jueves 09.04.2020

Constitución: Cumplirla y reformarla para que viva

Ayer mismo, buscando motivos gráficos para mi próximo libro sobre 50 años de historia de la USO de Murcia, tropecé con un cartel que me viene como anillo al dedo con ocasión del 41º aniversario de nuestra Constitución de 1978. En él se anuncia un mitin unitario el 3 de Diciembre de 1978 en El Molinón, en Gijón. Bajo el lema “En defensa de la Democracia” y un enorme SÍ, figura la lista de convocantes que encabeza la USO y cierra el PT, ya extinto, y en ella constan CCOO, UGT, SU, ya extinto este último, PSOE, PCE-A, hoy IU, UCD, partido del gobierno nacional entonces  y hoy extinto, ORT, prochinos de los de Mao y hoy extinto, AP, hoy PP, y PPRA que no recuerdo lo que era.

Allí estábamos todos, absolutamente todos, los que conformábamos el cuadro político-sindical, de la extrema izquierda a la extrema derecha. Era el llamado “espíritu de la transición”, una voluntad de reconciliación nacional y de construir juntos y en libertad una España para todos sin distinción. Espíritu y voluntad que se gestaron en la lucha y la resistencia antifranquista, en las grandes movilizaciones por la Democracia del 75 y el 76, y se consumaron con las elecciones constituyentes de 1977 y la Constitución Española de 1978.

La Constitución permite, e impone, construir una España con todas, de todos y para todas, en la que nadie tenga necesidad de irse. Dije necesidad, no capricho

En aquella lista de convocantes del mitin unitario figura AP (Alianza Popular), una suerte de coordinadora de grupúsculos de fuerte impronta franquista irreductible –los Silva Muñoz, López Rodó, Licinio de la Fuente, Utrera Molina …- que lideraba Don Manuel Fraga Iribarne, con diferencia el mejor de todos ellos y miembro de la ponencia constitucional junto a Herrero de Miñón, Gabriel Cisneros y Pérez Llorca, por UCD, Peces Barba, por el PSOE, Roca Junyent, por el nacionalismo catalán, y Jordi Solé Tura,  por los comunistas. Pero, por lealtad a la verdad histórica, conviene recordar que aquella AP, pocos años después reconvertida en el actual PP, fue un peso muerto y una rémora contra el texto constitucional e hicieron cuanto pudieron para que naufragara el referéndum constitucional del 6 de Diciembre de 1978. Salvo Don Manuel Fraga Iribarne, que pidió nítidamente el sí para la Constitución, los demás líderes de AP, en plena decadencia, o pidieron la abstención o el voto en contra. Afortunadamente para todos su irrelevancia era ya tan notable como su reaccionaria actitud.

Pero no todo era decrepitud en AP; había un joven cachorro, cargado de futuro, ya entonces con altas responsabilidades, que no se mojó ni por el sí ni por el no ni por la abstención –prudente él- pero que antes, durante y después del referéndum, le dio leña a la Constitución sin miramientos. La hemeroteca dixit. Sí, Aznar, José María Aznar.

Este hombre, con estos antecedentes, y sus corifeos y sucesores, lleva años apropiándose de la Constitución como si fuera él quien la trajo, a modo de un mesetario Moisés de vuelta del Sinaí, y pretendiendo hacer de ella o un bunker inmovilista antihistórico o un ladrillo pesado para descalabrar a quienes sí la votamos sin reservas y luchamos por ella al hacerlo contra la dictadura.

Hay más: Estos “guardias rojos” de la Constitución, con sus políticas ultraliberales en materia social y económica han bloqueado el cumplimiento y desarrollo de los grandes mandatos y derechos constitucionales sobre trabajo, vivienda, salud, educación pública de calidad, igualdad de la mujer, vejez, familia, entre otros, dando así origen al peligroso desencanto y rechazo de sectores sociales empobrecidos contra la política y los políticos, (en la intimidad, estos hipócritas paladines acusan a la Constitución de ser “socialdemócrata” en materia social, con lo cual, mejor no cumplirla).

Sigue habiendo más: La Constitución de 1978 sólo la votamos gentes que tenemos hoy más de 59 años. Es un sin sentido mayúsculo  obstinarse en su intangibilidad, aparte de un alto riesgo de desapego de una parte notable de la sociedad, la más joven y dinámica, para la cual la Constitución es cosa de sus padres o sus abuelos.

Por lo tanto, y aunque el tito Jose Mari se enoje, yo le diría a Casado –o a Feijoo, más bien- que si quiere liderar una derecha democrática de verdad, centrada, y evitar así que la fagocite este fenómeno ultra de vox, y para contribuir a extinguirlo, debe salir al encuentro de amplios consensos con otros para entre todos cumplir cotidianamente con el mandato constitucional que impone literalmente a todos los poderes públicos “remover obstáculos” para asegurar la felicidad, la justicia, el progreso social y, en consecuencia, la convivencia pacífica de esos casi 50 millones de seres que habitamos esta entidad compleja y apasionante que llamamos España o las Españas, lo mismo da.

Esforzarse sin desmayo por el cumplimiento de los mandatos sociales de la Constitución y aprestarse con mente y corazón abiertos al consenso para su reforma en cuanto sea preciso, creo que es la gran tarea histórica de hoy y de todos. Por eso espero con ilusión la posibilidad inmediata de un gobierno progresista, del retorno de “los viernes sociales”.

Pero esa esperanza se puede agotar pronto, me temo, si tal gobierno no es capaz de ensanchar horizontes y consensos más allá de sí mismo, consciente de que cumplir y reformar la Constitución son dos caras de una misma moneda. Porque, a mi modo de ver, el principal problema de España no son las tensiones secesionistas de alguna minoría rica e insolidaria; es el déficit de justicia social y distributiva y, por lo tanto, el superávit de desigualdad extrema. La Constitución permite, e impone, construir una España con todas, de todos y para todas, en la que nadie tenga necesidad de irse. Dije necesidad, no capricho.

Vamos, muchachos, que ya está bien de aniversarios retóricos y huecos.

Constitución: Cumplirla y reformarla para que viva