martes 17.09.2019

Votos y política, imprescindibles el 28A

El crítico y editor americano George Jean Nathan advirtió que “los malos gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan”. Hemos de hacer todo lo que esté en nuestras manos para que eso no ocurra el 28 de abril.

Votar y saber votar; al menos evitar que el voto nos lleve de regreso a un gobierno extramuros de la democracia, y/o pase a engordar el amplio saco del voto inútil, que tan bien se le da a las izquierdas y que en la actual coyuntura, nos puede conducir a una trágica melancolía. La ecuación es aparentemente sencilla: primeo votar, segundo desenmascarar a las derechas y alejarlas de la mayoría, y tercero hacer compatible el inalienable derecho a presentarse a las elecciones con la trascendente necesidad de votar a las fuerzas progresistas que sumen escaños.

En la Carta a la Ciudadanía que leyó el que fuera uno de los fundadores de CCOO, Nicolás Sartorius, en la presentación de la asociación MADRID FEDERAL, integrada en la Asociación por  una España Federal, se dice que “tanto en España como en Europa aparecen fuerzas que, de triunfar, nos harían retroceder en el terreno de las libertades civiles, en el de los derechos sociales, en la aún insuficiente igualdad de las mujeres o en la integración de una Europa más democrática y social”. En nuestro país esta advertencia se hace ante fuerzas con nombre y apellidos: PP, Ciudadanos, Vox y el nacionalismo identitario y excluyente. “La regresión o el progreso, hoy más que nunca, depende de los que hagamos con nuestro voto”, proclamó.

La certidumbre de las derechas y el embrollo de las izquierdas

Parece claro que la amenaza real, que ya cuenta con un ejemplo práctico, Andalucía, de que las derechas gobernarán si los votos se lo permiten, debiera servir para que las izquierdas salgan del bucle y afronten el futuro conjugando autonomía y colaboración. Se puede, se debe, reforzar el perfil propio de un partido, especialmente en campaña electoral, y a la vez despejar con contundencia cualquier duda sobre la necesidad de un acuerdo común para un gobierno progresista, si la realidad de los votos lo hace posible. Lo ocurrido tras las elecciones de diciembre de 2015 y el intento de investidura de Pedro Sánchez en 2016, frustrado por un grupo parlamentario borracho de pureza populista, debe ser solo un mal recuerdo.

Me habrán leído muchas veces afirmar que este tiempo de involución y levedad de la política española tiene mucho que ver con una generación de dirigentes políticos a izquierda y derecha de escasa densidad intelectual y frágil discurso político. En el caso de las derechas, cabría decir, además, que estamos ante los proyectos más reaccionarios desde la transición democrática; sin lealtad de estado ni voluntad de diálogo y acuerdo, condiciones esenciales de la cultura democrática. En buena medida esta circunstancia y temeridad es también achacable a algunas formaciones de la izquierda. Ya es un poco desolador que el voto al Senado, una cámara tan inútil como deseada en este momento de demagogia del 155, no cuente con un acuerdo de las izquierdas en provincias decisivas para la mayoría en la cámara alta, y cuyo sufragio ha sido históricamente conservador.

Pero hemos de elevarnos sobre estas reflexiones críticas y avanzar por el camino que nos lleva al 28 de abril, ofreciendo las mayores dosis de generosidad posible. Me refiero claro está, a las izquierdas. Habría que evitar que el grito se imponga a la razón y que el repertorio de ocurrencias simples y maniqueas, sustituya al de la propuesta y el acuerdo. Nos jugamos mucho, demasiado, en estas elecciones. Y no es una perogrullada. El voto es siempre la médula de la democracia, y en esta ocasión no exageran quienes sostienen que es la democracia misma la que se encuentra en una encrucijada. Participemos, votemos y hagámoslo a las izquierdas que estudios, encuestas y tendencias confirman que sumarán escaños.

Votos y política, imprescindibles el 28A