lunes 23.09.2019

En defensa del sindicalismo

En los tiempos actuales parece estar de moda el ataque contra el sindicalismo y los sindicalistas...

El sistema español garantiza la representatividad sindical pero desincentiva la afiliación

En los tiempos actuales parece estar de moda el ataque contra el sindicalismo y los sindicalistas. Paradójicamente dicho ataque se efectúa desde dos posiciones que podríamos considerar antagónicas, la derecha y sus medios, y desde supuestas posiciones de izquierda moderna.

Los ataques desde posiciones de la derecha parecen normales, los sindicatos han sido un enemigo tradicional de sus intereses. Su ataque actual está particularmente destinado a presentarlos como organizaciones arcaicas, parasitarias, y sus liberados como elementos improductivos cuando no “bronquistas”. En resumen una imagen negativa de lo que hoy, la derecha, considera totalmente innecesario y contraproducente para la modernización “y flexibilización” del mercado laboral.

Desde supuestas posiciones modernas y vinculadas, a veces, a los autodenominados “nuevos movimientos sociales”, se critica a los sindicatos y se los quiere vincular al “stablishment” tradicional, adjudicándoles todos sus defectos, dicen que son anticuados, burocratizados, alejados de la realidad, poco representativos, etc., en definitiva, parte de un sistema que es preciso combatir y cambiar de raíz.

Creo que estas críticas son injustas. Es evidente que no lo hago desde un punto de vista neutral, sino de quien está, desde 1974 y continúa, vinculado al sindicalismo de clase que representa CCOO. Pese a esto intentaré dar una visión lo más neutral que me sea posible.

Creo que el sindicalismo de clase, y en concreto CCOO, ha sido, y es, un instrumento imprescindible para la defensa y protección de los intereses de los trabajadores ¿En qué situación estarían muchos trabajadores en el momento actual si los sindicatos no existieran? Es evidente que uno de los principales aspectos negativos de la reforma laboral ha sido el de reducir el papel de los sindicatos en aquello que les es más substancial, la negociación colectiva. La derecha, el PP y también CIU, saben que su enemigo principal en estos momentos es el sindicalismo, y por eso lo convierten en su objetivo, no sólo de sus actuaciones políticas, legislativas, sino también administrativas mediante la reducción del número de representantes sindicales y liberados en las empresas públicas, y mediante un ataque continuado desde los medios de comunicación que les son afines.

Ante ello deberíamos preguntarnos por ejemplo: ¿Que sería de los trabajadores hoy sin los sindicatos? ¿Cómo se enfrentarían a los embates patronales? ¿Quién defendería sus derechos laborales y la negociación colectiva? ¿Quién los defendería y negociaría en su nombre en los numerosos EREs?

Y a los que critican, desde posiciones supuestamente de izquierda la actuación de los sindicatos, a los que critican su supuesta pasividad en los momentos actuales, haría falta recordarles que: a) los sindicatos no son más que los trabajadores organizados y que en estos momentos la movilización, en especial la huelga, es difícil porque en los momentos de crisis como el actual, en un momento de precariedad ascendente, los trabajadores tienen miedo, y el sindicato debe adaptar sus actuaciones a las posibilidades que tiene y que permita la participación. Esta es la razón que impide convocar, tal y como algunos querrían, “huelgas generales” un día sí y otro también. El sindicalismo responsable, en un momento como este, de fuerte dificultad para los trabajadores, debe saber graduar y dosificar las movilizaciones para conseguir que sean un éxito. Y hace falta reconocer que quizás no ha habido “huelgas generales” continuadamente, pero si movilizaciones, muchas y continuadas. Además, en muchos casos, el sindicalismo ha estado presente pero sin querer asumir un papel protagonista, potenciando la capitalización por otros, como es el caso de las “mareas”. En otros casos la presencia se ha dado desde el inicio dando el apoyo, sin ningún afán de protagonismo, en iniciativas nuevas como la de la PAH. ¿Alguien cree que habría sido posible la recogida de más de 1,5 millones de firmas de la ILP de la PAH sin la participación activa de los sindicatos confederales que fueron los que hicieron una recogida mayoritaria de las mismas?  También ha sido el sindicalismo el primero en impulsar formas de movilización, todavía insuficientes y embrionarias, en el ámbito del conjunto de la UE.

Muchas veces se quiere cargar sobre las espaldas sindicales responsabilidades que no son las suyas. Los sindicatos no son, ni pueden ser, una alternativa al poder político establecido. Al contrario, en ocasiones, como la actual, años de luchas, reivindicaciones y conquistas sindicales, son eliminados por una Ley aprobada en el Congreso, como ha sido el caso de la Reforma Laboral o la de las Pensiones. Y es que hace falta tener en cuenta que una cosa es la lucha sindical cotidiana de defensa de los intereses de la clase trabajadora, y otra la necesidad de una alternativa política de izquierdas que muchas veces o no se ve o no se acaba de concretar.

Desde el inicio de la etapa democrática el sindicalismo ha sido “el hermano pobre” del sistema. Como dijo acertadamente Marcelino Camacho “la democracia se ha quedado a la puerta de las empresas”. Así los sindicatos no han tenido el suficiente apoyo público, ni institucional ni tampoco financiero, para ejercer su función. Al contrario que los partidos, por ejemplo, nunca han disfrutado de financiación pública estable y suficiente.

En el estado español, se da la anomalía que los sindicatos tiene unas amplias funciones, como negociar las condiciones del conjunto de los trabajadores, pero sólo reciben las cuotas de sus afiliados. El sindicalismo español parte de la legitimidad que le dan las Elecciones Sindicales, con una fuerte participación de trabajadores y trabajadoras, que escogen más de 300 mil delegados sindicales, de los cuales más del 70% son de CCOO y UGT. Y se debe precisar que los representantes de los trabajadores están diariamente vinculados a sus representados. El sistema español garantiza la representatividad sindical pero desincentiva la afiliación.

