lunes 01.06.2020

Pueblo nuevo, vidas viejas

Hoy es fiesta en Barcelona, la Mercé. Quise evitar el centro, colapsado, y por senderos urbanos conocidos desde la adolescencia decidí dar un largo paseo hasta Pueblo Nuevo. En la calle baja de San Pedro se pueden ver aun almacenes textiles en los que ofrecíamos estanterías metálicas mi padre y yo. Ahora son de los chinos y están rotuladas en catalán y en chino. El Palacio de la Música no lo demolieron para especular –prefirieron robarlo los próceres nacionalistas manteniéndolo en pié-, pero desapareció una iglesita que había al lado con un Santo Cristo al que nos encomendábamos antes de empezar a callejear ofreciendo estanterías. Cruzo el majestuoso Paseo de Victor Pradera (un donostiarra tradicionalista de los de Franco, cuyo nieto, Javier Pradera, fue un prohombre del Partido Comunista en los 60 y editorialista de EL PAIS hasta que murió), hoy de Lluis Companys, a la izquierda el Arco del Triunfo, a la derecha la Ciudadela. Dejo atrás el Palacio de Justicia, donde los líderes secesionistas y adheridos escenifican de vez en cuando sus rebeliones desde el poder. Dejo a un lado, el izquierdo, la Estación del Norte, o Barcelona-Vilanova, hoy estación de autobuses a medio mundo (de esta estación de tren debí salir yo, una primavera del 71, para realizar mi primera misión como liberado clandestino de la USO; iba a Zaragoza. Me presenté en la estación de Francia, relativamente cerca de ésta, y perdí el tren porque salía de la del Norte … Un arranque brillante de mi brillante carrera “profesional” …) Bordeo el magnífico edificio antiguo de color ocre que eran talleres de una compañía eléctrica en la que trabajaba mi Tío Juan, un fenómeno cariñoso y libertario. Algo más adelante estaba una gran planta embotelladora de coca-cola; estuve allí de niño porque gané un concurso de redacción (el tema era “la lluvia artificial”, había que joderse) y me regalaron una caja con doce botellas; unos 10 años después, con no más de 20 de edad, creamos la sección sindical de la USO –clandestina, obviamente- en coca-cola (aun sigue funcionando y ganando elecciones sindicales aunque no sé dónde está físicamente ahora esa embotelladora y, además, con el compañero que inició aquella sección sindical nos comunicamos de vez en cuando por guasap …) Enfilo por Buenaventura Muñoz, que rememora cosas que no hacen al caso. Cruzo la calle Marina, poniendo mucho cuidado para que no me atropelle un tranvía (tontamente me viene una pavada a la mente según cruzo: no me importaría que me matara un tranvía si a cambio pudiera ser tan genial como Gaudí …) Por Pujadas me voy adentrando en Pueblo Nuevo. Madre mía, qué cambiado está todo. No queda a penas nada de aquellos arrabales donde la ciudad se estrellaba contra las vías del tren que le impedían llegar a un mar y a una playa inhabitables … Está todo urbanizado, abierto, accesible al mar, hay algunos rascacielos incluso … Pero las calles siguen en su sitio –Badajoz, Pamplona, Llacuna, Bilbao, Avila, Pedro IV, la Rambla de Pueblo Nuevo …- Y, fijándome un poco, me doy cuenta que hay aun algún tallercito y alguna casita de la época. La que ya no está es la Agencia de Transportes Césare, en Pedro IV, en su lugar hay hoy un bloque de pisos de alto nivel. En esa agencia, de itálica resonancia, trabajó mi padre cobrando recibos por los talleres y fabriquetas  de aquel Pueblo Nuevo suburbial, y yo lo sustituía en muchas ocasiones, y me daba una pechada porque yo iba a pié a cobrar; mi padre tenía su motillo … Donde estaba el Cine Pedro IV, al inicio de La Rambla, hay ahora una gran oficina de Bankia; en aquel cine vimos mi amigo Raúl y yo “Murieron con las botas puestas”, vibramos con la carga de los indios siouxs, uno de cuyos jefes era Anthony Quinn, creo recordar, que borraron del mapa al heroico, neurótico y genocida, General Custer, que lo representaba Errol Flynn. Tras la película, Raúl y yo dimos un paseo por La Rambla de Pueblo Nuevo y allí nos enteramos, por el tumulto que venía de gente ante el televisor de un bar, que habían asesinado a Kennedy. Con abatimiento comentamos que se veía venir, mientras él enfilaba para la calle Espronceda, en la que vivía, muy cerca de allí, y yo para el tranvía, el 71, que debía llevarme al barrio de Badalona al que daba nombre el libertador del Uruguay. Era una noche tibia de aquel otoño del 63 … Volviendo a hoy, me dí un garbeito por La Rambla, qué ambientazo, llegué hasta La Alianza; recuerdo allí algún recital glorioso de Raimon y las carreras y los gritos de “libertad, amnistía, estatut de autonomía” entrada ya la madrugada … Las partidas de dominó con Raúl y una cerveza de barril notable, con su inseparable bolsa de papas fritas de churrería barrial que costaban 1 peseta, son también episodios fuertes en el recuerdo de La Alianza …

