viernes 25/9/20

A la derecha no le gusta el sonido del saxofón

El cuarteto de Casado, Álvarez de Toledo, García Egea o Ayuso, aún no han entendido que vivimos una situación excepcional que exige de toda la sociedad civil y política el mayor grado de generosidad.

 “No hay nada más honesto que el sonido de un saxofón”, recuerda Harry Bosch, el detective creado por el escritor norteamericano Michael Connelly.  Bosch es un tipo tozudo y decente que escapa de sus duras jornadas de trabajo con una buena pieza de Frank Morgan, Art Pepper o Miles Davis.


La pandemia del COVID19 que recorre el mundo, y de forma dramática nuestro país ha sido, triste es decirlo, el territorio elegido por las derechas para abrazar la estrategia de la rapiña haciendo uso de sus dos principales armas: la difamación y la mentira. Han preferido, con la ayuda del periodismo conservador y estrafalario, utilizar el coronavirus para ignorar la lealtad y adentrarse en el callejón de los canallas.

Cuando un golpe a la salud y de paso a la economía y a la convivencia, como el que está ocasionando el coronavirus te coge gobernando un país, solo cabe esperar la colaboración de la sociedad y la unidad de todas las fuerzas políticas y sociales. Un gobierno, claro está, que ha de actuar con responsabilidad y liderazgo, y dando debido cumplimiento a los consejos de sabios, científicos y expertos en la materia. Pero es evidente, que algunas fuerzas políticas no hacen honor al tiempo que les ha tocado vivir. Nunca antes gobierno alguno tuvo que enfrentarse a una pandemia de las dimensiones del coronavirus. Las políticas públicas y especialmente el Sistema Nacional de Salud están siendo puestas a prueba, con resultados desiguales: la red de la sanidad pública realmente existente, llamada a responder a este desafío, está pasando el examen con nota alta; pero nuestro sistema nacional de salud, con frecuencia idealizado y demasiadas veces catapultado al grupo de los elegidos, ha dado muestras de fragilidad y quizás quepa decir, que hemos exagerado un poco al calificar nuestra sanidad pública como “la mejor del mundo”.

No. No seré yo el que cuestione la sanidad pública española como uno de los pilares esenciales del estado de bienestar. Hemos de sentirnos orgullosos de nuestro Sistema Nacional de Salud y de sus profesionales, pero ha sido oportuna la iniciativa del Gobierno de proceder a evaluar globalmente nuestra sanidad, cuando derrotemos a la pandemia, e identificar las debilidades del mismo, tras demasiados años sometido a recortes presupuestarios, y de personal sanitario (sobre todo, enfermeras/os) a manos de las comunidades autónomas y del discurso económico liberal.

Por otro lado, la economía española, ahora prácticamente paralizada, se enfrenta a un reto no menor: recuperar la actividad productiva y el empleo en un mundo global gestionado por dirigentes políticos que, en algunos países, salieron de la mediocridad para alcanzar la más absoluta miseria.

La derecha no tiene límites

Al mencionado detective Harry Bosch, le gusta el sonido del saxofón, una especie de homenaje a la existencia y a la soledad con la que establece un pacto en su casa del valle de San Fernando, cerca de Los Ángeles, después de haberse peleado con alguno de sus jefes por buscar hasta el límite  la verdad y la justicia en la investigación criminal.  La derecha extrema y la extrema derecha, que libran una dura batalla por ver quién la tiene más grande -la bandera-, ya no disimulan su adicción a la indignidad, a la que recurren, incluso cuando se trata de impedir que el coronavirus siga matando y contagiando a miles de personas. Obsesionados con debilitar a cualquier precio el gobierno de Sánchez, son incapaces de distinguir el sentido común de la solidaridad del mezquino, en este caso, sentido de la disputa partidaria y de la rapiña política en tiempo de pandemia. Sería imposible elegir en esta cruzada de ignominia, las declaraciones más infames que  las derechas han esparcido y esparcen por todos los rincones de la sociedad. Víctimas de su inmadurez política -a mi juicio, estamos ante los dirigentes conservadores más agrestes desde la transición democrática- no han dudado en llevar la política al territorio de la maldad y el insulto, que tan bien domina el cuarteto de Casado, Álvarez de Toledo, García Egea o Ayuso. Aún no han entendido, que vivimos una situación excepcional que exige de toda la sociedad civil y política el mayor grado de generosidad.

