sábado 31/7/21

Calle de Arturo Barea (propuesta vecinal)

Barea estaba muy comprometido con la causa obrera, tal vez porque le marcó la pobreza de su familia y de la gente de los barrios.

unnamedCompré un libro titulado Arturo Barea triunfo en la medianoche del siglo, escrito por Michael Eaude en la librería/café La Fugitiva que se encuentra en lo alto de la calle de Santa Isabel. Justo al lado de una de las callejas del Mercado de Antón Martín donde Toni Romano, héroe y perdedor personaje de Juan Madrid, frecuentaba una tabernucha en los ochenta. El dependiente me dijo que casualmente estaban recogiendo firmas en el barrio para pedir una calle para Barea y me ofreció un pliego que firmé.

Barea tiene calle en Badajoz, donde nació y vivió unos pocos años y en Novés (Toledo) donde durante algunos años pasó fines de semanas y vacaciones. No  la tiene aún en Madrid, la ciudad de su infancia, juventud y parte de su madurez donde transcurre en buena medida su gran trilogía La Forja de un rebelde (1941).

No quitaría sus calles o plazas a autores como Muñoz Seca o González Ruano por muy fachas que fueron y prefiero que se añadan  otros que mereciéndolas no las tienen como Arturo Barea. Deseo que la iniciativa vecinal llegue a buen puerto y que mi doblemente paisano (extremeños por nacimiento y madrileños por emigración) tenga su calle o plaza, a ser posible  en Lavapiés o en otros de los barrios por los que transitó.  Esto ayudaría tal vez a rescatar del olvido una de las obras más formidables de la literatura española contemporánea.

El libro de Eaude es un estudio crítico exhaustivo, muy interesante, de toda la labor creativa de Barea como novelista, periodista, locutor, conferenciante y crítico literario. Aunque La forja de un rebelde es una autobiografía muy fiable (cosa rara en el género) hubiera estado bien cotejarla con las opiniones de Eaude, que sin duda ha investigado seriamente a Barea, de cuya vida solo da algunas pinceladas, casi todas de su etapa de exiliado en Inglaterra.

Barea estaba muy comprometido con la causa obrera, tal vez porque le marcó la pobreza de su familia y de la gente de los barrios. Se le hacía insoportable que su madre, viuda, tuviera que hacer trabajos extenuantes  e insalubres,  como el de lavandera en el río Manzanares. Llegó a tener empleos de cierto nivel pero fue constante en su  militancia activa en la UGT, en su gremio y en la Casa del Pueblo.

Barea, estando inequívoca y activamente con el bando republicano, nos dejó sobre  la Guerra Civil un testimonio (tercer tomo de La forja..,) que no cuadra del todo con los relatos actuales  del cine, la televisión  o la narrativa.

En La forja… elogió la heroicidad de los defensores de Madrid sin ocultar los comportamientos criminales de algunos de ellos siendo muy duro con las ejecuciones sumarias y arbitrarias perpetradas, sobre todo por patrullas anarquistas.

Sin ser comunista se aproximó al PCE, cuya política y disciplina consideraba la más eficaz para ganar la guerra a Franco, con quienes colaboró desde un puesto de censor de la prensa internacional en la ciudad cercada, Después rompió por no compartir los métodos estalinianos y su compañera Ilse Pollak-Barea y él fueron apartados de su trabajo en el edifico de la Telefónica, y aun pudo ser peor, al menos para Ilse, sospechosa de inventadas conexiones con el trotskismo.

Puede que el resultado literario de la observación honesta y “objetiva” de Barea, que tanto disgustó a la dictadura tampoco sea de interés en la democracia recuperada, pues aparte de la serie televisiva dirigida por Mario Camus en 1990, no hubo apenas reediciones de su obra. Los administradores de la memoria histórica se inclinan por la pedagogía simplista de quienes solo pintan una batalla de malvados absolutos (fascistas) contra buenos buenísimos (republicanos).

Encuentro parecidos en la suerte o mala suerte de dos escritores muy distantes en sus ideas y vivencias, Arturo Barea y Rafael Cansinos Assens. Los dos escribieron mucho pero su grandeza está en un solo libro, La Forja de un rebelde  y La novela de un literato. Son dos magníficos retratos de dos círculos distintos que transcurren al mismo tiempo y en el mismo espacio.

Cansinos, además de escribir, apenas salía de los cafés cercanos a la Puerta del Sol salvo para algún paseo noctambulo de regreso a casa. Mientras que Barea  muy cerca de esos mismos cafés de la calle de Alcalá se forja en el trabajo y se entusiasma con la Republica, Cansinos Assens  que vive de traducciones solo vive para la Poesía y las tertulias literarias.  No le interesan más tratos que los que mantiene al principio con sus maestros y más tarde  con sus discípulos y las rivalidades entre consagrados como la que mantenía con Ramón Gómez de la Serna.

Barea amaba al pueblo de Madrid y a sus barrios populares mientras que Cansinos le desagradaba la capital (donde pasó casi toda su vida) su "casticismo" y sus duros inviernos y alababa la Sevilla cálida de su niñez burguesa.

Barea luchó y se exilió y Cansinos ni luchó ni se movió, pero a la postre les une que el régimen franquista los trató igualitariamente:  La  forja… no se editará en España hasta 1977  (¡muchos años después que algunas obras de Marx!), y Cansinos, reducido al ostracismo, no consintió que se mutilara La novela de un literato como condición para su publicación y murió sin verla en las librerías. La prohibición a  Barea se entiende por su antifranquismo mientras que la persecución de Cansinos solo puede explicarse por sus inofensivas simpatías con el judaísmo y la herencia sefardita.

Calle de Arturo Barea (propuesta vecinal)