Inmerso ya hasta el tuétano de la memoria en Pueblo Nuevo, busqué el Pasaje Iglesias, que era un callejoncillo minúsculo y recóndito entre dos calles importantes: Pujadas y otra que ahora no me acuerdo. Y lo encontré. En la búsqueda me topé con “La Africana”, que sigue ahí, una tienda que surtía de ropa de trabajo –monos azules, sobre todo- a la clase obrera del barrio. En el número 14 del Pasaje Iglesias teníamos una suerte de “piso franco” ínfimo. Allí hacíamos reuniones, se podía dormir en caso de apuro, había siempre algo que comer, y así. Y allí montábamos publicaciones clandestinas; de la “imprenta”, que estaba en Montgat, nos traían las hojas impresas en multicopista (una Gestetner eléctrica alemana de categoría para la época), y en una mesa extendíamos las hojas, íbamos agrupándolas en su orden, montábamos cada ejemplar y lo grapábamos con un máquina ad hoc. En una ocasión, era sábado, el inolvidable compañero Ballús me trajo la edición de un número de CATALUNYA OBRERA, el periódico clandestino de la USO. Recuerdo que estaba dedicado a la lucha de los trabajadores de SEAT por reivindicaciones laborales, pero que se radicalizó al matar la policía a un obrero cuando ésta entró a saco en la fábrica. Yo estaba solo para montar 1000 ejemplares del periódico. Me puse con ellos. Y de repente, sirenas, gritos, calor … Bomberos y policías iban a la carrera por las escaleras llamando a las puertas y diciendo a los vecinos que se fueran a la calle … Estaba ardiendo una fábrica que había al final del Pasaje Iglesias que fabricaba aparatos de radio y televisores (creo recordar que eran de la marca “Iberia”) El “piso franco” estaba a oscuras, con todo cerrado a cal y canto, ni se me ocurrió abrir a los bomberos y a los policías (con la edición de CATALUNYA OBRERA esturreada por allí), deje de montar el periódico porque el golpe de la grapa en cada ejemplar hacía un ruido que mejor evitarlo, pasé todo el calor del mundo, dormí allí … pero al día siguiente, domingo por la tarde, el periódico estaba montado y el lunes se distribuiría según lo previsto (no daré detalles porque todo aquello era secreto; por cierto, me viene ahora a la memoria el caso del responsable de la multicopista de la heroica Huelga de Bandas, compañero Nicéforo González, la más larga y dura contra el franquismo, al que entrevisté 40 años después de aquella gesta obrera … y no logré que me dijera dónde escondía la multicopista que, en la clandestinidad, era como un cañón…)

En fin, me volví más o menos por donde había venido y a las 2 de la tarde entraba en casa, con casi tres horas y media de paseo ininterrumpido en el cuerpo, me acomodé y di cuenta de una cervecita con sus mejilloncitos, a modo de aperitivo, y una ensaladita y algo de jamón bastante digno en su correspondiente PA AMB TOMAQUET, que es como se escribe en catalán “pan con tomate”. Tomen nota, que me molesta mucho cuando en bares y boliches diversos, en España y en Catalunya también, lo escriben mal.

Ya sé que es medio estéril viajar al pasado, pero me apetecía hacerlo ahora que hay tanto talibán de salón invocando al franquismo … que ha vuelto.

Pueblo nuevo, vidas viejas