miércoles 25/11/20

El auge de la Todología

Pocas ciencias han vivido un auge tan rápido, una consagración tan plena como la que ha conseguido la Todología a lo largo de este turbulento 2020. Esta completa ciencia ha pasado del silencio al esplendor en apenas unos meses gracias, entre otras cosas, a su generosa elasticidad y a una adaptabilidad inmensa que le permite incrustarse en el cuerpo doctrinal de cualquier otra disciplina científica con la que pueda compartir interés, o lo que es lo mismo: con todas las ciencias, de ahí su estudiado y muy adecuado nombre.

Es, la Todología, una ciencia que, como el bautismo y otros sacramentos cristianos, imprime carácter a sus adeptos y practicantes. Una vez diplomado, el Todólogo parece haber recibido la lengua del espíritu en un cierto día pentecostal situado,aproximadamente, en el día 50 del año 2020, esto es, el 19 de febrero. Si miramos la hemeroteca de ese día en busca de los lejanos nubarrones de lo que sería nuestra más feroz tormenta, sólo vemos que China debatía medidas severas para atajar el llamado “virus de Wuhan”. Algo con tan poca apariencia de trascendencia supuso la llegada de las lenguas de fuego que terminaron de consagrar a nuestros todólogos y dotarlos de esa presciencia de la que, desde entonces, han hecho gala en todos los medios del país.

Es - el Todólogo - un científico multidisciplinar capaz de adelantar descubrimientos, problemas y soluciones sin que la realidad venga a alterar, en lo más mínimo, su atinado oráculo. Da igual el tema, continente o contenido: él SABE, él CONOCE y él PRONOSTICA, sobre cualquier asunto sin  importar el tema del que se esté tratando en la tertulia de turno. Si, luego, con el paso del tiempo, sus equivocaciones son obvias, eso carece de la más mínima importancia y su primer mandamiento es no rectificar jamás; jamás dar la razón al que sostenía, tiempo ha, lo que hoy se demuestra acertado. Eso destruiría la raíz misma de su ciencia, la que le obliga a tener, siempre, una opinión sobre cualquier tema que se trate aunque carezca del más mínimo criterio que sostenga o demuestre sus rotundas afirmaciones. No es la realidad la que puede modificar la opinión y las profecías del todólogo avezado, ni mucho menos.

Tras someternos a todo tipo de soluciones rocambolescas, predicciones hiperbólicas e innumerables  realidades paralelas, los todólogos se entregan, hoy, a la completa destrucción de la vacuna de Pfizer.

En unas pocas horas, casi minutos, en España teníamos en los medios un buen ramillete de todólogos pontificando sobre esa vacuna sin mostrar el más mínimo respeto por el enorme trabajo y rigor que cualquier persona normal adivina tras el anuncio. Creen ellos que la ciencia, toda, se mueve según los criterios de su propia disciplina autorizando la emisión de opiniones peregrinas sin ningún sustento racional, pero no es el caso y eso les llena de confusión y les perturba. Parecen no poder entender que haya espacios en los que se tarde meses en aventurar una posibilidad admitiendo la existencia de un importante margen para el error. Su vida y su “modus vivendi” en un entorno tan hostil sería imposible, así que desde la incomprensión saltan a la negación y de la negación, al descrédito.

Ignorando el enorme, el ingente trabajo desarrollado por ese y otros muchos equipos de científicos, ellos son capaces de diagnosticar la validez o ineficacia; la viabilidad o la adecuada duración de la inmunidad conseguida. Saltando por encima de todo lo que supone el logro de conseguir, en apenas 10 meses lo que en otras circunstancias necesita 10 años, en lugar de elogiar la consagración de la validez de la ciencia y de sus métodos cuando se les da apoyo, dinero y retos, ellos se dedican a pontificar sobre situaciones imposibles, confianza o desconfianza, para terminar con la descalificación final: “yo no me la pondría” Y se quedan tan anchos, pagados de sí mismos y entregados a la consagración de su propia postura y de su alma mater: la Todología.

Señores todólogos: por mi parte se pueden ir ustedes al carajo; ustedes y su ciencia; unidos en un destino de olvido y desprecio que deseo sea adoptado y compartido por muchos como yo.

A los demás: abracemos con alegría que la ciencia sigue funcionando, que nos permite avanzar cuando nos ponemos a trabajar en lo importante y que sí, que vendrán otras y mejores, pero que ésta ha sido la primera buena noticia de verdad en meses y como tal hay que recibirla, sin más. Evita la enfermedad en un alto porcentaje y tiene un enorme valor añadido que no podemos olvidar: un inmediato y balsámico efecto placebo que nos permite ver el futuro con nuevos y mejores matices. Casi nada.

Por lo demás, estoy convencido que esa endemoniada cadena de distribución, que precisa de temperaturas constantes y bajísimas, nos va a proporcionar nuevos días de gloria a cargo de nuestra querida I.D.A. y que Sánchez, por supuesto, tendrá la culpa de todo una vez más; pero eso ya pertenece a lo cotidiano de nuestro devenir patrio, así que no me preocupo demasiado por ese futuro.

Qui vivra, verra. No me atrevo a mucho más, la verdad.


 

Juan Manuel Beltrán

El auge de la Todología