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martes. 27.09.2022

El invierno que viene

Camino a la perdición. Si la generación más elemental de dirigentes políticos de la democracia no lo impide, en diciembre iremos de nuevo a las urnas

En la actual coyuntura política, de manera singular, tras las dos sesiones de investidura de Mariano Rajoy, he llegado a elevar el tono de  comprensión hacia Pedro Sánchez, después de observar la insoportable campaña de acoso de  poderes reales y virtuales, políticos y económicos, mediáticos y fraternales, a la que ha sido sometido. Todo ello, desde mi convicción innegociable de que unas nuevas elecciones en diciembre constituirían algo más que un serio golpe a la credibilidad de la democracia española; serían el puente de plata hacia una victoria de las derechas en las elecciones de diciembre, y una oportunidad perdida para constituir un gobierno parlamentario.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la insensatez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación. “Historia de dos ciudades”, Charles Dickens. ¿Será verdad que estamos abocados al invierno de la desesperación?

De lo sucedido en las dos sesiones del debate de investidura, cabe apuntar las siguientes conclusiones: Rajoy sale derrotado y visiblemente cuestionado; Sánchez brilla implacable en la retórica y escapa de la política; Iglesias confunde, como es ya habitual, la batalla política con el populismo rancio y corporativo; Rivera, camina por el filo de la navaja y aunque aparentemente seductor, cultiva en exceso el dialoguismo. Los nacionalistas catalanes a lo suyo que, normalmente, no es de nadie más. El nacionalismo vasco, con más pedigrí social, pone en apuros al candidato y genera incertidumbre futura. Compromìs sigue siendo una voz sensata, pero en un escenario más hostil que el de marzo. La mejor tradición de IU ya no está.

¿Qué fue de la política?

Distintas voces progresistas advierten de la inconveniencia de un gobierno conservador y jalean al secretario general del PSOE en su inquebrantable NO a Rajoy. “Pase lo que pase, hay que mantenerse en el rechazo, aunque haya que ir a  terceras elecciones”. Algunos amigos, que hace solo unos meses, consideraron la investidura de Sánchez a partir del pacto del PSOE y Ciudadanos -con apoyo, que nunca llegó, de Podemos- como un canto al liberalismo, lo reclaman ahora a modo de cuadratura del círculo. Cierto, que varias de estas personas lo apoyaron entonces y lo apoyan ahora, pero a nadie se le escapa que este parlamento, lamentablemente, ha girado a la derecha y es en este parlamento en el que habría que fraguar una alternativa de investidura y de gobierno.

Conscientes de esta realidad, no faltan quienes dibujan ya un nuevo horizonte electoral, no se sabe si animados por  la  esperanza o la resignación. Echo en falta, en cualquier caso, una explicación de por qué se renuncia desde las izquierdas a su herramienta más poderosa en democracia: la política. Me explico.

El partido con mayor número de escaños es el PP con 137. A 39 de la mayoría absoluta. Conocida la composición del Parlamento y la de los propios grupos parlamentarios, con sus prioridades políticas incluidas, yo me atrevo a adelantar una hipótesis: en esta ocasión, Sánchez no tiene posibilidades de liderar gobierno alguno, ya sea por la profunda y justificada desconfianza en uno de sus potenciales aliados, Podemos, ya por el acusado egocentrismo de su socio de marzo, Ciudadanos, o bien por la sinfonía de la insolidaridad del nacionalismo catalán. Por eso, entre el deseo y la realidad, conviene no hacer literatura, porque sin darnos cuenta, asoma diciembre. De manera que seré claro: apuesto por condicionar con hechos, reformas y programas la acción de un gobierno minoritario del PP en una legislatura, que seguramente no llegue a los cuatro años. Con este parlamento, no veo otro escenario.

En su libro “El curioso caso de Benjamin Button”, Scott Fitzgerald, decía que “nuestras vidas se definen por las oportunidades, incluso las que perdemos”. Con el resultado electoral del 26 de junio, peor que el del 20 de diciembre  de 2015, hay una oportunidad que no debemos perder: la de tener un gobierno parlamentario, un gobierno fuertemente condicionado por una mayoría parlamentaria que dé por concluida la reforma laboral, avance un plan riguroso de crecimiento económico y empleo de calidad, apruebe la Renta Mínima, garantice la viabilidad futura del sistema público de pensiones, activando el Pacto de Toledo, derogue la LOMCE y lidere un pacto de estado por la Educación, racionalice y financie las políticas sociales, abra la reforma constitucional, o fije prioridades de inversión para robustecer los servicios públicos. Que habrá dificultades para progresar por este camino, es más que posible. Que en ocasiones, esta mayoría plural y diversa, debe impulsar el más amplio consenso, sin duda. Lo que sería imperdonable es que atrapados por la lógica interna de la propaganda partidaria, vuele esta oportunidad.

El invierno que viene