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miércoles. 07.12.2022

La evanescencia de la política sin organización

Los llamamientos a la unidad popular acaparan el debate electoral, pero ¿qué ocurre tras las elecciones cuando los cargos públicos electos no sepan ante quién rendir cuentas al carecer de proyecto, método y organización?

Las izquierdas están condenadas a entenderse ante las elecciones generales del próximo otoño. La importancia de candidaturas unitarias, capaces de seducir al más amplio electorado, es un objetivo ineludible, que no puede fracasar por la tentación protagonista de alguno de sus actores. La salud democrática del país y sus gentes exige no ya derrotar al bipartidismo, sino las políticas que han sido consustanciales al mismo en las últimas décadas: una política fiscal y económica injusta e ineficaz, el progresivo abandono de las políticas públicas, los cambios normativos para activar el despido, impulsar el empleo precario y desequilibrar las relaciones laborales, las privatizaciones, el deterioro de los servicios públicos, o el compromiso para blindar la macroeconomía y el déficit frente a las condiciones de vida de las personas.

Sin embargo, no basta con expresar la necesidad retórica de la convergencia para que esta se active automáticamente. Ni siquiera es suficiente reunir a cientos de personas, sugerir una marca corporativa y proclamar el fin del bipartidismo. Con la prudencia que debe presidir este tiempo, creo imprescindible valorar política, programa, coalición y reglas de juego. De lo contrario las urnas, decisivas  e insustituibles en democracia, acabarán tumbando ideas, identidad, proyecto y organización. Por ello, aprendamos de la experiencia y evitemos un riesgo que puede derivar en una campaña incomprensible –viniendo de donde viene- contra la izquierda, la dignidad y la memoria. Alguien puede pensar que no es la izquierda la que va a derrotar a la derecha sino la gente. Está en su derecho recurrir a la caricatura. Pero deberíamos convenir, que converger es pactar programa, estrategia, formato electoral y candidatos. No es lo mismo decir que hacer.

La coalición electoral

En ciertos ámbitos de la izquierda y de manera singular en Izquierda Unida, se han sucedido en los últimos meses debates, no exentos de tensión y dureza, sobre la naturaleza e instrumentación de las candidaturas de convergencia –ahora dicen llamarse de unidad popular-. Aunque lo nieguen, esa ha sido la causa de la expulsión (desvinculación lo denominan en la dirección federal) de Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid y de sus 5000 militantes. La causa y todo un síntoma. Si alguien está dispuesto a prescindir de una de las organizaciones más importantes de IU, ¿por qué no a prescindir de IU como organización en los procesos de convergencia? Y entonces, el problema ya no es IU de Madrid; el problema es IU.

Quien suscribe esta opinión se encuentra formalmente desvinculado de IU por decisión ajena. Pero los que así decidieron no pueden impedir que decida ser de IU, porque soy de IUCM. No necesito reafiliarme porque ya estoy afiliado. Y en consecuencia, me siento parte de este debate que no se podrá eludir por mucho más tiempo. Ni disfrazar de unidad popular. Las elecciones están a la vuelta de la esquina y no es ocioso conocer si Izquierda Unida se presentará a las elecciones, sola o en compañía de otros, pero habrá que saber si está o no está. El fuerte descrédito de la marca IU a manos, principalmente, de la mayoría de su núcleo dirigente, parece encaminar a esta formación a la pendiente del no retorno, mientras estos dirigentes buscan posada en espacios más confortables.

Los detractores de las coaliciones electorales esgrimen con inusitada virulencia que no son los partidos sino los ciudadanos los protagonistas del cambio. Esta es una idea que se extiende en IU y fuera de IU. ¿A qué se debe esta campaña indiscriminada contra los partidos? ¿Se es consciente de lo que esto significa? Todas las herramientas de participación política han de someterse a las exigencias de los nuevos tiempos. Las coaliciones electorales han de ser espacios de convergencia entre la sociedad y la política, entre las ideas y la organización, entre el programa y la gestión postelectoral. Aún más sorprendente resulta que algunos de los más afamados voceros contra los partidos y los proyectos partidarios sean propagandistas sin límite de un partido, el suyo.

Merece la pena recurrir a la tolerancia, ser capaces de conjugar unidad y pluralismo. En estos días se presenta una posibilidad  de candidatura de izquierdas bajo el nombre de Ahora en común. Un espacio que puede ser de gran utilidad para sumar apoyo social y electoral a un programa y una candidatura de composición plural y progresista. Ahora en común puede y debe agrupar a gentes diversas de la izquierda social y política, además de ser sensible a procesos de convergencia más amplios. Es a Podemos a quien le corresponde pronunciarse definitivamente. De momento, ha pasado de la intransigencia a la flexibilidad retórica; de la nada a la casa común; de candidaturas únicas a coaliciones territoriales -estas últimas, derivadas de la singularidad política en algunos territorios-. Yo soy firme partidario de activar una candidatura como la citada, a partir de su articulación como coalición electoral, de un programa, una estrategia política y el respeto a las reglas de juego.

Sería una gigantesca irresponsabilidad ignorar en estos procesos la Ley Electoral y el Reglamento del Congreso de los Diputados, sobre la constitución de los grupos parlamentarios. No es una consideración formal. Es el ser o no ser de una fuerza política.

La organización y la izquierda

Con la misma decisión con la que defiendo el impulso de espacios y candidaturas unitarias, creo determinante la existencia de un método de trabajo, un programa y una organización. Si toda la energía de colaboración y convergencia se orienta a la voluntad de activar la unidad popular para derrotar al bipartidismo, y dejamos en blanco la página de la política y el modelo de convergencia, estaremos creando un espacio de unidad selectiva y otro de exclusión. Aún más: si como repiten hasta la saciedad portavoces cualificados de esta iniciativa, no son los partidos ni la sociedad civil organizada los protagonistas del cambio, sino las y los ciudadanos; y si los programas y el respeto a las ideas de cada cual no ocupan ni preocupan en los procesos de convergencia, a medio plazo nos podemos encontrar con escenarios poco deseables:

  1. Un profundo descrédito de las izquierdas como herramientas de transformación y cambio para mejorar la vida de la gente
  2. Una lenta pero implacable agonía de la organización democrática, ya sea social o política, como garantía de participación y de una gestión honesta y eficaz
  3. Un ataque indiscriminado a los partidos, relevados en el momento más cualificado del conflicto político, las elecciones, por agrupaciones, plataformas e instrumentos populares –también populistas- de vida evanescente en las ideas y la organización
  4. Un territorio tras las elecciones de creciente ambigüedad para que los cargos públicos electos, siendo gobierno u oposición, rindan cuentas de su gestión. Si la articulación de Ahora en común NO se concreta en una coalición plural y abierta, el control democrático de su gestión resultará imposible.

Por eso, entiendo tan importante el modelo de formato electoral que se elija, para que sea posible unir un buen resultado electoral de la izquierda a una perspectiva verificable de futuro.

La evanescencia de la política sin organización