Jueves 20.06.2019

Cuando las derechas se pelean

Albert Rivera en el pleno del Congreso de los Diputados.
Albert Rivera en el pleno del Congreso de los Diputados.

En democracia, que el territorio de las derechas sea objeto de disputa no debe sorprender a nadie. Otra cosa es que esa pelea engendre monstruos y recupere lo peor del proyecto conservador


El Partido Popular y Ciudadanos andan a la greña. Las elecciones catalanas han agitado el territorio conservador, y mientras unos buscan razones para sobreponerse al desastre de los votos y la corrupción (PP), otros ya creen en las encuestas que les sitúan como el principal partido del centro derecha (Ciudadanos). Nada debería sorprender de esta reflexión en democracia, salvo que la disputa por la hegemonía conservadora se haga desempolvando el ideario más reaccionario de la derecha española. Si a ello sumamos la debilidad de las izquierdas, el panorama se nos antoja trágico. ¿Se imaginan un gobierno conservador y un primer partido en el parlamento también conservador?

Que el PP vive los peores momentos de su existencia parece incontrovertible. No es fácil burlar las consecuencias de una corrupción que ha crecido en las tripas mismas del partido y que amenaza con minar la credibilidad del propio Rajoy. Es verdad que sigue contando con una fuerte presencia en la España menos industrializada y en una parte nada desdeñable del voto urbano, que alivia un poco su progresivo declive electoral. Pero no es menos cierto que Ciudadanos invade poco a poco su territorio, desoyendo incluso el consejo del novelista británico, J.M. Barrie, cuando advertía que “jamás debe atribuirse a un rival actos más ruinosos que los tuyos”. Rivera, que no es Arrimadas, ha cogido la brocha gorda y liberado ya del manto socialdemócrata (que nunca tuvo) no repara en gestos ni tropelías para hacerse con la mayoría del voto conservador. El futuro inmediato anuncia tormenta en las derechas. Veremos por donde despeja.

¿Liberales y conservadores?

Decía que el desencuentro de liberales y conservadores (con algunos matices en esta España de escaso poso democrático de las derechas) ha de normalizarse en las sociedades abiertas, de la misma manera que las izquierdas (ahora en horas bajas) protagonizan permanentes grescas, con mucho ruido y pocas ideas. En el caso que nos ocupa, PP y Ciudadanos han elegido el camino más siniestro para llegar al campo de batalla. Falso patriotismo, seguridad y represión, lengua y fractura social, simulacro de reforma electoral,  lamentables resistencias al reconocimiento de la igualdad y los derechos de las mujeres, himnos y banderas. Dicen algunas voces que ambos partidos agitan las emociones para declararse mutua hostilidad y defender sus respectivos espacios políticos y electorales. Yo no hablaría de emociones. Esa palabra simularía dignidad allí donde solo hay fango.

El PP conservador y Ciudadanos liberal. No siempre los apellidos hacen honor al sustantivo. Ciudadanos, en la cruzada emprendida para seducir a buena parte del electorado conservador, ha elegido una agenda reivindicativa de dudosa naturaleza democrática. La prisión permanente revisable, el patriotismo excluyente, las banderas y los himnos (ahora aliñados con la calidad literaria de Marta Sánchez), o la defensa corporativa del español en el mundo educativo catalán, han provocado en el PP la correspondiente respuesta integrista. De esta manera, la reubicación política de ambas formaciones, animadas por tan edificante debate, no encuentran afinidades en el liberalismo conservador europeo, sino en el discurso reaccionario de la extrema derecha francesa, italiana o alemana.

Soy consciente del impacto transversal que tuvo Ciudadanos en la sociedad española y, especialmente, en la sociedad catalana. El perfil de su candidata, la simpatía que su pelea despertaba en una comunidad zarandeada por el independentismo más vulgar y autoritario, la impronta reformista que podía llegar a desprenderse de alguna de sus propuestas, le acercaron a sectores muy diversos del electorado catalán. Si además sumamos la deriva política y la deteriorada imagen del PP, no sería original en el diagnóstico si advirtiera que unos suben y otros bajan. Pero mucho me temo que populares y naranjas han iniciado un juego muy peligroso para la sociedad española: competir en demagogia y gestos de contenidos muy reaccionarios que pueden situarse, en ocasiones, extramuros de la democracia. Por si fuera poco, ambas formaciones se reclaman de la misma escuela económica, la que atribuye a las ciudadanas/os la capacidad de progresar en su bienestar social (sálvese quien pueda), reduciendo las políticas públicas a una mera presencia simbólica. Neoliberalismo en estado puro.

Por eso, siendo apreciable en sectores amplios de la sociedad española un sentimiento de hartazgo respecto del PP, que se tiene más que merecido, no conviene levantar falsas expectativas ante el momento dulce de un partido, que, encuesta en mano, empieza a ser tan amable con el himno nacional de Marta Sánchez como impertinente con sus adversarios políticos.

Cuando las derechas se pelean