lunes 19/10/20

La matraca del insolente

Todos los políticos son iguales. No están a la altura de la situación que vive el país. Ellos mandan, pero no saben. Son todas/os unos irresponsables. Basta ya. Esta campaña contra la política empieza a ser una campaña contra la democracia


La gota que colmó el vaso de la insolencia fue el título del manifiesto de las llamadas sociedades del saber a propósito del COVID19, según el cual, las personas que gobiernan mandan, pero no saben. No escuché a estos próceres  sus propuestas y recomendaciones, cuando la pandemia hacía estragos allá por el mes de abril. Y ahora, su gran aportación al delicado momento que vive el país, es pedirle al Gobierno de España y a los de las CCAA, que “se lleven bien y haya paz”. NO dejaré nunca de significar el inmenso trabajo del personal sanitario en los meses más difíciles de la pandemia, pero las sociedades científicas, sanitarias y de investigación que impulsaron el manifiesto necesitan un poco de humildad.

Todos no son iguales

Me vienen a la cabeza las palabras de Antonio Machado,  “los que están siempre de vuelta de todo, son los que nunca han ido a ninguna parte”, porque en tiempos de dificultad como los que vivimos, las descalificaciones toscas (mandáis, pero no sabéis), simplemente sobran. Y cuando a la descalificación  le acompaña la matraca del “todos son iguales”,  se está abriendo la puerta a la indignidad y la mentira. Claro que las instituciones públicas, y a la cabeza de ellas, el Gobierno de España, deben elevar el tono del debate político y valorar más de lo que lo hacen, el diálogo y el consenso, pilares esenciales de las sociedades abiertas y democráticas. Pero no se puede hacer tabla rasa y, por poner un ejemplo, evaluar la conducta del ministro Illa y la de Ayuso con la misma nota. No. Quien hace esto, está mintiendo conscientemente y está lavando la cara a la derecha conservadora más antisistema de Europa. Con Casado, Ayuso y Feijoo al frente, el PP se adentra en territorio siniestro -favoreciendo el crecimiento de la ultraderecha- y vilipendia a Cs, aunque los dirigentes de este partido en Madrid desprenden ya casi el mismo hedor que sus socios de gobierno. Aguado puede simular una docena de golpes de pecho cada jornada, y sin embargo despide el día con el mismo ideario conservador y reaccionario de la semana anterior. Cada minuto que sigue dando oxígeno a Ayuso, Ciudadanos se aleja a velocidad de crucero de su resultado electoral en la CM en 2019 y actúa, de hecho, como el único factor que puede modificar al alza el voto del PP, que obtuvo un pésimo resultado en los citados comicios autonómicos.

No, ni Illa es Ayuso, ni Sánchez es Casado. El presidente del Gobierno comete errores, algunos, de principiante. Con frecuencia, alguien le hace confundir la información con la propaganda, y como esta vive de  ocurrencias y lemas, cuando salen de su boca para condensar la realidad, multiplican el impacto de su torpeza. Tampoco le ayuda mucho su vicepresidente Iglesias, tan injustamente perseguido por la justicia, como fuertemente aquejado de una alarmante impericia. Pero nada de ello es comparable a la soez estrategia de Casado a fin de convertir la pandemia en una vulgar pelea para proclamar el fin del Gobierno. Estamos ante las derechas que más tiempo han operado y operan en la afueras de la democracia, y que no han dudado en usar a los muertos (antes víctimas de ETA, ahora víctimas de la pandemia) para protagonizar una arrabalera maniobra partidaria. Casado ya no es la derecha que mira al centro y muestra lealtad de Estado; es la derecha del tardofranquismo, porque sus dirigentes hacen ascos de la lucha por la libertad, e irrumpen en la democracia actual a través de un procaz hermanamiento con el ideario de la derecha extrema.

Por eso, uno se pregunta, ¿cómo es posible la equidistancia política e informativa, el recurso al todos son iguales, con actores tan distintos en cuanto a su hacer y responsabilidad?

El canto mediático de la resignación

No es la primera vez que denuncio el papel de los principales medios de comunicación escritos y audiovisuales y de algunos de sus más notables voceros, en su afán por buscar cobijo, cuando arrecia la tormenta, en el rincón del “equilibrio ante las partes en conflicto”. Bueno, precisaré más. Los medios conservadores eligieron bien al enemigo. Algunos de los llamados progresistas, que han puesto en su sitio las extravagancias de Ayuso, acuden con frecuencia, no obstante, al manual académico de la independencia profesional.  “Se equivocan todos, no están a la altura, es una vergüenza que no se pongan de acuerdo para combatir la pandemia…”. Tan difícil resulta preguntarse ¿por qué? O acaso la declaración del Estado de alarma en la Comunidad de Madrid, es consecuencia de una decisión arbitraria y caprichosa del Gobierno de España.

Ya he destacado alguna de las razones que distinguen el error del aguijón, la gestión -unas veces acertada, otras no- del desafuero. Por eso, cuesta entender hasta donde ha llegado la espectacularización de la información, en el empeño por agitar la noticia y el vilipendio. El mismo día que el presidente del Gobierno presentó el Plan de Recuperación Económica para los próximos años, el titular de mayor presencia tipográfica en todos los diarios y la primera noticia de todos los informativos en radios y televisiones fue la decisión del juez de la Audiencia Nacional, Manuel García Castellón, de solicitar al Tribunal Supremo que investigue a Pablo Iglesias por cometer presuntamente delitos de daños informáticos, revelación de secretos y denuncia falsa.

Si intolerable se me antoja la acción sin fundamento de la Justicia contra Iglesias, no menos insufrible resulta comprobar como una inmoralidad gana la partida a una información de trascendencia social y política. Cosas de la tabarra contra la política y las/os políticos que hoy ensayan grupos de periodistas, técnicos, expertos, taxistas, tertulianos, saltimbanquis, alcahuetes y licenciados.

La matraca del insolente