sábado 18/9/21

World Trade Center y el año de la serpiente

Señor Presidente, ¿Seguirá permitiendo que la astrología decida su rutina?

Buscar significado en las constelaciones, descubrir el lado científico de un cubo que carece de aristas, la astrología se ha convertido con el paso de los siglos en una herramienta para encontrar campos de luces sobre terrenos cada vez más oscuros. Si los signos determinan o no el destino ya parece ser parte de otra historia. Su lado histórico y atractivo se da en el desandar, en lo que vemos. Si tomáramos una fotografía sobre nuestra vida al momento de nacer tendríamos una carta astral, una especie de colgantes sonoros y zodiacales que nos protegen, un sonajero de signos lunares, signos solares y ascendentes. Estrellas esparcidas a lo largo y a lo ancho de un terreno infinito, un cosmos que se expande a pasos agigantados, intentamos encontrar, aunque efímero parezca un pequeño rincón donde sentirnos seguros en este vasto universo que nos rodea.

La antigua Babilonia, usina de los doce signos, corrió sus estacas, ampliando el concepto de astrología, estudiando el signo solar que todo lo sabe y que todo lo ve. Adjudicarles forma a las estrellas fue una droga de iniciación, un alimento no perecedero que sitúa hoy día a las estaciones, a las mareas y a las cosechas en un mundo tan previsible, un mundo al que, en el siglo II a.C, el astrónomo Claudio Ptolomeo y su libro Tetrabiblos le infería el carácter de sentido común, Los cuatro libros de los juicios de los astros y el centiloquio o las cien sentencias fue solo el comienzo. Un siglo XVII que nos trajo los aportes de la ley de la gravedad, del espectro visible, de la circulación de la sangre y de la utilización de los telescopios para determinar que era cierto y que no. Una era que acababa cerrando las puertas a viejos conceptos pero que terminaba abriéndolas a una oleada de efectos placebos y leyes de atracción, ya no bastaba con creerse distintos, era necesario comenzar a nadar en otras aguas si es que estas aguas ya no nos representaban.

 “No somos de hoy o de ayer, somos de una edad inmensa” dijo Carl Gustav Jung un tiempo después. Hay distintas cajas, receptáculos tan dispares y otros tan similares que por momentos se dificulta el observar y el poder asociarlos de una forma sencilla. En sus cartas, el médico psiquiatra suizo le dijo a Sigmund Freud: “paso las noches sumergido en la astrología, me atrevo a decir que algún día descubriremos en ella una gran cantidad de conocimiento que se ha proyectado intuitivamente en el cielo”. Había en el éter respuestas que en la tierra no se encontraban. Está claro que la astrología no se ajusta a la definición de ciencia, pero esto no significa que no sea valiosa para la gente. Las personas que no tienen control sobre su vida buscan la astrología y se identifican con ella, una visión positiva que permite mejorar sus desempeños, la espiritualidad y la religiosidad de amoldarse en el tablero de la vida mientras se acomodan las fichas.

El arte de la adivinación ampliaba ahora su atelier de trabajo, corría 1937 y el diario londinense Sunday Express confirmó a Richard Harold Naylor como su columnista especializado en signos solares, pasó de escribir horóscopos para la realeza a escribirlos para la gente común, aquellos individuos de a pie que buscaban indicios desde el cielo, una razón de ser.

A finales de los sesenta comenzó un nuevo ciclo, una edad de acuario que afirmaba que el amor estaba en las estrellas, en la fragilidad de la humanidad y en el universo como aliado. Se solía llamar por teléfono para pedir asesoría del cosmos, la presidencia de Ronald Reagan en los Estados Unidos de Norteamérica fue atravesada fuertemente por este fenómeno, una agenda política que no se movía un ápice de su lugar si la astróloga presidencial Joan Quigley y los astros no lo indicaban, ya no había nada librado al azar. Ante la inclinación de la tierra los signos también se desplazaron, lo que provocó el surgimiento de un nuevo signo zodiacal, el número trece, OFIUCO o cazador de serpientes.

En el horóscopo chino el 2010 fue el año del Tigre, el 2012 el año del Dragón, el 2008 año de la Rata, 2009 año del Buey, 2014 año del Caballo, 2015 año de la Cabra, 2016 año del Mono, 2017 año del Gallo, 2018 año del Perro y 2019 año del Cerdo. Aquella fatídica mañana del 11 de septiembre del año 2001, centenares de trabajadores se encaminaron en Nueva York hacia sus oficinas del Word Trade Center sin siquiera imaginarse el final que les deparaba, muchos de ellos habían desayunado leyendo los matutinos, este sería el año de la serpiente, para aquel que tuviese su ascendencia sería un gran año. El mundo cambió su fisonomía desde entonces, guerras y muertes por doquier, la seguridad de los aeropuertos internacionales mutó, los precios del petróleo se dispararon y los servicios de inteligencia se transformaron con el correr de los años en gobiernos paralelos a cualquier tipo de democracia global. La brecha entre los países desarrollados y aquellos no desarrollados se extendió a su máximo rango, los refugiados se convirtieron en una moneda de cambio. Las ironías de la historia, Campos de Concentración de Birkenau, de Auschwitz, de Mauthausen-Gusen, de Belzec, de Chelmno, de Majdanek, de Sobibor y Treblinka. Campos de exterminio que se trocaron con el paso del tiempo en mausoleos de seis millones de judíos. Ochenta años después, dos estados dentro de Israel, particularmente la Franja de Gaza y Cisjordania cuentan con Campos de refugiados con cerca de dos millones de personas dentro. Nuevos ghetos, nuevos pogromos, nuevas tierras en un Cinturón de Orión que no hace más que recordarnos aquel encuentro de la película JULIO CÉSAR, una charla entre Cassius y Brutus, palabras que no han perdido peso con el advenimiento de los años, en ellas Brutus hace referencia a que “la culpa no es de las estrellas, la culpa es de nosotros mismos”.

Un asterismo que gobierna y protege nuestros sueños, también conocido como Las tres Marías o Los tres reyes magos, lo cierto es que su figura pende de nuestras cabezas. Adjudicarle formas lo hace más atractivo pero la esencia no siempre denota alegría y esperanza, no por lo menos para los 2992 muertos y los 24 desaparecidos de la tragedia de las Torres Gemelas. En el Efecto Barnum o Efecto Fores, los individuos aceptan descripciones vagas como personales y acertadas, uno se ve en un horóscopo sin importar lo que este diga, el Efecto Placebo habla del poder de creer en algo, una Ley de la atracción que nos permite caminar a la meta. Aquella mañana muchas víboras marchaban hacia su destino final, colijo que una gran sonrisa esperanzadora salía de sus rostros al cerrar el diario, una sonrisa que horas después se desdibujaría. Crótalos que solo atinaron a saltar de los edificios, uno a uno fueron cayendo como palomas sin alas, pequeños proyectiles que se incrustaron en la memoria colectiva de la población mundial. De poco sirvió que esas víboras se enroscaran con fuerza en los dos árboles más altos de Manhattan, al fin y al cabo, terminaron desplomándose como moscas.

Orión no está allá afuera, de eso estoy muy seguro.

World Trade Center y el año de la serpiente