Los datos demuestran que el sindicalismo en España, en comparación con la media europea, tiene el doble de representatividad con la mitad de los recursos, consiguiendo dar cobertura y representación al 57,1% de las empresas (estudio de la Fundación “1 de Mayo” de CCOO –“La representación de los trabajadores en la Unión Europea y España” según datos de la “Encuesta Europea de Empresas” elaborada por Eurofound de la UE).

Una característica del sindicalismo de nuestro país es la solidaridad de la actuación sindical intersectorial. Como es normal la fuerza sindical radica en las grandes empresas y sectores. El sindicalismo de clase se nutre de cuadros sindicales provenientes de grandes empresas y sectores, o del sector público, que hacen su función bien en las estructuras generales del sindicato o haciendo extensión sindical en empresas o sectores sindicalmente más débiles. La mayoría de los sindicalistas liberados, dentro las empresas o que actúan fuera de ellas, en otros sectores o en las estructuras, son “liberados” sindicales que acumulan horas sindicales, derivados de los bancos de horas del conjunto de los delegados sindicales, establecidos por acuerdos en empresas o sectores. Evidentemente, no hace falta negar, también hay un cierto número de sindicalistas asalariados sin empresas de referencia.

En el conjunto del estado la representatividad sindical es en conjunto de un 57,1%. Una de las más altas de Europa. Por sectores es más alta en el sector industrial 60,3% que en el de servicios 55,5%. Por dimensión de las empresas, las que tienen entre 10-49 trabajadores tienen una representación del 52,8%; en las de entre 50 y 249 trabajadores es del 81,5%; y en las empresas de más de 250 trabajadores es del 93,3%.

Se evidente que la contradicción entre representatividad (los sindicatos como CCOO, pese a tener más de un millón de afiliados, negocian en el ámbito superior a la empresa 914 convenios sectoriales que afectan a 7.729.700 trabajadores) y la propia afiliación comporta graves problemas de financiación. Los sindicatos se financian básicamente de las cuotas de sus afiliados, de unas reducidas subvenciones institucionales y de ingresos derivados de servicios que se prestan, como los jurídicos y durante unos años los derivados de la formación. Hace falta destacar que a diferencia de otros países no existe un “canon sindical”, a fin de que los no afiliados contribuyan para disfrutar de las mejoras obtenidas en los convenios. Con esta financiación los sindicatos deben hacer frente a gastos derivados de su función representativa e institucional, que comporta recursos técnicos y humanos (informática, servicios jurídicos-económicos, infraestructuras informáticas, mantenimiento y adecuación de locales etc...). Actualmente con la crisis y las políticas de los gobiernos del PP, todas las fuentes de ingresos se han visto afectadas negativamente, lo cual ha obligado al reajuste de sus gastos. Pese al coste, que todo ello ha comportado, puede permitir un cierto regreso a la austeridad tradicional del mundo sindical.

Hace falta reivindicar la necesidad de una Ley de Financiación Sindical, a fin de que puedan cumplir su “rol” constitucional, estableciendo unos criterios claros de financiación, priorizando las aportaciones de los afiliados y los trabajadores, pero también la pública en menor medida, con mecanismos de control de los fondos públicos, y la necesaria transparencia. El sindicalismo en este país ha huido de la profesionalización sindical que en otros países alejan los sindicalistas de la realidad del mundo del trabajo. En el caso de CCOO hubo un intento de avanzar por esa vía, durante la etapa del mandato de José Mª Fidalgo y otros dirigentes de su entorno que pretendían un sindicalismo profesionalizado y concentrado en pocas manos, y que para ello pretendían por ejemplo eliminar el límite de mandatos existente. Por suerte la reacción del propio sindicato impidió una desviación hacia la burocratización del sindicato, lo cual comportó la derrota de Fidalgo en el Congreso del sindicato y su sustitución por Ignacio Fernández Toxo.

No se puede finalizar un análisis de lo que ha sido y es el sindicalismo de clase en nuestro país sin tener en cuenta el papel de los afiliados sindicales y los sindicalistas. Los afiliados son el pilar del sindicato. Todo el papel del sindicato como interlocutor de las empresas, como parte en la negociación colectiva y en la concertación social, no se puede disociar de la figura del afiliado. Así como los beneficios de la actividad sindical se aplican de forma universal, los costes son asumidos por sus afiliados, esto más el hecho cierto de que la afiliación sindical todavía es mal vista por parte de muchas direcciones empresariales, que incluso son beligerantes frente a la realidad sindical, indica la importancia del hecho afiliativo. Es preciso reconocer la importancia y el papel del afiliado sindical que aporta en todo caso su financiación, pero que también es en muchas ocasiones los ojos y las orejas del sindicato en los centros de trabajo. El mismo reconocimiento haría falta darles a todos aquellos sindicalistas que, en la mayoría de los casos, hacen su función representativa de forma ejemplar, no exenta de problemas e incomprensiones, y que incluso les comportan perjuicios económicos y profesionales en su vida laboral.

Creo que la trayectoria del sindicalismo de nuestro país, de sus afiliados, y de sus sindicalistas se merece que la izquierda política y los movimientos sociales les den su reconocimiento, en estos momentos, ante los ataques previsibles de sus enemigos de la derecha política económica y mediática. Y hace falta que desde la izquierda política y social, y desde los “nuevos movimientos sociales” se tienda la mano al sindicalismo, le reconozcan el papel que ha jugado y juega, y que lo acompañen en su necesario proceso de renovación que ya están llevando a cabo.

En defensa del sindicalismo