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martes 24/5/22

Muertas de Estado

No quiero ser una muerta de Estado. Tampoco mis amigas, familiares y congéneres quieren serlo...

pedro-sanchez
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, propuso en un reciente desayuno informativo celebrar funerales de Estado para las víctimas de violencia de género.

Y es que una somera reflexión lleva a exclamar que, una vez muertas, ¡qué le importa a las víctimas cómo sea su entierro!

Este es un texto que jamás hubiera querido escribir. No quiero ser una muerta de Estado. Tampoco mis amigas, familiares y congéneres quieren serlo. Todas queremos ser ciudadanas vivas del Estado español. Vivas, en sentido amplio: con vida, derechos humanos sexuales, igualdad, educación, salud, felices, seguras.

¿Seguras de qué? seguras de que la violencia y los abusos contra nosotras, las mujeres, y las consecuentes tribulaciones de toda índole van a ser perseguidas por el Estado con toda clase de medidas. Seguras de que los agresores encarcelados, nuestros hijos cuidados y protegidos, nuestros familiares apoyados y toda la ciudadanía formada e informada sobre el maltrato y la violencia de género. Esto incluye no solo informar sobre su existencia sino –y muy especialmente- formar sobre cómo prevenirlo y evitarlo.

Porque solo las acciones, diseñadas y realizadas desde los poderes del Estado, de modo uniforme e igual en todo el territorio español permitirían proteger de verdad a las víctimas –las muertas pero también aquellas que quedan vivas y sus familias- dándoles la seguridad de que para el Estado español, al que mantienen con sus impuestos, son personas con derechos efectivos, seres humanos como cualquier otro.

¿Compensa esta ceremonia de algún modo el tránsito por el duelo? 

Y es que una somera reflexión lleva a exclamar que, una vez muertas, ¡qué le importa a las víctimas cómo sea su entierro! Y surgen las preguntas. ¿En qué ayuda a sus deudos que este sea mediante un funeral de Estado? ¿Qué aporta para que sus próximos superen el trauma? ¿Compensa esta ceremonia de algún modo el tránsito por el duelo que han de pasar? Son tantas las preguntas cuya respuesta se adivina negativa que solo cabe cuestionar la necesidad que había de meterse en este charco.

Y las preguntas surgen aún entendiendo al político que lo ha hecho, aún conociendo su rechazo a la violencia de género y su defensa de los derechos de las mujeres. Sabido es que estando a favor de una causa es muy fácil, emocionalmente, cruzar la línea que separa la seriedad de una propuesta de la popularidad o populismo de la misma.

Las posteriores aclaraciones no han ayudado tampoco a centrar el problema puesto que se han quedado en declarar que la lucha contra la violencia de género debía de ser política de Estado. Lo que se ha declarado una y mil veces por todos los partidos de izquierda e, incluso, por miembros de la derecha. Y nadie en la ciudadanía duda ya sobre tal afirmación.

¿Qué ocurre para que sigamos con el terrorismo machista?

¿Qué ocurre pues para que siendo indudable para la ciudadanía, para la mayoría de los políticos, estando en la agenda política desde hace muchos años, teniendo una legislación suficiente –al menos en comparación con otros países de nuestro entorno- sigamos con el problema del terrorismo machista?

Considero útil para elaborar la respuesta a esta pregunta aplicar una de las máximas del Coaching y hacerse el siguiente planteamiento: si lo que haces no te ayuda a lograr el objetivo, cambia lo que haces.

¿Y qué es lo que hacemos que no nos ayuda a lograr el objetivo? La falta de profundidad en la conceptualización del problema, la banalización, la creencia de que el marketing es instrumento de resultado inmediato para paliar este gravísimo problema.

No estoy afirmando que las medidas hasta ahora propuestas carezcan de seriedad conceptual. Afirmo que, llegados al punto en el cual los resultados no son los apetecidos, las nuevas medidas a tomar deben ser conceptualizadas de un modo serio, diseñadas con todo rigor, pensando en construir desde el primer lugar en el que ambos sexos conviven y con la vista puesta en el largo plazo. Es decir, focalizando en un continuo donde estén las familias, la escuela, la sociedad y el futuro que queremos para todos. Para ellas y para ellos.

Y aquí es donde una medida fácil por su elaboración e implementación (solo tiene coste económico), de rendimiento inmediato (por su efecto populista) no ayuda nada. Todo lo contrario, banaliza, y esta banalización es lo contrapuesto a seriedad, rigor y profundidad. Cualquier cosa que no sea educar en igualdad desde muy temprano, garantizar educación sexual en todas las etapas educativas, ofrecer información y educación sexual en todas las fases de la vida es tirar piedras en contra del objetivo.

Es posible tener muchas medidas punitivas, juzgar y encarcelar a los maltratadores, hacer campañas divulgativas –todas ellas medidas correctas y necesarias- que si no educamos a las nuevas generaciones en igualdad y en sexualidad estas seguirán repitiendo comportamientos violentos. Como demuestran los resultados de las encuestas que dicen que las chicas entienden los celos como una demostración de amor, o los casos de violencia y asesinatos de género que se producen entre adolescentes. Es decir, la aplicación de estas medidas no ha sido suficiente para erradicar el problema.

Es preciso atender a los hijos, padres, hermanos, parientes...

Además de lo anterior es preciso atender a los hijos de las asesinadas. Necesitan en primer lugar, superar el trauma, lo que implica al menos tratamiento psicológico. Pero van a necesitar también apoyo psicológico, jurídico y económico a lo largo de toda su crianza hasta la mayoría de edad y/o finalización de sus estudios. No pueden, en ningún caso, vivir con el asesino de sus madres bajo ninguna circunstancia para bien de su desarrollo emocional. Aquí también es preciso hacer hincapié porque lo hecho hasta ahora es insuficiente.

Al mismo tiempo hay que apoyar y proteger a otros deudos –padres, hermanos, parientes- de las víctimas en tanto que en muchos casos se hacen cargo de los hijos de estas o se han visto involucrados en sus padecimientos y necesitan, también ellos, superar el trauma y enfocar el futuro sin miedo y resentimiento contra el estado que no ha sabido proteger a sus ciudadanas.

Todo esto sería cambiar lo que se está haciendo. Porque la educación en igualdad no debe quedarse en su mera acepción de igualdad ante la ley (o igualdad formal) sino que debe introducirse en todos los espacios en los que los seres humanos de distintos sexos aprenden y conviven (o igualdad real). Ahí es donde se precisa incidir de manera clara y rotunda.

Estas acciones -todas con desarrollo durante un plazo largo de tiempo- son las que precisan la atención de los políticos porque están enfocadas a la vida, a una visión de futuro en común. Y esta visión no puede más que tener carácter político.

Así que la pregunta obligada es ¿Qué se pierde por intentarlo?

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