sábado 24.08.2019

El túnel del tiempo, “La vida de los otros” y una votación

El desacuerdo de Manuela Carmena con el asunto de derechos humanos en Venezuela es algo más que una desautorización.     

El desacuerdo de Manuela Carmena con el tema de Venezuela es algo más que una desautorización: es todo un homenaje a la memoria viva de la izquierda más comprometida de la que ella ha sido y es parte inseparable

En los años setenta, los comunistas del sur de Europa, sobre todo quienes se autodenominaban eurocomunistas, tenían una de sus señas de identidad irrenunciables, en la defensa de la libertad, de la democracia representativa (combinada con fórmulas de participación y democracia directa a través de los movimientos sociales) y, en coherencia con ello, en la condena radical de cualquier actuación represiva por parte de todo gobierno, fuera del signo que fuera.

ENSEÑANZAS DEL PASADO

Aquellos comunistas condenaron el Gulag, se la jugaron rechazando el aplastamiento de la primavera de Praga y el golpe contra Dubcek,  proclamaron su radical desacuerdo con la asonada militar de Jaruzelski contra el pueblo polaco y, en fin, exigieron en todo momento la libertad de los presos políticos en cualquier país del mundo, comenzando por aquellos cuyo Estado tenía su origen en la raíz que estos partidos compartían: los del socialismo real, los de la Europa del Este.  

Aquella experiencia fue traumática y, a la vez, necesaria y saludable: si en 1968 Artur London contó en L'Aveu (La confesión) cómo fue procesado y condenado por “conspirar contra el Estado” por el régimen comunista checo, el desvelamiento de la realidad que se ocultaba tras los años de estalinismo pusieron a los partidos que habían hecho suyo el objetivo de la construcción del “socialismo en libertad” ante una necesidad ineludible: asumir la democracia con todas las consecuencias, enterrar la distinción entre “democracia burguesa” y “democracia proletaria” y condenar, sin ponerse de perfil, toda violación de los derechos humanos en cualquier rincón del planeta.   

Viví muy joven y no sin pasión aquella experiencia, no exenta de tensos debates, a principios de los años setenta. Por ello, estaba convencido de que la izquierda en su conjunto había aprendido bien la lección de las dictaduras incluyendo las que se justificaban en principios ideológicamente próximos y que nunca más se buscarían subterfugios o justificaciones alambicadas (en aquellos años, eran la agresión imperialista y el peligro de contagio de los honrados obreros marxistas por la sociedad de consumo) para prolongar sistemas sustentados en una doctrina de la seguridad con instrumentos tan contundentes como la Stasi o el KGB.   

Con una mezcla de estupor y estremecimiento vimos que una película como La vida de los otros, mostraba el proceso vivido, en la Alemania Oriental, por un régimen fundado para alumbrar una sociedad sin clases, plenamente democrática, negadora del capitalismo. La película de Henckel von Donnersmarck, nos mostraba, de modo descarnado, cuál era el camino que desvirtuaba el socialismo y lo cercenaba en su propia raíz liberadora: una sociedad vigilada hasta extremos inconcebibles, una policía política especializada en el encarcelamiento, la tortura y el chantaje de la oposición política e intelectual, un aparato “de cultura” dedicado a justificar lo injustificable, a censurar y prohibir medios e información crítica y una red de confidentes, de agentes de seguridad encargados de velar por la ortodoxia ideológica y de medir el grado de “patriotismo” de ciudadanos teóricamente libres. La pesadilla orwelliana de 1984 hecha realidad.     

TORPEZAS y ERRORES DEL PRESENTE

He escuchado y leído, en estas semanas, sobre todo a partir de la negativa de los parlamentarios europeos de Podemos y de IU a exigir la inmediata libertad de los presos políticos en Venezuela, un auténtico catálogo de eufemismos, de justificaciones y elusiones que, en el fondo, vienen a revelar una llamativa desconfianza hacia la democracia y una cierta inclinación a validar prácticas autoritarias sustentadas en supuestas políticas socialmente igualitarias. Como si de un viaje en el túnel del tiempo se tratara, en tertulias televisivas y en horas de máxima audiencia, he comprobado cómo volvían los viejos argumentos que los comunistas y los socialistas del sur de Europa decidieron enterrar tras la primavera de Praga implicándose con todas las consecuencias en la defensa de los Derechos Humanos.  

Se afirmaba que ese voto contra la liberación de los presos en Venezuela era una apuesta por la negociación, por una salida diferente y consensuada. Nunca en los medios de comunicación españoles habíamos visto semejante elusión del autoritarismo, semejante riada de argumentos forzados para no exigir la libertad de presos políticos, de presos de conciencia, para no demandar con firmeza la reapertura de medios de comunicación cerrados por cuestionar las políticas gubernamentales.      

Tengo amigos en Venezuela, escritores todos ellos, que viven con angustia el gradual recorte de libertades, poetas que pasan jornada tras jornada prácticamente confinados en sus domicilios, que temen expresarse de manera crítica, profesores universitarios para los que el principio de libertad de cátedra comienza a ser un quimera, que han de medir cada palabra para no ser considerados enemigos, o aliados del imperialismo, paragolpistas o antipatriotas (esa palabra tan llena de brumosas connotaciones que algún líder recién llegado parece convertir en leit-motiv de su discurso). El “no te metas en política” que a los españoles con memoria tanto nos suena se ha convertido en un lema casi obligado para vivir “tranquilo”.   

Es obvio que no es posible avanzar sin consensos. Pero negociar, abrir vías de entendimiento no es contradictorio con la exigencia de la libertad de los presos políticos: es más, es una condición sine quanon. ¿Alguien entendería que por apostar por vías consensuadas de evolución del régimen cubano, por ejemplo, la izquierda democrática no lo exigiera de modo prioritario? ¿O hubiera sido entendido que cuando la ONU y la CEE exigían la democracia política en España y el fin del régimen se eludiera exigir la liberación de los presos políticos en favor de un hipotético proceso negociador? En uno y otro caso, serían actitudes inaceptables.

No hay excusas: profesores de ciencias políticas que tendrían que saber el valor que tiene la libertad y la democracia en sociedades que han evolucionado a partir de la Ilustración, que han combatido autoritarismos y dictaduras con apellidos como nazi o estalinista, que se confrontaron con dictaduras como la de Franco, Salazar o de los coroneles en Grecia, contra las de Argentina, Uruguay, Paraguay o Chile en los setenta, no pueden refugiarse en los mismos argumentos que los sectores más dogmáticos del comunismo utilizaban para “perdonar”, entender y no condenar, a sus correligionarios en el poder. O, lo que sería aún peor, con los que la derecha ha argüido históricamente para no comprometerse con la liberación incondicional de los presos políticos de aquellas dictaduras. ¿Dónde han estudiado estos profesores la historia política de las sociedades contemporáneas?  El público desacuerdo de Manuela Carmena con esa posición es algo más que una desautorización: es todo un homenaje a la memoria viva de la izquierda más comprometida de la que ella ha sido y es parte inseparable.      

El túnel del tiempo, “La vida de los otros” y una votación