Podría alguien pensar que un razonamiento como este, equivale a neutralizar a la oposición y convertir el debate democrático en un monólogo del gobierno. Seguramente, por las cabezas de Casado y Abascal, a los que cuesta calificar como líderes de la oposición, esta idea a modo de excusa, sea la que ilustre su forma de actuar. Claro que es legítima la crítica al Gobierno y a su estrategia para frenar la pandemia y reactivar más tarde la actividad productiva. Su gestión, por ejemplo, de la planificación, compra y distribución de material sanitario, especialmente dirigido a las/os profesionales de la sanidad pública, cabe considerarla de manifiestamente mejorable. Sin embargo, esta observación crítica ha derivado en boca de la derecha, hacia una permanente descalificación de la acción de gobierno, que se enfrenta a una emergencia súbita sin precedentes en la historia democrática. Criticar desde la lealtad no forma parte de su código de conducta.

Agoreros y profetas

En la novela “El hielo negro”, Harry Bosch, contempla desde su casa la ciudad iluminada de Los Ángeles, saboreando una copa de Bourbon y aborreciendo a burócratas e iluminados. Nada mejor entonces que una pieza de saxofón, cuyo sonido describe como lo más honesto del mundo. Y de profetas e iluminados no vamos mal en nuestro país. Es el complemento ideal para Casado y Abascal. Medios de comunicación desatados en su ofensiva por vincular la evolución de la pandemia a la incompetencia del ejecutivo. Periodistas empeñados en extender el drama y la angustia, con reportajes improvisados sobre el caos en que estamos sumidos. Y pensadores y tertulianos, derramando saber y consejos sobre lo que se tuvo que hacer y no se hizo. Son los profetas del ayer. Decía Manuel Vicent, en su columna del 22 de marzo, en El País, que “en el barco de la isla del tesoro al tripulante que sembraba el desánimo en medio de la tempestad se le arrojaba al agua”. Pues efectivamente, así debería ser. Un versado periodista y tertuliano, ex director de  periódico y de opinión moderada casi siempre, arremete sin piedad en estos días contra la gestión que el gobierno está haciendo de la pandemia, y más concretamente contra el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, al que acusa de mentir y de tratar como “tontos e ignorantes” a los españoles. Lo hace, pidiendo a la izquierda que “acepte las críticas y no se atrinchere en su verdad, ignorando las iniciativas que otras voces sugirieron”. Ha sido contestado de inmediato por otras/os colegas de profesión, pero me quedo con una respuesta de alguien que leyó todos sus artículos desde el mes de enero hasta el 9 de marzo, y en ninguno de ellos planteó alternativa distinta a las que ha puesto en marcha el Gobierno. Por eso, a veces, es mejor callar que hablar con soberbia.

Nada volverá a ser como antes. No se trata de decir amén a la gestión del ejecutivo y a cuantas medidas ponga en marcha para hacer frente al coronavirus. Cada uno debe actuar como estime oportuno, con crítica, si es necesario, pero con lealtad. No quiero ni pensar en las soluciones que hubiese elegido un gobierno conservador, especialmente económicas, para encarar la pandemia, pero si recordaré que nos jugamos la salud y la economía, y también no lo olvidemos, el futuro de España y de Europa. Europa puede quedar noqueada si no es capaz de promover respuestas globales, transversales y coordinadas, -la izquierda y el movimiento sindical deberían ser más audaces y activos en esta idea-  porque asistiremos a una indeseable renacionalización de la política y al crecimiento de las formaciones conservadoras y ultraderechistas.

A la derecha no le gusta el sonido del saxofón