jueves 19.09.2019

Las secuelas del 'no es no'

Desde que el discurso fácil del no derivó en impostura y negación de la política, las voces de la revolución se han disparado para producir historias de ficción y de misterio.

No es esta una opinión a favor de la corriente. El progresismo mediático y político ha elegido mayoritariamente otro frente de batalla. Sin embargo, hay algo que es incontestable: llevamos un año con la política en  dique seco, quizás como consecuencia de una depurada elocuencia de dignas convicciones.

Pedro Sánchez pactó con Ciudadanos y buscó el voto de Podemos en su investidura de marzo. Con los problemas propios de aquel proceso, afrontó con coraje una investidura que hicieron fracasar Podemos y el Partido Popular. Vinieron las elecciones del 26J y sus resultados, llevaron a Pedro Sánchez a renunciar a la interlocución con Ciudadanos, advirtiendo que era al PP a quien correspondía tomar la iniciativa. Fue el principio del fin. Un giro inesperado y nunca explicado le puso al frente de una misteriosa operación para ignorar la iniciativa política, elevar hasta la hipérbole el rechazo a Rajoy y sugerir, fracasado el triángulo PSOE-Podemos-Ciudadanos, una alternativa de gobierno con la complicidad del nacionalismo independentista.

Esta desesperada huida hacia lo desconocido, convirtió a Pedro Sánchez en un icono de la indignación contra la derecha y logró penetrar con un envilecido discurso de adhesión inquebrantable en la militancia del PSOE, con la temeraria y deshonesta colaboración del grupo dirigente de Podemos. Atrás quedó la beligerancia que Sánchez exhibió en campaña electoral contra el populismo y el nacionalismo independentista. Ni que decir tiene, que en todo este embrollo de gestos, emociones y ocurrencias, la gran sacrificada fue la posibilidad de hacer política para mejorar la vida de la gente.

En el interior del PSOE, empezaron las alarmas y los movimientos convulsos. Sin ideas, sin arrojo y con procedimientos reprobables, barones y flamencos precipitaron los acontecimientos y se propusieron hacer en dos semanas lo que no habían ni siquiera insinuado en tres meses. El Comité Federal rechazó primero la hoja de ruta de Pedro Sánchez -lo que provocó su dimisión- y  después activó el proceso de la abstención que ha acabado desbloqueando la situación política y facilitando la investidura de Rajoy en segunda votación.  La división del Grupo Parlamentario Socialista abre nuevas incógnitas sobre el futuro del PSOE, especialmente las que afectan a su relación con el PSC, un partido incapaz de emitir una sola señal de recuperación y autoridad en Catalunya en torno a un proyecto de país federal, solidario y de izquierdas. La renuncia al escaño de Sánchez, horas antes de la votación de investidura, su aspiración a la secretaría general y su discurso excéntrico sobre las relaciones con Podemos añaden más intriga a la situación.

Mención singular merecen las convocatorias contra la investidura al grito de contra el golpe de la mafia, democracia, u otras más aseadas, pero no menos disparatadas en su significación política. La democracia tiene estas cosas. Su grandeza permite exhibir las miserias de quienes osan impugnar el sistema con extrema irresponsabilidad, al tiempo que se sirven de él para agitar sus proclamas y banderas. ¿Cómo es posible que un acto de investidura en un parlamento democrático, más allá de la opinión que nos merezca la persona investida, sea calificado de golpe antidemocrático? Quizás, sus promotores hayan confundido los votos realmente existentes con la intangible voluntad popular por el cambio. Sea como fuere, su actuación me parece un gigantesco desatino.

Oposición y gobierno

Habrá sido fácil deducir que no comparto la agenda impulsada por Pedro Sánchez tras el 26J. Fui partidario, nada más conocer los resultados electorales, de someter la abstención a la negociación de un programa de cambios y reformas con el candidato a la investidura y hacer valer la composición plural del Congreso para una nueva huella legislativa. Conocida la correlación de fuerzas, ni contemplé ni contemplo la posibilidad de un gobierno alternativo. Por otro lado, las torpezas y desmanes de los dirigentes alineados con la mayoría del Comité Federal no restan gravedad a la conducta del ex secretario general. Convirtió el no es no en la tabla de salvación de su aventura hacia una alternativa imaginaria de gobierno. Y aunque rechazaba las terceras elecciones -como la práctica totalidad de las formaciones políticas- su estrategia conducía inexorablemente a las mismas. No caben, por tanto, actos de buena fe o simulaciones virtuales. Si no se querían nuevas elecciones, había que abstenerse.

Y claro, la abstención que durante meses proponían, reclamaban, insinuaban voces de todo tipo y condición en la economía, la política y la comunicación, tornó en delito de lesa humanidad cuando pasó del dicho al hecho. Y no vale ampararse en el método (manifiestamente mejorable) para impugnar la decisión en sí. Que si golpe de mano, imposición de los poderes fácticos, traición al socialismo, mafia…y no sé cuantas perlas más para arropar a quien, pensándolo, no se atrevió a defenderlo.

No quiero pasar por alto el ruin espectáculo del portavoz de Podemos en el debate de investidura. “Hay aquí más delincuentes en potencia que ahí afuera”. Proclamándose líder de la oposición, Iglesias arremetió contra todos y contra todo y lo hizo en nombre de un grupo parlamentario con cinco portavoces (seis fueron a La Zarzuela a ver al rey), lo que habla por sí solo de la cohesión de un grupo que eleva la retórica de sus ambiciones de gobernar con el mismo entusiasmo que huye de las posibilidades ciertas de entrar en un gobierno. Es mejor fabular una alternativa que hacerla realidad.

Con este parlamento debe volver la política. Es verdad que no será fácil condicionar la acción de gobierno. Algunos recuerdan incluso que el parlamento no gobierna, y parecen restar importancia a que sí legisla. Nadie podrá negar que los retos de la sociedad española –economía, empleo, pensiones, igualdad, pobreza, renta básica, fiscalidad, servicios públicos, políticas sociales, reforma constitucional…- pueden y deben encontrar mejor cauce de diálogo y acuerdo en este que en otro parlamento con una más clara mayoría conservadora.

Las secuelas del 'no es no'