viernes 27/11/20

La soledad no deseada

Edward Hopper | “Patio de butacas: segunda fila a la derecha” (1927)
Edward Hopper | “Patio de butacas: segunda fila a la derecha” (1927)

La soledad es un drama explicitado por los efectos de la pandemia, pero ya existente anteriormente, aunque invisible. Las personas no siempre se sienten acompañadas emocionalmente, aunque vivan acompañadas físicamente. Pero cuando se vive sin compañía física, la soledad emocional es más dramática.

Hay tendencias teóricas centradas en valorar la soledad, pero ya decía Bécquer que “La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo”. Estar y comunicar con otra persona es consustancial a la realización humana. Desde la otra persona nos realizamos, con “los otros” sentimos nuestra propia realidad, desde los “otros” somos nosotros. La relación con los demás es la base de nuestro crecimiento personal. Con “el otro” se desarrolla el diálogo vital que nos hace percibir nuestro propio sentir. En ese contraste apreciamos nuestra identidad y desarrollamos nuestras potencialidades.

Pero cuando el otro se difumina, surgen dudas e interrogaciones desestabilizadoras. El otro se suele difuminar cuando somos mayores, más fácilmente que en otros momentos de la vida donde la soledad también arruga el alma. “Los otros” se esfuman porque se alejan o porque se van de esta vida, lo que suele dejar a las personas enfrentadas a sus recursos de sobrevivencia personal, que no siempre son muy brillantes con la edad avanzada.

Ahí aparece la soledad no deseada, cuando los hijos se han alejado, los amigos se han ido y los medios económicos se convierten en escasos. Es un drama que demasiadas personas mayores están sufriendo en nuestra sociedad. Un drama que tiene la tendencia de forzar la pasividad (por qué salir de casa, por qué caminar, por qué acudir a los actos…) que, como una manta que se enrolla sobre sí misma, refuerza sentimientos de aislamiento de distancia social.

Desde las ventanas de esta situación se percibe a los demás acompañados y gozando al momento de vivir, o se cree percibirlos de este modo. Lo que refuerza, más aun, la situación de soledad. Una soledad que no se deseó, pero que se impone por encima de las fuerzas de cada uno para sobrellevar la vida. Como una nube interior, va envolviendo los entresijos del alma y percibiendo la luz cada vez más oscura. La soledad va creciendo.

Pero la sociedad ignora estos procesos, son invisibles, y apenas ofrece salida a quienes viven este desgarro personal. Quienes viven su soledad no deseada se sienten mas solos precisamente por su invisibilidad. La pandemia ha sacado a la luz situaciones de este tipo, además de hambre y vulnerabilidad. Estos desgarros han generado el nacimiento de redes locales de solidaridad, en barrios y algunos pueblos, facilitadoras de compañía y abastecimiento de comida para cubrir necesidades básicas. Lo que es positivo y apunta a una sensibilidad social que las prisas del mundo en que vivíamos estaban ocultando. Las personas se arriman entre sí para acompañarse.

Pero estas solidaridades emergentes no deberían hacer olvidar a las políticas públicas su obligación de atender a las personas. No se puede dar una sociedad sana si las políticas que la rigen dan la espalda a sus necesidades. Las personas mayores han de sentir cubiertas sus necesidades desde las prácticas de sus gobernantes, además de las de sus conciudadanos. Las políticas publicas deben mirar más al sentir de las personas, a las que dicen gobernar, procurando mecanismos de acompañamiento en sus necesidades y ofreciendo soluciones a los problemas colectivos emergentes.

Esta sensibilidad socio-política no se percibe, al contrario, parece que los políticos se distraen en demandas y peticiones provenientes de los mas poderosos dando la espalda a los más necesitados. Y no se debe entender aquí la palabra “necesitado” solo en términos económicos, también sanitarios, educativos, generadores de redes de socialización. Pues la sociedad es más que la suma de sus individuos. Y qué menos que sus gobernantes generen políticas que construyan redes creadoras del colectivo social.Al contrario, se les percibe muy “distraídos” fomentando la competitividad tan querida de un sistema económico neoliberal, deseoso más del individualismo que de la creación de estructuras colectivas. De ahí el abandono de la sanidad publica, de la enseñanza publica y la tendencia inexplicable, desde el punto de vista político, al fomento de la privatización y del reforzamiento del mercado competitivo.

En esos parámetros, vivir la soledad es aun mas dramático, porque quien lo sufre se siente más desplazado de colectivo social. Un colectivo cada vez mas invisible. Decía F. Scott Fitzgerald que “los momentos más difíciles son aquellos en los que vemos que todo se nos derrumba y no podemos hacer nada al respecto, es allí cuando más solas nos sentimos”.Se leía estos días en Facebook una frase conmovedora de Pietro Ubaldi: “El próximo gran salto evolutivo de la humanidad será el descubrimiento de que cooperar es mejor que competir”.

La soledad no deseada