Domingo 16.06.2019

La retórica radical de la izquierda de pasarela

La salud de las izquierdas sigue maltrecha. Unos parecen destinados a salir de la crisis abrazando el reformismo liberal. Otros, domesticados en democracia, irrumpen en la historia reciente a golpe de indigno revisionismo. Es la izquierda de pasarela.


En su libro “Algo va mal”, escrito en la parte final de su vida, Tony Judt advierte que “sin idealismo, la política se reduce a una forma de contabilidad social, y esto es algo que un conservador puede tolerar muy bien, pero para la izquierda significa una catástrofe”. Y aunque parezca mentira, esto es algo que le pasa a los conservadores y a cierta izquierda de pose radical, sin alma, que ha sustituido las ideas por un compendio de ocurrencias y lemas de facultad. Se me responderá de inmediato que esta aparente izquierda goza del favor del electorado, o al menos de un sector importante del mismo. Así es. Pero no olvidemos otro detalle: esta izquierda populista es la misma que permite gobernar a la derecha. ¿Y el PSOE? Pues a medio camino entre la contabilidad social y el idealismo liberal, a veces socialdemócrata. Este es un año de congresos (PP, Podemos, PSOE y…CCOO), y habrá que esperar a sus resultados, salvo en el caso del PP, que lo convertirán en un homenaje al presidente.

Y en este contexto, en el que las izquierdas deben enfrentase a considerables retos, el más importante el de recuperar la capacidad de gobernar las políticas públicas para que la igualdad y la justicia social dejen de ser simples quimeras, unos cuantos representantes de la nueva política, algunos también dirigentes de viejos y memorables partidos, ahora reducidos a escombros, no se les ocurre otra cosa que maltratar y manosear la historia reciente y someter la transición democrática al examen de los contables.

En democracia todo es más fácil

Sostiene la izquierda de pasarela, aquella cuyos miembros se agitan y ensayan la revolución desde las tribunas de la democracia, que el PCE de la lucha por la libertad y de la transición actuó como izquierda domesticada. Aquél PCE, no este, porque de no distinguirlos cometeríamos una solemne injusticia, fue el partido en el que sus militantes y dirigentes construían democracia al mismo tiempo que eran despedidos, detenidos, torturados, encarcelados o asesinados. En este tiempo de aniversario en el que la huella de la libertad la simbolizan, por ejemplo, los abogados asesinados el 24 de enero de 1977 por pistoleros de las cloacas de la dictadura, escuchar tanta infamia por boca de los dirigentes de un dogmático grupo que mantiene las siglas PCE, es sencillamente intolerable. La izquierda domesticada, como la califica con petulante impunidad el coordinador de IU, no dejaría de ser la licencia de un necio, si no fuera porque hablamos de un dirigente del actual Partido Comunista de España, siempre apoyado por su secretario general, José Luis Centella. ¿Cómo puede alguien mancillar la memoria de sus propios camaradas de forma tan indecorosa?

Las huelgas, asambleas, movilizaciones, manifestaciones, encierros, manifiestos, conflictos y voces contra la dictadura en los años sesenta y setenta -sin olvidar el nacimiento de las primeras comisiones obreras a finales de los cincuenta- a tenor de tan fino análisis fueron impulsadas por intrépidos y domesticados dirigentes del PCE y CCOO, empeñados en traicionar la revolución a golpe de transición y eurocomunismo. En el PCE del tardofranquismo y de la propia dictadura se debatió, con frecuencia apasionadamente, sobre algunos de los principios que inspiraron la naturaleza ideológica del partido o sobre los límites de la contradicción dictadura-democracia. A nadie se le ocurrió, en el devenir de la transición democrática, recurrir al leonino lenguaje de la “izquierda domesticada”, como difunden con terquedad en la actualidad algunos portavoces de IU y Podemos, desde los confortables escaños de la democracia, que los sometidos dirigentes del PCE de los setenta, al frente de una sostenida y heroica movilización política y social, les pusieron en bandeja. En el colmo del vilipendio, no han faltado propagandistas que se atreven a engrandecer la calumnia, acusando al PCE de la transición de sacrificar en la cárcel a algunas militantes comunistas del feminismo, a cambio de la libertad de los Sánchez Montero, Marcos Ana, Camacho, Lucio Lobato y tantos otros dirigentes comunistas en los años 76 y 77 del pasado siglo. Semejante estupidez solo puede merecer el más absoluto desprecio.

Comparto la idea de que una generación determinada de veteranos militantes de la izquierda política y sindical debería constituirse en foro de reflexión, debate y activismo para blindar la memoria democrática de nuestro país, sin renunciar a construir opiniones colectivas sobre el futuro de las izquierdas. Quizás entonces, se pueda atemperar el ánimo y la pluma de las vanguardias adanistas que algunas izquierdas atrincheradas en la pasarela mediática y partidaria tienen como dirigentes.

La retórica radical de la izquierda de pasarela