viernes 24/9/21

Ucrania: más preguntas que respuestas

No deja de resultar hilarante que el TDT Party, que denunciaba como golpistas las manifestaciones madrileñas...

Para acercarse a los acontecimientos que se han desarrollado en Ucrania durante los últimos meses no sirven las categorías políticas a la que estamos acostumbrados en el sur de Europa. Y mucho menos los sectarismos.

Por eso no deja de resultar hilarante, y bochornoso, que el TDT Party, que fingía escandalizarse y denunciaba como golpistas las manifestaciones madrileñas que pretendían rodear el Congreso, hable ahora farisaicamente del “triunfo de la calle”. Y, viceversa, resulta ridículo que algunos sectores que convocaban o participaban activamente en dichas marchas hablen de golpe de estado de los manifestantes. El cinismo conservador lo contagia todo y algunos ya han olvidado que el manifiesto del colectivo “En pie”, convocante del 25-S de 2012, hablaba de “Ocupar el Congreso” con una acción “indefinida hasta conseguir la dimisión del Gobierno actual, la disolución de Las Cortes y de la Jefatura del Estado y la apertura de un proceso de transición hacia un nuevo modelo de organización política, social y económica”. Deberían estar, válgame la expresión, “aplaudiendo con las orejas” y estudiando cómo lo han conseguido los manifestantes ucranianos.

Intentemos ser más objetivos. Para empezar, la política ucraniana no es posible entenderla en términos de derecha o izquierda: el Partido Socialista hace tiempo que desapareció hundido en el descrédito mientras que el Partido Comunista cada vez se asemeja más a las caricaturas que de él pregonaban los anticomunistas: un partido al servicio de Moscú.

El sindicalismo, a pesar de declarar casi 10 millones de afiliados, no tiene ninguna incidencia en la vida sociopolítica del país y vegeta adormecido viviendo de las rentas y de la herencia de la época soviética. Su sede, situada en el mismo Maidan, en el centro de Kiev, fue ocupada en los primeros días por los manifestantes para colocar su cuartel general y resultó incendiada en los enfrentamientos entre policía y manifestantes.

No son menos débiles o minoritarias las organizaciones democráticas de la sociedad civil.

Esta ausencia de alternativas de izquierda acontece porque como explicaba muy bien Castells en “La Era de la Información” analizando las sociedades soviéticas “la ironía histórica más dañina fue la mofa que el Estado comunista hizo de los valores de la solidaridad humana en que fueron educadas tres generaciones de ciudadanos soviéticos. La mayoría de las personas creían sinceramente que debían compartir las dificultades y ayudarse mutuamente para construir una sociedad mejor. Poco a poco fueron descubriendo que una casta de burócratas cínicos había abusado de ellos de forma sistemática. Una vez que se reveló la verdad, los daños morales infringidos al pueblo de la Unión Soviética es probable que perduren por largo tiempo: se perdió el sentido de la vida, se degradaron los valores humanos, base de los esfuerzos cotidianos, el cinismo y la violencia han impregnado toda la sociedad, después que las esperanzas inspiradas por la democracia, en el periodo posterior al derrumbamiento soviético, se desvanecieron rápidamente. Los fracasos sucesivos del experimento soviético, de la perestroika y de la política democrática de los años 90 han llevado la ruina y la desesperación a las repúblicas soviéticas.”

UN GOBIERNO DEBIL Y CORRUPTO

Por eso, en las pasadas elecciones presidenciales que dieron el triunfo a Yanukovich frente a Yulia Timoshenko era difícil entender qué separaba a un candidato de otro. Como analizaba la Fundación Alternativas, Timoshenko y Yanukovich eran candidatos que no generaban confianza y que eran más iguales que diferentes:”caracterizan a una clase política dividida en alianzas oligárquicas, con problemas para alcanzar consensos y acuerdos, lo cual alimenta la inestabilidad. Poseen una escasa distinción ideológica, acompañada por una tendencia a la dramatización en el enfrentamiento discursivo. Se distinguen entre sí por su opuesta vinculación regional, los intereses económicos de los clanes a los que representan y la afinidad a una determinada construcción de la nación ucraniana, bien incorporando la cultura rusa como propia junto a una matriz centroeuropea, o no haciéndolo".

Estas similitudes en políticas económicas no quieren decir que no haya otras diferencias como es falso que no las haya entre PP y PSOE (Aborto, matrimonio homosexual, etc).

