Nuevatribuna

La izquierda, y el PSOE, por ser la organización mayoritaria de progreso, tiene una responsabilidad histórica sumaria como instrumento de regeneración democrática y social

El triunfo del tripartito criptofranquista -PP, C`s, Vox- en las próximas elecciones generales, supondría un golpe retardatario de profundo calado en todos los ámbitos del Estado y la sociedad española. El déficit de sensibilidad democrática y social que consagra el marco ideológico de los tres partidos derechistas es una tendencia cuya viscosa partitura ha tenido destacados autores como ese espacio tenso y reaccionario que supone la aznaridad y los poderes fácticos bajo la teoría autoritaria de que las libertades cívicas, los derechos sociales, la calidad democrática, la participación cívica en la vida pública, la centralidad soberana de la ciudadanía, las autonomías territoriales, son excesos cuya cualidad se compadece cada vez menos con los intereses de las minorías económicas y estamentales. Son esos intereses convertidos en generales del Estado en menoscabo del bien común, aireados por el conservadurismo extremo como la pulpa nutritiva que constituye la esencia identitaria de España, reactivando las viejas inercias del franquismo sociológico para que el patriotismo de los sepulcros blanqueados y el de los buenos y malos españoles, apele a una emoción impuesta que justifique la irracionalidad de la desigualdad y el abandono de las mayorías sociales por parte del régimen del 78.

Por todo ello, la izquierda, y el PSOE, por ser la organización mayoritaria de progreso, tiene una responsabilidad histórica sumaria como instrumento de regeneración democrática y social. Desde una base ideológica y ética esa misión histórica se sustancia en revertir la hegemonía cultural impuesta por el conservadurismo extremo en la que cualquier acto de redistribución de la riqueza, de igualdad social o persecución del bien común, en definitiva, cualquier impulso político de redistribución de poder real se constituyen en elementos subversivos para el régimen y, por tanto, materia penal y de orden público. Sin embargo, esta tarea de regeneración democrática, de lucha por la igualdad, de devolución de soberanía a los ciudadanos, requiere que el acto de gobierno socialista no siga siendo un proceso de adaptaciones, en lugar de resistencias. Hay que transformar el régimen político para que el régimen político deje que transformar al PSOE desviándolo de su sociología y sujeto histórico.

El socialismo español tiene hoy la oportunidad de salvar la democracia, para lo que necesita es coherencia y cohesión. En este contexto, habría que constreñir los liderazgos esquizoides que parecen defender exclusivamente sus mediocres intereses personales. Es muy difícil encontrar una peripecia política de ópera bufa como la llevada a cabo por Susana Díaz Pacheco, y las baronías y jarrones chinos que la apoyan, en los últimos años y hasta hoy mismo acumulando derrotas, rechazos y escoria orgánica y creando monstruos, ya que el triunfo del tridente ultraconservador en Andalucía no hubiera sido posible sin su valiosa aportación. El boicot permanente a los órganos superiores del PSOE y al Gobierno de su partido son hechos de una aberrante singularidad, obra de ese concepto kitsch que Díaz tiene de la política. La reinvención de un caciquismo hortera, el usufructo de las siglas del partido como medio de vida y de estatus social ha situado al susanismo enfrente de los fines políticos y morales del partido socialista y en comunión con todo aquello que la izquierda debe combatir.

Empero, igual que las plataformas de militantes alzaron espontáneamente su voz y se movilizaron ante aquellos acontecimientos deleznables de octubre en Ferraz, las mismas bases han de entender lo grave del momento histórico que vivimos y la imperiosa necesidad de parar a la ultraderecha, así como a los que entienden el socialismo como entendían la patria aquellos que señalaba Feijoo: “Se juzga ser amor a la patria lo que sólo es amor de la propia conveniencia.”