lunes 23.09.2019

¿Una izquierda para sobrevivir?

Deseable sería, que las izquierdas fuesen tan capaces de renovar métodos y caras y a la vez, perseverar en la reconstrucción de la alianza del movimiento sindical y las izquierdas, desde la innegociable autonomía de ambas

Si uno ha de aceptar lo que hay, adelante con la resignación. Si quiere cambiarlo, que al menos milite en la reivindicación de las ideas a las que la izquierda -nueva o vieja- no debería renunciar nunca.

En las últimas semanas se observan movimientos en las izquierdas que, cuando menos, llaman la atención. Las próximas citas electorales agitan las aguas de los partidos y grupos progresistas, con las más variadas intenciones. Las verdaderas razones de estos movimientos no siempre son confesables, pero por mucha que sea la épica de su envoltorio, acaban desnudando a sus mentores como si de un concurso de ocurrencias se tratara. No soy original porque lo he afirmado con anterioridad, pero nunca,  los estados mayores de las formaciones de izquierda (y de derecha) han sido tan menores.

Por si acaso irrumpe el argumento de la resignación, precisaré que mi orfandad partidaria no debe entenderse como orfandad ideológica y política. Creo en la democracia, en las instituciones, en los partidos, milito en el sindicalismo de clase y considero imprescindible la movilización social para pelear por una sociedad más justa. Como sindicalista y ciudadano de izquierdas, no faltaré a las citas electorales, pero no me gusta lo que veo en la izquierda actual: ajena al trabajo como factor de cohesión social, cómplice con el ideario de la desigualdad e insolidaridad del independentismo (no me gustó nada la presencia de CCOO y UGT en la manifestación del 15 de abril en Barcelona), alejada de la política como herramienta para mejorar la vida de la gente, aquejada de una sonrojante fragilidad intelectual, orgullosa de su populismo, que presume de ofrecer soluciones falsas a problemas reales, instalada en la retórica de la radicalidad y de la propuesta hueca, dispuesta a participar en la cruzada de la indignación contra el sindicalismo confederal y de clase, improvisando asociaciones y coordinadoras de acusado perfil oportunista y corporativo. Y me paro, aunque podría seguir, para recuperar el sentido del titular y parafrasear a Oriana Fallaci cuando exhortaba que “quien se resigna no vive, sobrevive”.

En informaciones y opiniones recientes -lo que significa que las primeras hay que tomárselas con prudencia y las segundas, analizarlas como tales- se suceden titulares como “Errejón se alía con Iglesias para las autonómicas en Madrid; el PSOE ofrece a Manuela Carmena que encabece sus listas al Ayuntamiento de Madrid; Carolina Bescansa filtra, por error, un documento interno para disputarle el poder a Iglesias de la mano de Errejón; Compromís, o una parte importante de su dirección, no quiere ir con Podemos a las elecciones autonómicas; los comunes catalanes y Podemos se funden en Domenech y siguen en un limbo político; Garzón, el de IU, a lo suyo, culminar la voladura de la formación, si bien conviene determinar que IU como proyecto de convergencia social y política de la izquierda fue liquidado hace algunos años; el otro Garzón, el de Actúa, se ofrece a Errejón para concurrir juntos a las autonómicas madrileñas; Pedro Sánchez, tras aclarar que lo de Carmena y el PSOE era un reconocimiento a su trayectoria, busca a la desesperada candidata/o para el ayuntamiento de la capital; Podemos y En Marea, se enzarzan en protagonismos de siglas; y un amigo, Luis García Montero, cree que esta es la izquierda que tenemos (fundamentalmente, Podemos, Iglesias y Errejón) y hay que cuidarla.

Sobre todo ello, surgen matices y dudas, de manera singular en lo que afecta a las informaciones, y por eso hay que analizarlas con cautela.

No me resigno

Puedo comprender a quienes les parece muy atractivo lo que consideran inevitable, y en esa aventura buscan no quedar fuera de foco. Sin embargo, creo que las izquierdas están necesitadas de otro proyecto, otro discurso político, otra estrategia de intervención en la sociedad y en las instituciones. Quizás sea yo el que ha perdido el tren de la nueva política, de la NO organización, la NO militancia, la política en twitter o la los gestos y la publicidad. Soy partidario de que las izquierdas disputen al pensamiento conservador todos los espacios de comunicación, también las redes sociales. Pero no es necesario renunciar a una cosa para tener otra; como deseable sería, que las izquierdas fuesen tan capaces de renovar métodos y caras -y en este capítulo, la influencia del feminismo social y cultural en la acción política se me antoja decisivo, como concluyente parece el mestizaje del movimiento feminista con la cultura del trabajo- y a la vez, perseverar en la reconstrucción de la alianza del movimiento sindical y las izquierdas, desde la innegociable autonomía de ambas.

En la entradilla de este artículo, hablaba de ideas a las que la izquierda no debería renunciar nunca. Todo está inventado. Internacionalismo, Europa, un programa económico para la sociedad de hoy, fiscalidad, empleo, salarios, igualdad, pensiones y estado del bienestar, derechos civiles y democráticos, mujeres, jóvenes e inmigración. Avanzar en un proyecto democrático para unir a las izquierdas, anteponiendo programas y políticas podrá parecer quimérico, pero lo prefiero a la resignación, que nada tiene que ver con el realismo. Soy un militante del saber, de la necesidad de conocer la realidad para poder cambiarla. Otra cosa, como diría Galdós en Trafalgar, su primera novela de la primera serie de los Episodios Nacionales, es “la resignación, renunciando a toda esperanza, un consuelo parecido a la muerte y por eso un gran consuelo”.

¿Una izquierda para sobrevivir?