Pero, sobre todo, y esto sí me parece significativo, son diferentes los electorados, las expectativas de quienes votan a unos u otros. De hecho si Timoshenko pierde las elecciones es porque acaba defraudando a un sector de sus votantes que terminan viéndola como más de lo mismo: la bochornosa combinación de negocios privados y asuntos públicos, la dependencia de los intereses económicos de los oligarcas que marca las políticas en Ucrania y Rusia.

Los años que los políticos “naranjas” han tenido para transformar Ucrania han resultado años perdidos. Ni lucha contra la corrupción, ni mayor seguridad jurídica, ni fortalecimiento de la sociedad civil. Y parte de los que se manifestaron por el cambio en 2004 abandonan a Timoshenko.

A pesar de lo cual Yanukovich no convence a la mayoría de los y las ucranianas. Gana porque la abstención fue ocho puntos mayor que en el año 2004 cuando se celebraron las últimas y controvertidas elecciones presidenciales y porque el porcentaje de quienes votaron contra todos casi se duplicó (el voto en blanco en Ucrania se expresa así).

Y gana en la segunda vuelta, contendiendo solo contra Timoshenko, sin lograr alcanzar el 50% del electorado y obteniendo apenas un 35% de la población con derecho a voto.

Que la victoria sea pírrica no le resultó inconveniente para desarrollar su programa: descabezamiento de la oposición mediante el encarcelamiento de Timoshenko y otros exministros, control del Parlamento a través del fomento del transfuguismo,  ataques y limitaciones a la libertad de prensa, reforma constitucional para  regresar a un régimen presidencialista, intimidación de la sociedad civil y sometimiento de la judicatura. Yanukovich aspira a conseguir el mismo tipo de poder conservador y autoritario que Putin disfruta en Rusia.

Al principio lo consigue. Las protestas por el encarcelamiento de Timoshenko, aunque prolongadas en el tiempo, son minoritarias y controladas y Yanukovich disfruta de un mandato sin tensiones graves.

Por eso sorprende la rápida desintegración de su poder. En apenas tres meses pierde apoyos y aliados y se ve obligado a huir.

EUROMAIDAN

Las primeras manifestaciones surgieron el 21 de noviembre en protesta por el cambio de posición del gobierno que renunció a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea para firmar un acuerdo comercial, la Unión Aduanera, con Rusia, Bielorrusia y Kazajstán. Muchos, dentro y fuera del país, han analizado que, posiblemente, era más beneficiosa la unión aduanera que la asociación con la UE. Pero eso no parece preocupar a los manifestantes reunidos en Maidan por banderas y proyectos, no por acuerdos ni reglamentos. Quienes protestan están apostando por un modelo de sociedad abierta, la europea, frente el mundo cerrado y semidictatorial de Rusia. Y están en la calle, también, por el temor que aun suscita el imperialismo ruso. Setenta años de régimen soviético no ha hecho más simpáticos a los vecinos rusos. No les culpo, parafraseando a Felipe González, yo también prefiero manifestarme contra la troika de Bruselas que ser robado, encarcelado y torturado por Putin. Con buen sentido, los jóvenes manifestantes saben que los acuerdos comerciales, sean cuales sean, acaban enriqueciendo a sus oligarcas corruptos y no repercuten en la población.

Resulta incomprensible como Yanukovich, que ha convivido durante casi dos años con el campamento de apoyo a Timoshenko en la principal calle de Kiev, enfrente de los juzgados donde fue condenada, pierda los nervios y decida diez días después, con un burdo pretexto, desalojar violentamente la plaza, hasta entonces ocupada por unas tres mil personas, principalmente universitarios y jóvenes, que no provocaban disturbios ni cortes de tráfico. La represión violenta por parte del equivalente ucraniano de los GEO, la unidad Berkut, retransmitida por Internet y las redes sociales, incendia la protesta. De aquel desalojo salieron varios heridos, algunos jóvenes tardaron días en ser localizados, lo que dio motivo a los manifestantes y algunos medios de comunicación para declararlos desaparecidos.

Al día siguiente, la capital de Ucrania albergaba una manifestación de proporciones nunca vistas desde su independencia, se producían violentos enfrentamientos con la policía, se ocupaban varios edificios en el centro de la ciudad y se instalaba lo que hoy conocemos como Euromaidán. La protesta había cambiado de objetivos. Quienes allí acamparon estaban menos preocupados por los acuerdos comerciales que por plantar cara a las políticas de Yanukovich al que se acusaba de haber utilizado la corrupción para enriquecerse, de haber debilitado el imperio de la ley, de haber incrementado las desigualdades sociales y recurrido a la represión para acallar las protestas.

