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sábado. 01.10.2022

Cuando el enemigo da consejos

Leo en un medio de comunicación conservador la necesidad de que los sindicatos reflexionen sobre las razones que les llevan a “ser noticia” un día sí y otro también...

No será tarea fácil acabar con los sindicatos. CCOO ha hecho guardia en garitas más precarias. El sindicalismo no es un oficio al que se llega por concurso publicitario

Leo en un medio de comunicación conservador la necesidad de que los sindicatos reflexionen sobre las razones que les llevan a “ser noticia” un día sí y otro también, por asuntos poco edificantes. “La gente que luchó contra la dictadura, como Camacho o Redondo, ya no está al frente de los sindicatos”, afirman. Algunos de esos medios de comunicación, que existían en los años duros del franquismo, nos llamaban entonces “enemigos de España”. Y no dudaron en jalear, por ejemplo, la sentencia del proceso 1001 que condenó a diez dirigentes de CCOO, entre ellos Camacho, a 161 años de cárcel, el 30 de diciembre de 1973.

Hace unos meses comentaba en un medio de comunicación, que los sindicatos como las fuerzas políticas y otras organizaciones que se mueven en el ámbito de las políticas públicas, están obligados a cambiar algunos códigos de conducta, a abrirse más a la ciudadanía, a extender la democracia, a mejorar la participación y la comunicación con la gente, a intensificar la transparencia, a ser implacables contra quienes pretenden lucrarse a costa del trabajo de los demás. No hacerlo conlleva un doble riesgo: erosionar la dignidad del sindicalismo y, de paso, alimentar la operación mediática contra los sindicatos. El último congreso de CCOO abordó sin complejos este reto.

Crisis, sindicatos y medios de comunicación

La crisis económica que va camino de los seis años es un factor claro de incertidumbre. La destrucción masiva de empleo, favorecida por el liberalismo rampante que ya no oculta su desprecio por las políticas públicas y su apego a la ley de la selva –sálvese quien pueda-, ha debilitado el proyecto sindical y su capacidad para fortalecer la organización, porque la afiliación se resiente como consecuencia de la fuerte reducción de la población asalariada. A los sindicatos no se afilian marcianos, sino trabajadoras y trabajadores con empleo, y cuando este se pierde, en muchos casos la afiliación también. Digo en muchos casos, no siempre, porque en ocasiones la afiliación deriva en militancia, en fidelidad a una organización que, pese a sus detractores, no deja de pelear por los derechos de quien depende de un salario en su centro de trabajo. Por eso, nos vota la gente en las elecciones sindicales en las empresas. Allí saben la persona que les defiende y la que no. Eso “no es noticia”, pero afortunadamente es real como la vida misma.

Decía Antonio Machado que “es propio de hombres de cabezas medianas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza”. Para ciertos medios de comunicación y para sus más conspicuos portavoces, el sindicalismo de clase en España no les cabe en la cabeza. Quizás sería mejor decir, no forman parte de su ideario cerebral. Los sindicatos, dicen, constituyen una barrera en la “liberalización del país”, son viejas plataformas que no encajan en el actual proceso de demolición del Estado de bienestar. Para que la campaña antisindical gane en eficacia, convierten hechos aislados de malas prácticas -que las ha habido- en escándalos mediáticos de corrupción al uso, como si de una Gurtel cualquiera se tratara. Todos son iguales. Políticos y sindicalistas viven del Estado. Hay que acabar con ellos. Poco a poco se siembra la idea de hacer “política sin partidos, sindicalismo sin sindicatos y porqué no, democracia sin votos”. De esta forma, quienes nunca creyeron en la democracia empiezan a asomar la cabeza de la mano de este periodismo de trinchera que primero fabrica el escándalo y más tarde dice lamentar sus consecuencias.

No será tarea fácil acabar con los sindicatos. CCOO ha hecho guardia en garitas más precarias. El sindicalismo no es un oficio al que se llega por concurso publicitario. Los medios de comunicación que nos aconsejan medicina antifranquista para emular a nuestros antecesores y que al mismo tiempo, nos inyectan liberalismo en vena, no dejan de exhibir una indecente complicidad con el proyecto conservador que hoy nos gobierna. Son capaces de contar los recortes en educación o en sanidad como un paso imprescindible para el saber y la salud. No tienen límite. Cuando la reforma laboral abrió en canal la posibilidad de despedir más fácil y más barato, dijeron que era para crear empleo. Seis millones largos de personas en paro les contemplan. Pero les da igual.

En su punto de mira siguen los sindicatos y ahí seguiremos porque si nuestra conducta no facilitara sus planes, volveríamos a las portadas de la prensa escrita, a los espacios audiovisuales, o a las redes sociales, por nuestra intransigente voluntad de sindicalistas alineados con los valores de la izquierda. Y es que a nosotros no nos cabe en la cabeza otra cosa que la que hacemos: defender a trabajadoras y trabajadores sin empleo y con empleo, a mujeres, jóvenes e inmigrantes, a pensionistas y a la inmensa mayoría de la sociedad que sufre las consecuencias de unas políticas especialmente hostiles con la igualdad, la justicia y la solidaridad. Sí, eso tiene mucho que ver con la izquierda, con la izquierda sindical que el 30 de diciembre de 1973 fue condenada a 161 años de cárcel por defender los derechos de los trabajadores, y con la izquierda de hoy que desde CCOO lucha por el empleo digno y con derechos, por los sistemas públicos de protección social, por el convenio colectivo, y lo hace ignorando los consejos de su enemigo.

Cuando el enemigo da consejos