miércoles 01.04.2020

La contribución de Ceferino Maestú a Comisiones Obreras

En memoria de Ceferino Maestú Barrios, periodista y sindicalista

Ceferino Maestú tenía quince años y su padre cuarenta y cinco cuando, el 27 de julio de 1936,  los sacaron a los dos de su casa de San Roque  un grupo de soldados  marroquíes del ejército sublevado contra la República y a empellones los llevaron al final de la Alameda donde había más detenidos: “salieron del cuartel unos pocos soldados, despechugados, borrachos de victoria: matadlos, matadlos”. Así relata Maestú en sus Memorias [1] como asesinaron a su padre, que había sido gobernador republicano de la provincia de Huelva.  Estaba  afiliado a la Unión Republicana de Martínez Barrios, que junto a las izquierdas ganaron las elecciones de febrero del 36. Contrario a los “excesos del Frente Popular”, Maestú padre dimitió poco antes de que las tropas  de Franco pasara el estrecho de Gibraltar. Ceferino se salvó de ser fusilado junto a su padre en el último momento porque un oficial, padre de unos amigos suyos, lo reconoció y lo sacó del grupo de víctimas.

Pese a esto se enroló en el ejército “nacional”  dos años después. Tal vez esa decisión de “pasarse al enemigo” fuera la mayor de las contradicciones de su vida. Para obtener la autorización de su madre por ser menor  le decía que era la mejor forma de protegerla a ella y a las hermanas que se habían trasladado a Galicia. Los horrores que vio le hicieron dejar enseguida las armas pero no la Falange, a la que también se había apuntado por sus promesas de revolución social. Solo la abandonaría muchos años después  cuando creyó que había sido secuestrada por Franco.

Ceferino Maestú nació en Vigo en 1920 y murió en Madrid el 13 de diciembre de 2016. Fue periodista y fundador de la agencia FIEL. Escribió miles de artículos y casi cien libros sobre filosofía, religión, historia, política y sindicalismo, su gran pasión. Ya nonagenario aún escribía y participaba asiduamente en reuniones y charlas desplazándose al centro de Madrid desde su casa de Boadilla del Monte.

 Lo conocí fugazmente en una reunión clandestina hacia 1968 o 1969, celebrada en un colegio por Ciudad Lineal, donde se entremezclaban jóvenes católicos  con viejos anarquistas y socialistas. Con el tiempo olvidé de qué iba esa reunión a la que fui con otros compañeros que habíamos dejado la JOC. Cuando conocí de cerca a  Ceferino treinta años después, se lo pregunté y me dijo que fue un intento, fallido, de montar una organización alternativa al movimiento de CCOO del que se había marchado en 1966.  Se acordaba perfectamente incluso del lugar, su memoria estaba intacta, no así su oído, que lo tenía muy perdido. Cuando le  entrevisté  y grabé en 1998 en una ruidosa cafetería para mi libro Comisiones Obreras en la Dictadura, tuvimos que entendernos  a gritos.

En los últimos diez años he tenido la fortuna de conversar con él en su casa o en otros lugares, como el café Comercial o el local de las Hermandades del Trabajo donde se encontraba con compañeros. También paseando, mientras él llevaba en la mano una enorme cartera, llena de papeles y libros que me traía y que llevaba con dificultad  por  su fragilidad física.

Antes de entrar a valorar el corto y significativo pasaje de Maestú por Comisiones Obreras hay que dar algunas pinceladas sobre su trayectoria entre la guerra y el antifranquismo.

Fue miembro de la Centuria Iñigo de Loyola del Frente de Juventudes, cuyo capellán era  el Padre Llanos a quien  le uniría una buena amistad no exenta de puntuales discrepancias. Ceferino en sus Memorias trata a Llanos cariñosamente pero le lanza algunas puyas por su extremismo falangista inicial. Maestú negó en ocasiones su  falangismo (no su devoción por José Antonio) para volver a afirmarlo en otras, pero su condición de creyente y de cristiano avanzado y comprometido fue una constante en su vida religiosa y militante.

A finales de los años cuarenta el Régimen franquista estaba aún aislado internacionalmente por la derrota de las potencias fascistas, pero la Iglesia española seguía a su lado convalidando la terrible represión. Sin embargo en la Acción Católica había quien si quería alejarse del franquismo y se les ocurrió la razonable y a la vez loca idea de crear un sindicato cristiano. Manuel Lizcano fue el promotor de la nonata Confederación de Trabajadores Cristianos (C.T.C) en cuyo proyecto participó el joven Maestú: “Rezamos muchas horas. Discutimos el contenido y la estrategia de la Confederación…al servicio de los trabajadores, que también son hijos del Padre” [2].

