones que se están viviendo en la actualidad en la sociedad marroquí y que se deben a dos elementos principales. Uno, la ola de regresión prácticamente generalizada que afecta hasta a los países donde la democracia está más que consolidada. Segundo, los partidos políticos, los sindicatos y determinadas organizaciones de la sociedad civil que llevan tiempo inmersas en una grave crisis de representatividad y de legitimidad siguen sin demostrar ninguna capacidad de reacción, particularmente ahora que se les exige mayor esfuerzo para actuar en la nueva realdad de los medios sociales de comunicación. Las tecnologías de la información y las comunicaciones y la masiva utilización de las redes sociales ha cogido con el pie cambiado a los agentes sociales, que deben afrontar estos retos con decisión y coraje. Esto es un hándicap muy serio porque en una fase de mutación como la que se vive en Marruecos hacen falta proyectos sólidos e intermediarios solventes para canalizar las dinámicas de contestación y las ansias de cambio.

La gestación va a ser larga, lenta y a veces dolorosa, pero  pienso que Marruecos posee todos los ingredientes para la cimentación de un futuro prometedor si conseguimos que el talento y la voluntad caminen juntos.