Desde el principio Euromaidan es un organismo social complejo, que no es dirigido por ningún partido u organización. Está formado por miles de personas y decenas de movimientos y grupos, incluidos los partidos políticos de la oposición y grupos de extrema derecha cuyo respaldo electoral es del 10%. Como se organizan de forma asamblearia, ha habido momentos en que estos movimientos han chocado entre si y por ello, con el objetivo de coordinarse se constituyó el 22 de diciembre, la Unión Nacional de Maidan y se eligió un Consejo para representarlo.

Aun así seguramente más del 80 por ciento de los manifestantes activos en Kiev no se sienten representados ni vinculados por ninguna organización. Son manifestantes que están hartos de la corrupción y del empobrecimiento de sus condiciones de vida y aunque abominan del gobierno, desconfían de la oposición. Como aquí. Tanto es así que los representantes de la oposición no pudieron garantizar el cumplimiento de los acuerdos que alcanzan con el gobierno a finales de febrero. Y que los manifestantes le escriben una carta a Timoshenko felicitándola por su liberación pero exigiendo que no repita las políticas que llevo a cabo siendo Primera Ministra.

Lo preocupante es que los grupos más nacionalistas irán cobrando más peso a medida que la policía intensifique la represión pues se van a convertir en los comités de autodefensa. Y me temo que su influencia aumente en la medida en que se concreten las amenazas de invasión de Putin.

El peso del nacionalismo en las protestas no debería sorprendernos en España, donde, por ejemplo, la izquierda catalana acabó siendo más nacionalista que socialista, ni debería servir para poner bajo sospecha a todo el movimiento. Castells ya señalaba que  “el vacío ideológico creado por el fracaso del marxismo-leninismo para adoctrinar realmente a las masas fue reemplazado en los años ochenta, cuando el pueblo fue capaz de expresarse por la única fuente de identidad que se conservaba en la memoria colectiva: la identidad nacional.”

En cualquier caso el peligro de que crezca la extrema derecha es real y los gobiernos europeos no deberían bajar la guardia y descuidarse no vaya a ser que una vez más acaben de aprendices de brujos y hayan dado alas, como en Irán, como en la exYugoeslavia, como en Afganistán a los sectores más xenófobos y fascistas del nacionalismo.

Frente al Euromaidan, la gestión de Yanukovich será nefasta y con su gestión irá perdiendo aliados y fuerzas. Intenta aprobar leyes contra las manifestaciones y las libertades civiles, establece el estado de sitio, amaga con las fuerzas represivas, cesa al gobierno y se lo ofrece a la oposición, hostiga a los manifestantes con francotiradores y “titushky”. Esa gestión represiva y oscilante le va haciendo perder apoyos entre la población primero, sus parlamentarios después y, finalmente, también entre los oligarcas que le han sustentado que le abandonan no se sabe si preocupados por los controles bancarios de la Unión Europea o temerosos de la competencia con los oligarcas rusos.

Cuando intenta acabar con los manifestantes por la fuerza se encontrará con unas unidades de élite apáticas y desmotivadas que no están dispuestas a jugarse el tipo por los míseros salarios que reciben. Y se encuentra con la negativa del ejército a ejercer de policía interior. Con un centenar de muertos sobre sus espaldas Yanukovich huye de noche para salvar su botín.

A río revuelto, ganancia de pescadores. Como en Georgia, Putin aprovecha y azuza el conflicto para anexionarse Crimea. Con más energía y decisión que la Unión Europea cuya política exterior ha estado marcada por los miedos y vacilaciones hasta el punto de que auspiciaron, y preferían, el acuerdo entre Yanukovich y la oposición que fue rechazado por los manifestantes.

El futuro es incierto porque no se sabe qué gobierno emergerá de las próximas elecciones ni hasta donde llegará el conflicto con Rusia. El futuro es incierto porque el país tantas veces esquilmado se encuentra al borde de la bancarrota. El futuro es incierto porque no parece que la lucha contra la corrupción y las desigualdades sociales cuente todavía con instrumentos políticos para desarrollarse. Y es que a pesar de haberse quitado de encima a Yanukovich, los ucranianos no han podido saborear su éxito porque ahora existe el riesgo no ya de que el nuevo gobierno ucraniano caiga en manos de la extrema derecha sino el de regresar a las garras de Putin o sus testaferros, el capitalismo mafioso sin derechos civiles ni garantías legales que pretende la gran Rusia.

Ucrania: más preguntas que respuestas