Empezaron poniendo trabas en las alturas de la propia Acción Católica, incluso “el mismo Padre José María de Llanos, el que terminaría siendo, cristianamente paradójico, amigo íntimo de ‘La Pasionaria’ comunista” [3].

El obispo de Madrid puso el veto. Leopoldo Eijo Garay, vigués como Ceferino, fue obispo de Madrid-Alcalá (y Patriarca de las Indias Occidentales titulo suprimido a su muerte) desde 1923 a 1963 siendo quien más años estuvo en el cargo.  Había sido en 1937 coautor, con el entonces primado Isidro Gomá y Tomás y su sucesor Enrique Pla i Deniel, de la carta colectiva  de “los obispos españoles” (solo 5 se negaron a firmarla de unos 50) dirigida a los católicos del mundo justificando la “Cruzada”. Si hay una  ausencia clamorosa en la ley y en la campaña de la Memoria Histórica es la responsabilidad de la jerarquía católica, a la cual nadie le pide cuentas por su complicidad. Tampoco que devuelva  la muy jugosa retribución  que recibieron en dinero, en especie y en honores por su papel de sostén “moral” de la sanguinaria dictadura. Por poner un pequeño ejemplo en Madrid hay calle y plaza del Patriarca Eijo Garay.

La verdad es que era imposible que el Régimen  autorizara un sindicato separado del oficial y único, pues la OSE y la secretaría general del Movimiento de la que dependía, eran el reducto que la dictadura asignó al falangismo. El verdadero poder lo ostentaba el “Caudillo” y solo lo compartía con los militares y con las clases altas y en el gobierno los falangistas estaban siendo muy desplazados por los tecnócratas del OPUS.  Fuera de la centralidad del poder los franco-falangistas como Fernández Villaverde, Arrese y después José Solís no estaban dispuestos a compartir con nadie la influencia y los privilegios de ese gran monopolio mal llamado Sindicato Vertical. Lo máximo, y a regañadientes, que admitían eran organizaciones seglares obreras como la HOAC, sin competencias sindicales.

Si la C.T.C. hubiera cuajado, posiblemente todavía hoy habría en España un importante sindicato cristiano como la CSC en Bélgica o un sindicato laico de origen cristiano, probablemente mayor que la USO o fusionado con ésta, al estilo de la CISL italiana. Pero los obispos no quisieron avalarlo y ni tan siquiera intentarlo: con la Iglesia hemos topado debieron pensar los sindicalistas…y eso que eran de la casa. Roma locuta, causa finita.

Maestú refundó en los años sesenta la tertulia de La Ballena Alegre, en el mismo café Lion de la calle Alcalá 59 donde José Antonio Primo de Rivera tuvo la suya, buscando rescatar la autenticidad de la Falange. Por allí pasaron incluso Marcelino Camacho y Julián Ariza, al crearse la primera Comisión del Metal. Pero un día un grupo de provocadores entre los que estaba el que sería líder de los parapoliciales “Guerrilleros de Cristo Rey” armó un gran alboroto con el propósito, logrado, de que se denegara el permiso para las reuniones de la Ballena.

En esos años  crearía con Narciso Perales y otros falangistas disidentes la revista Sindicalismo de confusa mezcolanza de ideas anarcosindicalistas (pestañistas) y falangistas. La revista era legal y se distribuía principalmente en la calles, pero al final fue cerrada por decisión de Fraga, entonces ministro de Información, quien le dijo a Maestú cuando  fue a quejarse: “se acabó. Estoy harto de aguantar los ataques de Don Camilo”. Se refería al ministro de la Gobernación Alonso Vega, a quien los estudiantes llamaban Don Camulo, y por algo sería. El mismo Franco confió a su primo y secretario Francisco Franco Salgado-Araujo, que la revista Sindicalismo solo tenía apariencia falangista: “esta revista, que intenta presumir de falangista y sindicalista de izquierdas, está muy cercana al comunismo, al que ataca muy débilmente para disimular” [4].  

Guardo todavía unos cuantos ejemplares de Sindicalismo de los años 1964 y 1965 que me regaló Ceferino, y algún recorte de ellos inserté hace poco en una publicación sobre el cincuenta aniversario de la Comisión del Metal.  Ceferino Maestú tras el cierre de la revista Sindicalismo había llegado a la conclusión de que la Falange no tenía recuperación posible: “No hay futuro. Es verdad que la Falange de Franco no es la de José Antonio (…) pero no es posible que el pueblo español lo entienda (…) Yo escojo la causa de los trabajadores, del Sindicalismo. Lo único que queda” [5].

Ceferino Maestú publicó en la revista Índice [6] en 1968 un largo trabajo titulado Ideas para una teoría del Movimiento Obrero que sería la base programática para crear la ilegal Unión de Trabajadores Sindicalistas (UTS) que en los años siguientes  participaría en el desarrollo inicial de las Comisiones Obreras de Madrid.

