martes 12.11.2019

Moción de censura de Podemos: idea, guión y elenco

Foto: Flickr Podemos
Foto: Flickr Podemos

Una moción de censura es el derecho que asiste a un número determinado de parlamentarios/as (al menos, el 10% de la cámara) para expresar su desconfianza al Gobierno y dar apoyo a una alternativa. Formalmente, es lo que ha anunciado Podemos.


En los últimos días, la decisión de Podemos de presentar una moción de censura contra el Gobierno de Rajoy ha acaparado la atención informativa, tanto por su impacto directo como por la reacción ante la misma adoptada por los distintos actores políticos y sociales. Puede decirse, en consecuencia, que, de momento, va cubriendo sus objetivos.

Nadie puede negar el derecho que asiste a un grupo parlamentario para activar una moción de censura, un derecho que se ejerce, además, al calor de un hedor insoportable a corrupción en el partido del Gobierno, y que amenaza con erosionar gravemente la credibilidad de importantes instituciones democráticas. Por si fuera poco, el Ejecutivo de Rajoy sigue empeñado en continuar por la senda de la austeridad y la precariedad laboral, lo que incrementa la desigualdad y debilita las redes de protección social.

Algunas reacciones a la iniciativa de Podemos han sido precipitadas y hechas desde la trinchera. Otras, más o menos cómplices, desde un campo de juego bien distinto, y las que se parapetan junto al ejecutivo, no se han salido del guión.

Vayamos al grano

A mi juicio, el debate es otro. La legitimidad de la moción de Podemos no es cuestionable, su oportunidad, dada la situación, tampoco. Yo, sin embargo, dudo del procedimiento adoptado, de los objetivos reales que se persiguen, y de los resultados a lograr, una vez conocidas las opiniones de los grupos parlamentarios ante la iniciativa presentada.

El procedimiento seguido para anunciar la moción de censura no ha sido el más adecuado. Si tú quieres contar con votos suficientes, no ya para provocar la caída del Ejecutivo, sino para debilitar notablemente su acción de gobierno y generar fundadas expectativas de éxito social y electoral en el futuro, estás obligado a actuar con más discreción, diálogo y voluntad de consenso con tus potenciales aliados. Antes de disparar, uno debe apuntar a aquellas fuerzas políticas susceptibles de apoyar la iniciativa, y especialmente a las que pueden quebrar de verdad la actual mayoría de gobierno. De lo contrario, uno puede deslizarse con facilidad por la pendiente de la propaganda partidaria y la exhibición publicitaria, para recuperar celebridad mediática, aun reconociendo que este también es un derecho que tienen las formaciones políticas y del que, con mayor o menor disimulo, han hecho uso casi todas ellas. Si la idea fue esta, el guión en buena lógica, debe ir a remolque de aquella, y actuar en consecuencia.

Los objetivos, y hablo en plural, ya no pasarían por trabajar en una potente alternativa de Gobierno, con un programa y un candidato/a, de amplio consenso; se trataría, más bien, de generar, en la medida de sus posibilidades, un acalambrado clima de indignación social, del que pueda emerger un líder y un partido, capaces de representar a la ira popular -en buena medida justificada por unas desgastadas recetas económicas que han ocasionado más desigualdad, sin reducir sustancialmente el paro, y una corrupción desbocada que afecta a las entrañas mismas del PP-, pero lejos de la imprescindible cultura de gobierno y propuesta programática que toda contestación social exige en democracia. En este sentido, la moción de censura pareciera ir dirigida realmente a minar el diezmado crédito con el que actualmente cuenta el PSOE, por su prolongada interinidad -con la vista puesta en las próximas elecciones-, y no a desalojar al gobierno de la derecha presidido por Mariano Rajoy. Consciente de que en el actual Congreso de los Diputados, los números no dan mucho de sí, otra de las tentaciones de Podemos pasaría por buscar apoyos fuera de la cámara, empezando por sindicatos, movimientos sociales, organizaciones corporativas, mareas…Y aquí resulta legítimo otro debate, sobre el que me pronuncio en el párrafo final de este artículo, pero que no es menor, atendiendo al valor estratégico y cultural de la autonomía en una sociedad abierta.

Los resultados de la previsible moción de censura, ya anunciada y, según sus valedores, de inexcusable presentación, merecen otra reflexión. Nuestro país ha conocido desde 1977 dos mociones de censura lideradas por el PSOE contra el Gobierno de Adolfo Suárez, en mayo de 1980, que fue rechazada por 166 diputadas/os (UCD) y apoyada por 152 (socialistas, comunistas, andalucistas y 3 del grupo mixto). Se abstuvieron 21 (Coalición Popular, germen de AP y del actual PP, y Minoría Catalana, entre otros). Detrás había un partido, un programa, un candidato alternativo y un apretado resultado. Dos años después, con un intento de golpe de estado de por medio, el PSOE logró 202 diputadas/os en las elecciones de 1982. Otra fue la del PP de Hernández Mancha contra el gobierno de Felipe González en 1987. La moción fue rechazada por 195 votos (PSOE, IU, PNV, EE) y 70 abstenciones (CDS, CiU, PDP, PL, PAR, AIC y CG). Sumó 67 votos, todos de Alianza Popular. Hernández Mancha, que quiso con la moción, darse a conocer al gran público, dimitió de presidente de AP dos años después.

Sirvan estos datos, para evaluar con mayor rigor el alcance de una iniciativa que puede conectar con la mayoría de la sociedad española, o por el contrario, generar fiasco y desengaño en la misma, reforzando a quien o quienes se pretendía desalojar.

Buscar apoyos fuera del Congreso para equilibrar la más que probable derrota parlamentaria, es el debate con el que quiero cerrar este artículo. Las organizaciones de la sociedad civil, o parte de ellas, han sido convocadas por Podemos -o lo serán en breve-  para recabar su apoyo a la moción de censura. Entre el elenco de actores invitados están los sindicatos de clase y representativos, con frecuencia desairados por Podemos. Su acercamiento al hecho sindical, que ha de entenderse como normalización de relaciones, constituye un paso de madurez. Empezábamos esta reflexión reconociendo la legitimidad y oportunidad de la moción. Pero me permito una pequeña licencia para matizar alguna posición al respecto. Desde hace tiempo, el movimiento sindical viene denunciando la escasa capacidad de las fuerzas del cambio para transformar en legislación parlamentaria las proposiciones aprobadas. Proposiciones de enorme valor político (pensiones, reforma laboral, renta básica, LOMCE…) que el Ejecutivo sabotea y ningunea valiéndose de mil argucias en medio de una oposición fracturada y bloqueada. El anuncio de una moción de censura recoge alguna de las virtudes que pueden ayudar a vincular el debate social y el parlamentario. Pero la función del movimiento sindical no debe detenerse en el pronunciamiento a favor o en contra de la moción, sino en trasladar al debate político y parlamentario las prioridades sociales, económicas y laborales bien reflejadas en las manifestaciones del 1 de mayo: paro, desigualdad, pobreza y corrupción. La impecable conducta del movimiento sindical en la reciente historia democrática, de no invadir la acción partidaria, ni dejarnos invadir por esta, y reforzar su condición de sujeto político autónomo -que no está en cuestión-, ha recibido una particular interpretación de los medios de comunicación que merece la pena precisar.

Moción de censura de Podemos: idea, guión y elenco