jueves 20/1/22

Cumpliendo órdenes

cumpliendo ordenes1Las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas dejan en su artículo 48, titulado “Límites de la obediencia”, un resquicio para el incumplimiento de una orden: Si las órdenes entrañan la ejecución de actos constitutivos de delito, en particular contra la Constitución y contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado, el militar no estará obligado a obedecerlas. En todo caso asumirá la grave responsabilidad de su acción u omisión.

En realidad, esto ya existía porque una orden es un mandato legal y si un mando ordena cometer una acción no legal ya deja de ser por definición una orden y ya no sería obligado su cumplimiento. Todo esto teóricamente porque en la práctica pocos rehúsan cumplir una orden.

Siempre me llamó la atención el contraste de la valentía que un militar manifiesta ante el enemigo y la cobardía y sumisión de ese mismo militar ante sus superiores. Así se entiende que bajo el clásico “yo solo cumplo órdenes” se hayan cometido las mayores atrocidades de la historia de la humanidad.

¿Cumplían órdenes los pelotones de fusilamiento cuando los golpistas del 36 gritaban ¡fuego!?

¿Cumplía órdenes el soldado que abría la espita del gas en el campo de concentración de Mauthausen?

¿Cumplían órdenes los militares argentinos que desde 2000 metros de altitud lanzaban civiles vivos al mar en los tristemente famosos “vuelos de la muerte”?

¿Cumplían órdenes los militares argentinos que desde 2000 metros de altitud lanzaban civiles vivos al mar en los tristemente famosos “vuelos de la muerte”?

Un responsable estadounidense de la prisión de Guantánamo, preguntado sobre la inseguridad jurídica y las torturas que se cometían en el penal respondió, sin un ápice de culpabilidad ni remordimiento, que él no estaba cometiendo nada malo. Simplemente estaba cumpliendo órdenes como militar que era.

En los años 60, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram realizó un experimento sobre la obediencia ciega y su relación con el holocausto nazi. Quería encontrar la respuesta de por qué miles de participantes en este genocidio no se rebelaron contra unas órdenes cuyo cumplimiento implicó la muerte de millones de personas.

En el experimento se colocó un voluntario en una cabina al frente de una consola con pulsadores. Éstos estaban conectados a través de unos electrodos al cuerpo de un alumno en otra cabina, también de cristal, al cual se le iban realizando una serie de preguntas. Cuando el alumno fallaba alguna pregunta el voluntario debía presionar un pulsador para que recibiera una descarga eléctrica. A medida que aumentaban los fallos del alumno, el voluntario debía aumentar también la intensidad de corriente para que aquél recibiera mayor castigo. Hay que aclarar que el alumno era un actor que fingía dolor, pues no había tales descargas eléctricas, pero el voluntario no lo sabía.

Lo sorprendente del experimento Milgram es que de un grupo de voluntarios escogidos de manera aleatoria fueron muy pocos los que no quisieron seguir con aquella tortura. La mayoría continuó con las descargas eléctricas al alumno a pesar de sus gritos. Simplemente porque el experimento así lo requería o el director del mismo le indicaba que debía continuar, que era necesario...

Si tras una breve explicación de cuál era su cometido en este experimento, el 65% de los voluntarios obedeció sin importarles el gran sufrimiento que estaban infringiendo a una persona, ¿que no será capaz de hacer la mente humana tras ser aleccionada durante varios años en una academia militar?

Francisco Maceira | Sargento Primero Contramaestre de la Armada, retirado.


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