#TEMP
sábado. 13.08.2022

Ucrania: ¿Se impone la cordura?

La crisis de Ucrania parece haber entrado en una pausa, necesaria para calmar ánimos y calibrar salidas...

La crisis de Ucrania parece haber entrado en una pausa, necesaria para calmar ánimos y calibrar salidas. La agitación mediática, bien alimentada por actitudes políticas hipócritas cuando no extremistas, parece haber remitido, afortunadamente.

Algunos responsables políticos y analistas se apresuraron a proponer respuestas contundentes de castigo a Putin. Así se dice: a Putin. Se singulariza en el presidente ruso una política que, no lo olvidemos, es aceptada o comprendida por la mayoría de los ciudadanos rusos. Ucrania no es la 'guerra de Putin', ni Putin ha empuñado el fusil por una ambición personal de liderazgo imperial, como se ha simplificado en exceso estos días.

PUTIN FRENA; KIEV BAJA EL TONO

Después de la exhibición moderada de fuerza del fin de semana, cuando Moscú se aseguró el control de la península de Crimea en el territorio, no ha ocurrido nada irreparable. No ha habido muertos y la tensión no se ha desbordado. Putin ha pisado el freno. Las operaciones militares no se extenderán al Este del país y se cancelaron las maniobras militares. Da la impresión de que el presidente ruso ha acumulado bazas para que una eventual negociación no pueda cuestionar lo que la mayoría de la élite y buena parte de la ciudadanía rusa considera como intereses irrenunciables.

Los nuevos dirigentes ucranianos, seguramente bien aconsejados por las cancillerías occidentales, han controlado su lenguaje provocador y han aceptado la situación con apreciable moderación, sin gestos inútiles ni alborotos para la galería. El dinero fresco europeo servirá de estimulo para poner sordinas a sus quejas.

INDESEABLE 'UNIDAD' OCCIDENTAL

Occidente ha actuado de oficio, con más moderación en los actos que en la retórica de la indignación. Obama ha tenido que equilibrar la incomodidad que el presidente ruso le provoca y el presumible deseo de replicar a la demagogia de los republicanos que, como era de esperar, le han tildado de inexperto y pusilánime. Las sanciones anunciadas por la Casa Blanca (multilaterales y bilaterales, económicas y militares, políticas y diplomáticas) son las que figuran en el manual de estos casos. Se puede dudar, razonablemente, de su eficacia, pero otras actuaciones de mayor músculo serían insensatas. Quienes las promueven son nostálgicos del mismo espíritu de guerra fría que ellos imputan al presidente ruso.

La combinación de firmeza y templanza del Presidente Obama es de agradecer. Por otro lado, no hay que olvidar que la Casa Blanca necesita al Kremlin, si quiere acelerar el final de la guerra en Siria y mantener el rumbo en las negociaciones sobre el proyecto nuclear de Irán. Por no hablar del equilibrio estratégico en Asia, donde Estados Unidos no se puede permitir el riesgo de un acercamiento interesado entre Moscú y Pekín. Ambas potencias, por diferendos que arrastren, no dudarían en practicar una colaboración oportunista frente a la superpotencia, llegado el caso.

Los dirigentes de la UE han sido cautos y no se han dejado arrastrar por un ficticio  ambiente catastrofista, pese a las ciertas licencias verbales de algunos de ellos. Europa no puede apuntarse a un catálogo de sanciones económicas que le perjudicarían tanto o más que a la propia Rusia. El valor de los intercambios comerciales de la UE con Moscú es doce veces superior al bilateral ruso-norteamericano. La dependencia energética europea del gas siberiano es inexistente en Estados Unidos.

UNA UCRANIA PARA TODOS

Lo razonable ahora sería negociar sin condiciones previas una serie de garantías legítimas para todos las partes interesadas. La integridad territorial de Ucrania debería ser preservada, pero sin atropellos, torpes proclamaciones e imposiciones absurdas a los distintos sectores de la población.

No basta con agarrarse a la convocatoria de elecciones. A la actual coalición en Kiev le falta legitimidad para organizar en solitario el proceso. Debería intervenir la comunidad internacional para garantizar neutralidad y limpieza. Por ende, el resultado, sea el que sea, no puede servir de arma arrojadiza para el vencedor.

El país necesita revisar su arquitectura institucional y dar un equilibrio a todos sus componentes de población, sin exclusiones ni presiones. Crimea y el resto de regiones de mayoría rusa en el este y sur del país deben disfrutar de garantías solventes de que sus legítimos derechos serán respetados. La intención de los separatistas crimeos de sancionar en un referéndum su unión a Rusia puede quedarse en un gesto si se plantea una opción federal en Ucrania. Es preciso aislar a los extremistas en todos los bandos, aunque después de haberlos utilizado con profusión esa tarea se antoje esforzada.

UNA RELACIÓN CONSTRUCTIVA CON RUSIA

Rusia puede reclamar garantías de que no será objeto de cerco, acorralamiento o presión. Pero no ejercer una especie de violencia preventiva. Washington debe demostrar a Moscú que no está aprovechando la crisis para seguir ganando batallas de guerra fría ya resueltas, ni pretende reducirlo a un país cualquiera del concierto mundial, porque eso sólo alentaría los instintos rusos más beligerantes.

Putin y su círculo deben comprender que han llegado casi al límite. Una anexión de la mitad de Ucrania resulta inaceptable, si es que alguna vez han contemplado en serio tal proyecto. La incompetencia con la que han gestionado el deterioro de la convivencia en Ucrania les obliga a resignarse a un acomodo en el que pro-rusos y pro-occidentales convivan en paz y en libertad, sin amenazas ni imposiciones. Los nostálgicos de la guerra fría han estado prestos a reavivar esos fantasmas sobredimensionando la operación de Crimea. El presidente de Rusia sabe que las fuerzas armadas a su mando podrían tragarse Ucrania, si las somete a un esfuerzo extraordinario. Lo que no parece posible es que pudieran digerir la presa. La catástrofe se instalaría a ambos lados de esa frontera porosa. Rusia vería frenada su prosperidad económica o arruinado del todo su prestigio internacional.

Putin lo sabe y la élite occidental sabe que él lo sabe. Alentar otros escenarios es jugar a aprendiz de brujo.

Ucrania: ¿Se impone la cordura?