domingo 08.12.2019

A propósito de Julen

Deberíamos ser conscientes de que nada podemos hacer ya por Julen, pero sí por muchos niños, centenares, que mueren todos los días, de hambre, enfermedades perfectamente previsibles, o ahogados en el Mediterráneo

Estos últimos días los medios de comunicación y mucha gente en este país han estado sumamente preocupados por la caída y posible rescate de un pequeño niño. Aunque le he dado vueltas a este artículo no me he decidido a escribirlo hasta ahora que ya conocemos el desenlace, sobre todo para evitar entrar en la orgía de morbo con que se ha manejado todo el tema.

Vayamos primero a los hechos. La caída de una persona desde 71 metros de altura provoca la muerte en más del 95% de los casos, y el resto se quedan con secuelas gravísimas, si quien se cae es un niño de 2 años, lo mas probable es que lo haga de cabeza (la cabeza tiene un mayor peso relativo en los niños pequeños), si lo hace en un túnel de 25 centímetros de diámetro es casi seguro que choque repetidas veces con las paredes, provocándose múltiples traumatismos, y que la estrechez del canal le impida poner las manos por delante para amortiguar el golpe. Es decir, desde el principio se conocía que las circunstancias del hecho casi aseguraban (con una probabilidad superior al 99%) la muerte de la criatura. Si a ello le unimos que pasaban los días, sin agua ni alimentación e incluso, probablemente, sin oxígeno, carecía de sentido un seguimiento informativo empeñado en mantener la esperanza de encontrar con vida al accidentado (obviamente se hacía para incrementar la audiencia porque una persona viva genera más empatía e interés que alguien ya fallecido).

A mantener esta ficción, por supuesto, han colaborado algunos “expertos”, deseosos de tener su minuto televisivo, que planteaban todo tipo de fantasiosas “posibilidades” de que todo fuera bien, cuando la realidad conocida indicaba todo lo contrario. Lógicamente, las cadenas, les daban pábulo porque había que mantener el espectáculo y cuanto más morbo mejor para los índices de audiencia.

Desgraciadamente ya sabemos lo que pasó, pero convendría hacer hincapié en algunos aspectos positivos que podrían servirnos para el futuro.

El primero, por supuesto, es tener en cuenta la necesidad de extremar el control en los niños pequeños. Desde que comienzan a andar hasta los 5-7 años (depende de la maduración de cada cual) los niños intentan relacionarse con el mundo con una gran curiosidad y sin conciencia de sus limitaciones, ni de los peligros que corren, por eso es fundamental una cuidadosa vigilancia que les evite los numerosísimos problemas para su salud que les puede producir el entorno en el que se mueven. Como pediatra he visto, durante 45 años, ingesta de diferentes productos corrosivos, medicamentos, alcohol, de infinidad de objetos punzantes, incluso hachís y cocaína y accidentes innumerables (de tráfico, en casa, en la calle, en el campo…), mordeduras de todo tipo, etc., a veces con gravísimas consecuencias para su vida y su salud.

El segundo es la capacidad de los sistemas públicos y de las administraciones para afrontar estas situaciones, capacidad que se basa en una potente administración y servicios públicos de seguridad y asistencia que se sufragan con nuestros impuestos y que pueden peligrar debido a políticas irresponsables que intentan disminuirlos: sin impuestos suficientes no tendremos servicios públicos de calidad.

El tercero es la importante ola de solidaridad que generan estas situaciones y que son muy positivas, expresión de una población muy comprometida con los demás. No obstante, cabría preguntarse si el niño se hubiera llamado Mohamed, fuera de tez más oscura y hubiera nacido en Marruecos, Senegal o Libia, esta solidaridad hubiera sido la misma. Deberíamos ser conscientes de que nada podemos hacer ya por Julen, pero sí por muchos niños, centenares, que mueren todos los días, de hambre, enfermedades perfectamente previsibles, o ahogados en el Mediterráneo. Podemos evitarlo. Hagámoslo ya. Quien salva a un niño se salva a sí mismo y a toda la Humanidad.

A propósito de Julen