sábado 21.09.2019

La salida autoritaria de la crisis de la monarquía posfranquista

Todo el conservadurismo se ha tornado ultraderecha, aunque en realidad, más allá de marketing político e interesadas transversalidades, siempre lo ha sido

Pablo Casado ha desplegado una retórica de brocha gorda tomando por los cuernos a los Toros de Guisando como contemporáneos, con exabruptos y baldones rollizos contra el presidente del Gobierno de España al que ha acusado de felonía, traición y otras lindezas muy mal maqueadas en el Eclesiastés y el diccionario de la RAE. El líder del PP ha aireado en toda su magnitud el daguerrotipo retórico de esa España terca e impertinente en su constancia histórica, que patrimonializa, mediante una política tabernaria e incompetente, la centralidad de lo que debe o no debe ser, para, sin reparo alguno, proclamar como excrecencia doctrinaria todo aquello que se sitúa en sus márgenes. Es la nación que se nos declaraba eterna y que tiene que serlo por el largo rato de su acomodo en los avatares de nuestro país. Una España añeja que tiene como natural el que ante ella sólo cabe someterse.

Cataluña y la voluntad de un mínimo diálogo con el soberanismo por parte del Gobierno ha sido la falsum inexcusabiles para que el tridente derechista, por boca de Casado, construya el chabacano Armagedón verborrágico en el que prietas las filas y firme el ademán se entiende la política, o la antipolítica, en un formato de fuerza en el cual sólo cabe la extenuación del problema en término de vencedores y vencidos, estimando, como correlato morboso, que los instrumentos democráticos son un signo de debilidad. Ante ello, la realidad es tozuda porque lo de Cataluña es un problema político, no un problema judicial o de delincuencia común. Y la solución que propone Pablo Casado –ilegalizar a los representantes de la mayoría de los votantes catalanes y abolir las elecciones al parlamento catalán con un 155 permanente, es decir, suspender la democracia al otro lado del Ebro– es el verdadero discurso golpista, autoritario y antidemocrático.

Todo el conservadurismo se ha tornado ultraderecha, aunque en realidad, más allá de marketing político e interesadas transversalidades, siempre lo ha sido. Las hechuras carpetovetónicas del derechismo  son su rizoma y marco psicológico bajo el concepto de máxima angostura intelectual que supone la suplantación de lo español por el españolismo franquista. La Transición, una vez derrotado Franco por la biología, superó las dos Españas, por abducción de la instalada alrededor de los ijares de siempre: la imperante nación donde no se pone el sol de los conspicuos intereses de las minorías que a falta de un espíritu nacional colectivo pretende ser la encarnación patria que impone performativamente la casuística del lenguaje, los ademanes y los actos políticos.

Pero lo verdaderamente extraordinario y paradójico en todo este contexto y escenario de la vida pública española, lo constituye la ofuscación del Partido Socialista donde las baronías y los jarrones chinos -dirigentes históricos- se han posicionado de una manera clara y terminante en línea con la narrativa y la ubicación de la derecha en su versión más exaltada. Ello viene a compadecerse, en otros ámbitos al margen del caso catalán, con el aturdimiento ideológico del PSOE y, como consecuencia, su ambigua función y posicionamiento en la sociedad. Hay más égarement que iniciativa ideológica en el Partido Socialista sin la cual es muy complicado construir la necesaria hegemonía cultural que coadyuve a la imprescindible regeneración democrática del Estado que evite la salida autoritaria en marcha a la crisis del régimen del 78. Flaubert quería escribir un libro sobre la nada y no lo consiguió.

La salida autoritaria de la crisis de la monarquía posfranquista