lunes 13.07.2020

Las agresiones del lenguaje

El pasado día 23 de octubre, el pueblo burgalés de Castrillo Matajudíos, de sesenta habitantes,  sometió a referéndum el cambio de nombre.

El pasado día 23 de octubre, el pueblo burgalés de Castrillo Matajudíos, de sesenta habitantes,  sometió a referéndum el cambio de nombre. Aunque no fue por unanimidad, consiguieron sustituirlo  por el de Castrillo Mota de Judíos. Es una loable acción que ha difuminado con sutileza y sobre todo con democracia un claro caso de exhibicionismo antisemita. Obviamente a esa acción le deben seguir unas cuantas revisiones, de mayor calado y extensión si cabe, para que las expresiones y las denominaciones antisemitas y particularmente morófobas, dejen de tener espacio en el panorama urbano y en el contenido  léxico y gramático español.

El lobby judío en España, cada vez más activo, en poco tiempo consiguió arrancar el derecho a la nacionalidad a todos los descendientes de los sefardíes  expulsados del Ándalus -de España para entendernos-, y ahora registra otro logro relacionado con los calificativos que denigran a los judíos con el  propósito de extirpar cualquier tipo de expresiones o manifestaciones antisemitas; no obstante,  me temo que esta tarea es de largo alcance y que requiere gran dosis de  pedagogía, mucha voluntad, medios y sobre todo tiempo y paciencia, porque de lo que se trata aquí es de poner freno a la vulgarización de términos ofensivos, y su erradicación de la memoria y del  subconsciente colectivo después de tanto tiempo e impunidad.  

A pesar de ello,  lo conseguido, por minúsculo  que nos pueda parecer, debería suponer una llamada de atención contra cierta displicencia, cuando no  connivencia, de los poderes públicos con lenguaje y expresiones que legalizan la ofensa y socializan la difamación.

Otro aspecto positivo de esta decisión es que a los “moráncanos”, otros damnificados potenciales    y directos de uso y abuso del lenguaje y de la tropelía lingüística en sus distintas y variopintas formas y facetas, se nos ha   abierto la posibilidad de escudriñar las vías para la restitución de nuestra memoria y dignidad aunque sea  en el uso del lenguaje, a sabiendas de que la tarea  no va a ser tan sencilla como sucedió con los judíos, nuestros compañeros de la fatiga.  

“No hay moros en la costa” es uno de los refranes de más uso en el lenguaje cotidiano español. Si bien su connotación es  manifiestamente peyorativa, personalmente pienso que se puede invertir en algo positivo ahora que las relaciones entre los dos países y los dos pueblos va por buen sendero.  Creo que con quitar el no y sustituirlo por un sí exclamativo, -eso sí, siempre  que se haga con los brazos abiertos  en señal de bienvenida- se puede dar la vuelta al sentido del refrán.

Sin embargo veo difícil el asunto de Santiago matamoros, el santo por excelencia de la identidad cristiana española. Habrá que pensar en alguna fórmula que no hiera la sensibilidad católica a la hora de  encontrar un sinónimo que deje intacto el valor devoto del santo, pero que le despoje  de ese adjetivo Infame.

En todo caso habrá que empezar por algo más sutil y más cotidiano, evitando sustos como aquel que le ocurrió al morito herido en accidente laboral  cuando le quiso atender el Doctor Matamoros. A pesar de la disposición y buena voluntad del médico, el morito sucumbió ante un nombre tan temerario. Sería de gran utilidad empezar por ahí, eliminando los nombres que en vez de curar,  matan.

Hace ya cierto tiempo, bastante antes del reconocimiento de los derechos de los sefardíes por las autoridades españolas, decenas de  familias descendientes de los moriscos expulsados que se instalaron en el Norte de África, particularmente en Marruecos, presentaron un memorándum al rey Juan Carlos, pidiendo una restitución moral a la injusticia y las vejaciones  que padecieron siendo ciudadanos españoles y cuya nacionalidad y propiedades perdieron de la noche a la mañana.

En cuanto al  asunto de la nacionalidad española lo dejaron como opción personal e individual de cada cual, porque tampoco se trataba de desligarse de la identidad de un país que les recibió y les acogió en aquellos momentos difíciles.

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