lunes 26/7/21

La Necrópolis y el Cancerbero

Dante Alighieri

Hay ciudades que cobijan la ilusión de una muerte segura, grandes cementerios de praderas y arroyos que se encuentran cruzados por un río de sangre que fluye en silencio, pero a gran velocidad. Páramos de mortandad asistida que se entrecruzan con la figura nefasta del perro que guarda las puertas del reino de Hades, las sombras del Can Cerbero y sus delitos contra la humanidad.

La eutanasia es acabar con una vida de muchos sufrimientos sin dolor, una intervención voluntaria de un médico para acelerar el deceso de un paciente terminal. La ley de suicidio asistido es legal en Suiza, Colombia, Alemania, Japón, Canadá y en las localidades estadounidenses de Oregón, Colorado, Vermont, Montana, Washington D. C. y California. En el campo del derecho a la muerte digna, la referencia sigue estando en Europa: Países Bajos fue el primer país del mundo que legalizó la eutanasia, en el 2002, pocos meses antes de que lo hiciera Bélgica. Luxemburgo la incorporó a su legislación en el 2009.

La administración de la muerte por piedad comenzó en la Alemania Nazi durante la primavera de 1939 que duró hasta la finalización de la Segunda Guerra mundial en 1945, un periodo de exterminio que se llevó las vidas de 300.000 personas. El Aktion 4 o mejor conocido como T4 fue el nombre que se le dio al agente mortal suministrado a los pacientes terminales que devino luego en la Operación Reinhard y su “Solución Final”.

Primeros ladrillos en la construcción de la Eugenesia, una filosofía social que defiende la mejora de los rasgos hereditarios humanos mediante diversas formas de intervención manipulada y métodos selectivos. El origen de la Eugenesia está fuertemente arraigado al surgimiento del darwinismo social a finales del siglo XIX. La Cooperativa de la Última Voluntad es una entidad holandesa que apoya a las personas que sufren enfermedades físicas o mentales y busca que sus miembros puedan comprar colectivamente una sustancia tóxica letal con el fin de que puedan morir cuando ya no deseen seguir viviendo.

Estas ciudades de la defunción marcan un nuevo mapa global en donde comienzan a peregrinar los conceptos de ética médica y donde las religiones intentan hacer pie frente a un precipicio que se hace cada vez más irreconciliable consigo mismas. El escritor portugués José Saramago, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1998, aborda la temática en su obra Las intermitencias de la muerte, una novela encaminada hacia la reflexión sobre el miedo a perder la vida. Ambientada en un país anónimo y en una fecha desconocida, el libro narra cómo a partir de la medianoche del 1 de enero nadie muere. Inicialmente, la gente celebra su victoria sobre la muerte. Mientras tanto, las autoridades religiosas, los filósofos y los eruditos tratan de descubrir, sin éxito, por qué la gente dejó de morir. La Iglesia católica pasa a sentirse amenazada por este suceso ya que pone en duda uno de los principales fundamentos de su dogma: el fallecimiento y resurrección de Jesucristo. Asimismo, los ciudadanos comienzan a disfrutar de su nueva inmortalidad. Este gozo dura poco, ya que el fin de la muerte trae consigo varios retos financieros y demográficos. Los encargados de la salud pública sienten temor de que el sistema colapse debido al creciente número de personas incapacitadas y agonizantes que llenan los asilos y hospitales sin poder morir. Además, los dueños de funerarias temen que no tendrán más trabajo y se ven obligados a organizar entierros para animales. Ofreciendo una solución para deshacerse de las personas al borde del fallecimiento que no pueden finalizar su ciclo vital, surge un grupo conocido como la maphia, el cual lleva a los moribundos al otro lado de la frontera del país, en donde mueren instantáneamente ya que la muerte continúa trabajando en el resto del mundo.

Ahora bien, como entender esta nueva distribución de la eutanasia sin ahondar primeramente en la existencia de aquellos verdugos del silencio, auténticos merodeadores de las sombras que se invisten de dictadores y golpistas, La Escuela de las Américas o también conocida como el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad marcó desde 1943 hasta 1984 una matriz de muerte y persecución, literalmente una fábrica de asesinos masivos. En esta institución del Ejército de los Estados Unidos situada en Fort Benning, en la localidad estadounidense de Columbus (Georgia), se graduaron más de sesenta mil militares y policías de hasta veintitrés países de América Latina, algunos de ellos de especial relevancia por crímenes de lesa humanidad, como Leopoldo Fortunato Galtieri, Manuel Antonio Noriega, Hugo Banzer, Ollanta Humala, Manuel Contreras, Roberto Eduardo Viola y Vladimiro Montesinos. Una escuela que se encargó de adiestrar y entrenar en métodos de tortura, asesinato y represión, y que tuvo la figura de Henry Kissinger como principal estandarte, y al Plan Condor como la herramienta de persecución.

Aunque parezca que nos referimos a temas distintos, la Eutanasia y los Crímenes de lesa humanidad están atravesados por un hilo de sangre que los sitúa en el mismo averno, sean los círculos de los pecados de Dante Alighieri en La Divina Comedia o la planicie infinita del infierno en El paraíso perdido de John Milton.

La ciudad de los muertos y los emisarios de la oscuridad, la Necrópolis y el Cancerbero, criaturas nocturnas merodeando por doquier, agazapados y a la espera de un Virgilio, un tanatólogo que los guíe hacia el ansiado descanso, un recorrido final al purgatorio.

La Necrópolis y el Cancerbero