La UTS era un grupo pequeño pero según Maestú tenían algunos elementos en Vizcaya, Barcelona, Valencia, y Alicante, subrayando  la presencia en varias fábricas de Madrid como Pegaso (menciona de esa fábrica a Francisco Meseguer que fue uno de los 13 de la Comisión del Metal), Manufacturas Metálicas Madrileñas y Funtam. También resaltaba que al frente de la UTS de Vizcaya estaba una mujer universitaria, María Bautista Bilbao, que vivía en una comunidad religiosa.

Cuando la Comisión del Metal fue expulsada en 1965 de los locales del Vertical, Maestú y los hermanos falangistas Emilio y Serafín Reboul facilitaron que se reunieran en el Centro Manuel Mateo de la calle Vergara. Estaba regentado por José Hernando, hombre de las Hermandades del Trabajo a quien el ministro Solís cedió ese local dentro de su política de apertura controlada.

Allí se unieron a los metalúrgicos otras ramas y se constituyó entre otras, la Comisión de Artes Gráficas, en la que se integró el propio Maestú, junto a Martínez-Conde, Sartorius… En noviembre de 1965 se inició la discusión del documento titulado Ante el futuro del Sindicalismo redactado inicialmente por él y que después de las aportaciones del debate  se convertiría en la primera declaración de CCOO también conocida como “Documento de los 100”. En junio de 1967 la 1ª Asamblea Nacional de CCOO lo asumió  y se distribuyó por todo el país sirviendo de base para la constitución de otras Comisiones.

Hace unos años Ceferino me entregó  el original  de ese texto pionero que yo pasé a la Fundación 1º de Mayo. También me permitió rastrear en su amplio archivo prestándome para fotocopiarlos otros muchos papeles sobre nuestra historia, que en algunas páginas era también suya.  

En 1966 vendría la primera asamblea de la Inter-ramas a primeros de junio en el Pozo del Tío Raimundo donde después de ser expulsadas también del Manuel Mateo, hubieron de refugiarse acogidas por el cura Llanos cada vez más comprometido con la causa obrera. De esa asamblea salió la convocatoria de manifestación que concluiría el día 28 de junio ante el ministerio de trabajo con muchas detenciones entre ellas las de los cuatro que la encabezaban: Marcelino Camacho, José Hernando, Víctor Martínez-Conde y Ceferino Maestú. Ceferino cuenta en sus Memorias, que el policía mecanógrafo quiso pegarle cuando en el interrogatorio declaró: “Soy falangista leal a José Antonio Primo de Rivera (…) saltó como una fiera para pegarme, pero el comisario Yague, Jefe de la Brigada le sujetó”.

Los cuatro fueron procesados y  más tarde condenados a varios meses de cárcel que solo cumpliría Marcelino Camacho, al ser de nuevo arrestado y condenado al año siguiente. La gran represión que se desató sobre CCOO a partir de esos momentos fue una de las razones por la que algunos de sus líderes iniciales se retiraron. Es lógico que las consecuencias que esta represión tuvo tanto en lo personal como en el ámbito familiar y social de los activistas no se encajó de la misma manera entre los militantes comunistas que ya habían pasado más veces por esa, o peor situación, que entre los nuevos militantes.

Ceferino también se apartó argumentando que CCOO había perdido independencia y pluralidad en favor de los comunistas. Julián Ariza trató de convencerle en una conversación que tuvieron cerca de las escuelas Aguirre pero no lo consiguió. Julián recuerda que le dijo algo así como: “este autobús está lleno de comunistas y yo me bajo en la próxima parada”.

Maestú mantuvo relaciones de amistad con José Hernando y con Víctor Martínez-Conde, quien en democracia pasó a la UGT donde fue secretario general de la federación de artes gráficas.  De Marcelino, Ariza y Sartorius siempre hablaba con gran respeto y me confiaba su deseo de tener una reunión con todos ellos que no llegó a hacerse. Todavía cuando  Marcelino ya había fallecido, de vez en cuando me preguntaba si todavía vivía.

En la actual etapa democrática Maestú participó en otros proyectos como el sindicato CTI del que sería secretario general, pero nunca ocultó y al contrario exhibió con orgullo, su condición de co-fundador de Comisiones.

Sirva este artículo como homenaje a un hombre honesto y valioso militante de la causa de los trabajadores.


[1] MAESTÚ, Ceferino: La vida que viví con los demás, Madrid, 2006.
[2] La vida que viví con los demás.
[3] La vida que viví con los demás.
[4] FRANCO SALGADO-ARÚJO, Francisco: Mis conversaciones privadas con Franco.
[5] La vida que viví con los demás.
[6] Números 217 y 218.

La contribución de Ceferino Maestú a Comisiones Obreras